
A 3000 kilómetros bajo nuestros pies, dos gigantes dormidos podrían estar afectando la estabilidad del campo magnético de la Tierra.
Se trata de las “grandes provincias de baja velocidad” (LLVP, por sus siglas en inglés), que en realidad son dos colosales estructuras minerales enterradas en el manto inferior, una bajo el Pacífico y la otra bajo África.
Hasta ahora, los científicos creían que estas masas eran prácticamente gemelas en composición, pero un nuevo estudio liderado por James Panton, de la Universidad de Cardiff, descubrió que tienen historias y materiales distintos.

Y esta diferencia podría estar alterando el flujo de calor en el interior del planeta y, con ello, la generación de nuestra magnetosfera.
Desde su descubrimiento en los años 80, estas enormes formaciones —de hasta 900 kilómetros de altura y miles de kilómetros de ancho— fueron un enigma geológico. Se sabía que ralentizaban las ondas sísmicas que viajan a través de la Tierra y que probablemente contenían restos de antigua corteza oceánica subducida.
Pero las simulaciones en 3D de Panton y su equipo, que modelaron la circulación del manto durante los últimos mil millones de años, revelaron que sus orígenes y composición no son los mismos.

“El hecho de que estas dos grandes provincias de baja velocidad difieran en composición, pero no en temperatura, es clave para la historia y explica por qué parecen ser iguales sísmicamente”, explica la sismóloga Paula Koelemeijer, de la Universidad de Oxford.
“Utilizando simulaciones de la circulación global del manto en 3-D durante los últimos 1000 millones de años, encontramos que dos LLVP antípodas se desarrollan naturalmente como consecuencia de la historia reciente de subducción de la Tierra y la sedimentación y agitación gravitacional del SOC. Las reducciones de la velocidad de las ondas transversales en las dos LLVP son similares debido a la influencia dominante de la temperatura sobre la composición”, describió Koelemeijer en el estudio científico.
La provincia del Pacífico parece ser mucho más joven y densa, mientras que la africana es más antigua y homogénea. Este contraste se debe a la actividad tectónica: mientras el Anillo de Fuego del Pacífico estuvo constantemente reabasteciendo su LLVP con corteza oceánica reciclada durante los últimos 300 millones de años, la región africana permaneció más estable, permitiendo que su material se mezcle mejor con el manto circundante.
Un desequilibrio que podría afectar la magnetosfera
Las diferencias en la composición de estas estructuras no son meramente académicas. Los investigadores identificaron que la forma en que atrapan y liberan calor desde el núcleo de la Tierra no es uniforme, y esto podría estar contribuyendo al desequilibrio del campo magnético terrestre.
Sabemos que la magnetosfera de nuestro planeta —la capa invisible que nos protege de la radiación cósmica y el viento solar— se genera en el núcleo externo, gracias a la convección del hierro fundido en su interior. Si el calor no se disipa de manera equilibrada a través del manto, la convección podría alterarse, afectando la estabilidad del campo magnético.
“Nuestros modelos sugieren que la LLVP del Pacífico almacena hasta un 53% más de SOC producido en los últimos 1,2 mil millones de años que la LLVP africana, lo que potencialmente hace que el dominio del Pacífico sea más denso y menos boyante”, sostienen los investigadores.

La región africana ya fue relacionada con la debilidad del campo magnético en el Atlántico Sur, un área donde la protección de la magnetosfera es menor y donde los satélites y sistemas electrónicos pueden verse afectados por la radiación solar.
Los científicos ahora buscan más evidencias para confirmar si este desequilibrio está realmente ligado a las LLVP y, de ser así, qué implicaciones podría tener a largo plazo. La clave estará en nuevas observaciones del campo gravitacional de la Tierra y en estudios que analicen cómo estas gigantescas estructuras han influido en la historia geológica de nuestro planeta.
Si algo nos enseñan estos hallazgos es que, aunque no podamos verlas, estas formaciones en las profundidades de la Tierra siguen moldeando nuestro mundo de maneras que apenas estamos comenzando a comprender.
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