
Espoleada por los excelentes resultados de los nacionalistas escoceses en las últimas elecciones generales del Reino Unido, la ministra principal de Escocia Nicola Sturgeon anunció que el país reclamaría un nuevo referéndum de independencia en 2020. El primer ministro Boris Johnson ya ha dicho que puede olvidarse del tema.
El Reino de Escocia fue un estado independiente hasta 1707, cuando los escoceses, después de sufrir un enorme desastre en los territorios españoles de Darién (hoy Panamá), se vieron obligados a firmar el Acta de Unión con Inglaterra. Así nació el hoy extinto Reino de Gran Bretaña.
Esta es la historia de una catástrofe política, comercial y financiera en la que un pequeño insecto alado jugó un importante papel.
Cinco naves zarparon el 14 de julio de 1698 desde el puerto de Leith (Escocia) con la intención de fundar una colonia en la bahía de Caledonia en Darién (Panamá). Iban encabezadas por el visionario William Paterson, animado por el éxito de los puritanos del Mayflower. El único problema era que el territorio estaba en manos españolas desde 1508, cuando la Corona resolvió colonizar el llamado Reino de Tierra Firme.
Las bodegas de las cinco naves iban cargadas de valiosos productos comerciales: pelucas, calcetines, mantas de lana, peines de nácar, biblias y veinticinco mil pares de zapatos de cuero. Incluso había una imprenta con la que los 1 200 colonos a bordo planeaban publicar las leyes, normas y contratos de una futura colonia.
Para dejar espacio a las costosas mercancías y a los cincuenta cañones destinados a proteger el fuerte que planeaban levantar, las raciones habituales para la alimentación y las semillas y aperos destinados a la agricultura se redujeron a la mitad.
La flamante Company of Scotland Trading to Africa and the Indies, creada adrede para esa aventura colonial, esperaba crear un centro comercial en Darién que uniría el istmo y los grandes océanos del mundo. Al mismo tiempo, aumentaría los ingresos de un reino tercamente independiente que acababa de luchar durante años contra los ingleses.
El plan fue muy popular en un país desesperado y logró atraer muchos inversores, desde miembros del Parlamento nacional hasta agricultores pobres. Se estima que entre un cuarto y la mitad de todo el dinero circulante en Escocia en ese momento navegó a favor de los alisios hacia Panamá.
Los expedicionarios desembarcaron el 30 de octubre de 1698 en la bahía arenosa de Anachucuna, en el norte de Darién, muy cerca de la llamada Isla de Oro. Como habían hecho los peregrinos ingleses en la costa de Massachusetts, celebraron un “tratado de alianza y amistad” con un líder indígena y fundaron la colonia que denominaron Nueva Caledonia.
A primera vista, el lugar elegido parecía inmejorable: una bahía fácil de proteger, con abundante agua potable y capacidad para albergar “mil barcos”, en el corazón de América. Nueve meses después de su llegada, la gran mayoría de los habitantes de lo que estaba destinado a ser Nuevo Edimburgo estaban muertos.
El asedio de la fiebre amarilla

Según cuenta el historiador T.C. Winegard, la expedición fue un desastre.
Enfermos de fiebre amarilla y de malaria, dos enfermedades propagadas por los feroces mosquitos que los asediaban a todas horas y para las que sus cuerpos no estaban inmunizados, los colonos comenzaron a morir a razón de una docena al día. En los diarios, cartas y relatos de los pioneros escoceses las palabras que se repiten son “mosquitos, náuseas, fiebre y muerte”.
Pese a las protestas de Patterson, en junio de 1699, después de haber resistido a duras penas los ataques de una fuerza española, y cuando ya habían muerto la mitad de los expedicionarios, los supervivientes –salvo aquellos demasiado débiles para moverse, que permanecieron en la orilla esperando la muerte– regresaron a los barcos y se replegaron a Jamaica antes de huir hacia el norte en dirección a casa. Aún así, siguieron muriendo en masa.
El 24 de septiembre de 1699, pocos días antes de que el atribulado grupo de sobrevivientes llegara a Escocia, una segunda flota de cuatro barcos que transportaban 1 300 refuerzos escoceses, incluidas cien mujeres, había zarpado hacia Darién. Después de perder 160 personas durante el viaje, esta segunda ración de escoceses destinados a servir de comida a los mosquitos de Darién atracó exactamente un año después en el mismo sitio que sus predecesores.
La realidad se mostró ante sus ojos con toda crueldad: entre cadáveres descarnados por los zopilotes, de todas las pelucas, peines, zapatos y de toda la ambición con las que habían abandonado Escocia, solo quedaban los restos de una imprenta abandonada en una playa vacía.
En marzo de 1700, cuatro meses después de su llegada, la malaria y la fiebre amarilla mataban a los escoceses a un ritmo de cien por semana. Los que no morían de malaria, sucumbían a manos de las tropas españolas del fortín de Santa María la Antigua del Darién, el establecimiento fundado en 1510 a instancias de Vasco Núñez de Balboa.
A mediados de abril, los escoceses sobrevivientes se rindieron a los españoles. Como regalo de despedida, los mosquitos se embarcaron con ellos y continuaron devastando a los fugitivos, matando a otros 450 mientras cruzaban el Atlántico de vuelta a casa. De los 1 300 colonos que formaron el segundo intento de colonización de Darién, menos de cien regresaron a Escocia.
Los mosquitos de Darién habían triunfado contra unos europeos tan ilusionados como inexpertos. En total, de los 2 500 colonos escoceses que navegaron hacia Darién, los mosquitos mataron al 80 %. Con los muertos se esfumó hasta el último céntimo invertido en la empresa. Escocia estaba en bancarrota.
En la jungla salvaje de Panamá, los mosquitos se habían comido el tesoro escocés. Miles de escoceses perdieron sus ahorros, las revueltas inundaron las calles, las tasas de desempleo tocaron techo y el país se sumió en un caos financiero.
En ese momento, aunque Inglaterra y Escocia compartían un monarca, eran dos países independientes con parlamentos distintos. Inglaterra, más rica y más poblada, había estado acosando durante siglos a su vecino pobre del norte para anexionarlo. La abrumadora deuda generada por la desastrosa expedición doblegó a los escoceses, que acabaron por aceptar la oferta de unificación con Inglaterra.
El sueño independentista de William Wallace – popularizado por Mel Gibson en la película Braveheart – terminó cuatro siglos después de su muerte, cuando los mosquitos de Darién condujeron al nacimiento de Gran Bretaña.
Manuel Peinado Lorca (Catedrático de Universidad. Departamento de Ciencias de la Vida e Investigador del Instituto Franklin de Estudios Norteamericanos, Universidad de Acalá).
Publicado originalmente en The Conversation
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