Teresa García no recuerda cuándo tomó agua fría por última vez o durmió una noche seguida. A sus 94 años nunca había vivido una situación similar a la de la Cuba actual: constantes apagones, escasez de alimentos y medicinas, además de “una sensación de desesperanza terrible”.
“Después de tantas angustias en la vida y al final del camino tener que pasar esta”, se lamenta al recibir a la agencia de noticias EFE en su casa, un pequeño apartamento ubicado en el centro de la ciudad de Pinar del Río (oeste). La profunda crisis cubana está en plena metástasis y afecta desde la economía a la salud y la educación, pasando por la alimentación y la energía.
Teté, como prefiere que la llamen, lleva sin fluido eléctrico desde el día anterior. “Si viene ahora por la mañana, son dos o tres horas. Y después no viene hasta por la noche, si la ponen”, dice mientras organiza en la cocina unas cubetas de plástico que alguna vez fueron blancas.

“Esto es para cuando venga la corriente: llenarlas con agua para cocinar. Se va el agua también porque no hay electricidad para bombearla. Valga que los bomberos (de la estación frente a su edificio) nos ayudan a cargar agua”, asegura.
Teté cuenta que se quedó poco a poco sola, porque gran parte de su familia murió y la otra emigró. “Tengo dos sobrinas en La Habana que están locas porque me vaya con ellas, pero nada de eso. Yo siempre he vivido aquí y no me voy”, explica.
Esta nonagenaria no tiene miedo de vivir sola. A lo que tiene “terror” es a los apagones y a la falta de agua, alimentos, medicinas, que le afectan el triple, dice, por su edad. Asegura que sus familiares emigrados y los vecinos la ayudan; si no, “el cuento sería otro”.

“Esto no tiene comparación con nada”
Cuba atraviesa desde hace cuatro años un panorama que los expertos describen como “policrisis”. A los prolongados apagones diarios se suma la escasez de básicos (alimentos, agua, medicinas, combustible), una inflación que ha triplicado los precios en apenas cinco años, una creciente dolarización y una oleada migratoria sin precedentes.
“Esto no tiene comparación con nada. Ni en el período especial”, subraya Teté al referirse a la crisis de los años 90, tras la caída del bloque soviético en Europa, entonces principal proveedor de Cuba.
Teté nació en los años 30 del pasado siglo, durante el gobierno de Gerardo Machado (1925–1933), y vivió la época previa y posterior al triunfo revolucionario de 1959, encabezado por Fidel Castro (1926-2006).
“Yo sé lo malo, lo bueno y lo regular de todos esos gobiernos porque los viví, y este no tiene comparación con nada. Es una lucha constante con todo: el pan que viene un día sí y otro no; los frijoles, carísimos; no hay leche, ni carne ni nada”, afirma.
Sentada en un viejo sillón de madera desgastado por los años, señala su refrigerador: “Eso no hace escarcha ya y la comida se me echa a perder con lo caro que está todo”. “Ni en el período especial había tanta miseria como ahora”, remata indignada.

Un país envejecido
Más de un cuarto de los 9,7 millones de cubanos tiene 60 años o más, según la Oficina Nacional de Estadística e Información (Onei), lo que coloca al país como uno de los más envejecidos de América Latina y el Caribe. Y en el contexto socioeconómico actual muchos sufren especialmente, de acuerdo a la socióloga cubana Elaine Acosta.
En declaraciones a EFE esta profesora de la Universidad Internacional de Florida (EEUU) subraya que la crisis impacta directamente a este grupo de edad, “con graves afectaciones a su salud física y mental”.
Agregó que este segmento de la población “sufre un mayor estrés, ansiedad y una sensación de desesperanza, de imposibilidad de desarrollar su vida como personas mayores, de vivir una vida digna”.
“Una buena parte de esta generación también vivió la crisis del período especial, por lo que padece enfermedades crónicas asociadas a ese déficit alimentario que vivieron durante los años 90”, destaca.
El éxodo migratorio sin precedentes que golpea a Cuba también incide en la calidad de vida de los adultos mayores que, como la propia Teté, “se han quedado sin sus redes familiares más cercanas que puedan asistirlos en todo lo que implica la gestión cotidiana de la alimentación, de la sobrevivencia cotidiana”, afirmó.
En el caso de los apagones, la socióloga subrayó que “implica desarrollar estrategias” para mantener los alimentos sin refrigeración, tener que cocinar de una vez en el día, gestionar largas colas para conseguir los alimentos, e incluso ”muchas veces consumirlos de manera vencida”.
Acosta consideró que “hay cosas que el Estado cubano no está haciendo”, lo que “agrava significativamente la calidad de vida de las personas mayores que ya estaban siendo afectadas hace varios años”.
Muchos ancianos quedan entonces a merced de la desesperanza en medio de la grave situación, como lamenta la propia Teté: “Cada día es peor. Aquí no hay vida. Yo no voy a ver el final, pero esto no tiene buen final”.
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