
La noche del 14 de junio de 1977 Sabrina Arigón se levantó a los golpes. Había movimientos extraños en su casa y, tras despertarse, una de las primeras cosas que vio fue a su madre hablando con su padre y observando a través de una persiana. Luego, junto a ella y a su hermana Estrella, vieron por la ventana cómo personas vestidas de militares guardaron libros que sacaron de la casa en un auto y cómo subieron a su padre a una camioneta grande. Fue la última vez que lo vieron con vida.
Después de 47 años, la familia supo cuál fue el final de Luis Eduardo Arigón, un militante comunista que resistía la dictadura uruguaya (1973-1985). Esta semana, el fiscal especializado en crímenes de Lesa Humanidad, Ricardo Perciballe, confirmó que los restos encontrados en el Batallón 14 eran de Arigón, quien tenía 51 años cuando fue detenido, ese 14 de junio de 1977. Este predio militar es una unidad del Ejército uruguayo que fue un centro de detención y tortura durante el gobierno de facto.
Cuando se conoció la noticia de que se encontraron huesos humanos en ese predio, la familia de Arigón comenzó a pensar que había muchas probabilidades de que fuera él, según contó su hija Sabrina en una entrevista con La Diaria. “Le podíamos haber errado, pero tenía la sensación. Hablaron de una camisa blanca y de las medias. Mucha gente pensó que podía ser, porque él se vestía así: de camisa blanca y de pantalón de tela. Cuando lo vi en el informativo fue lo más feo, porque no sabía que era él, pero sabía que podía llegar a ser”, comentó.

Sabrina Arigón escuchó que la antropóloga comentó todas las cosas que hicieron los militares para que “no quedara nada” que evidenciara su muerte. “Eso es una cosa atroz, es de una maldad… Mirá que lo he pensado, porque yo entiendo que haya gente que piense distinto, pero matar a una persona así como la mataron y después no tener los huevos para enfrentar a la familia es de cuarta”, dijo en la entrevista.
Antes de su último arresto del 14 de junio, Argión había sido detenido dos veces. Sabrina en ese momento era una niña de 12 años, que entendía poco de lo que sucedía. Sabía que podía pasar que llegaran los militares, pero no de la gravedad del asunto. Al punto que le decía a su madre: “Si llegan a venir y llegan a entrar, les ofrezco jugolín”. Ella tenía claro que en su casa había cosas escondidas y que otras fueron quemadas, pero también era una niña inocente. Recuerda que su padre a veces dormía allí y otras no, y en otras ocasiones se escondía en el fondo.
Sabrina Arigón contó que su madre alguna vez le sugirió a su padre que se fuera a vivir a México, pero él lo rechazó, tal vez porque creía que no iba a pasar nada.

La familia tuvo que seguir su rutina el día después de la detención. Su madre fue a trabajar y ella fue al colegio secundaria. “Yo seguía haciendo mi vida. Mi madre, por ejemplo, decía que no podíamos comer asado porque era mi padre el que hacía todas esas cosas. Y yo le decía que me encargaba. Asumí algunos roles, porque me negaba. No quería que mi vida fuera un drama”, relató.
Sabrina recuerda a su padre como alguien “común y corriente”. “Uno a esa edad no mira a un padre pensando que no lo va a ver más. Puedo decir que mi madre era profesora de inglés en el liceo y él trabajaba en una librería. Se iba de mañana, volvía a mediodía, comía, se tiraba un ratito –40 minutos– y se iba a trabajar. Le encantaba hacer asados. Le gustaba tomarse un vasito de vino al mediodía, los domingos. Tocaba el violín y después cuando empecé a estudiar guitarra, él también quiso aprender”, recordó.
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