
Tras dos años de pandemia, la economía brasileña volvió a crecer. La inflación bajó al 8,73% en agosto desde el 10,07% de julio, por debajo de la zona euro y casi como Estados Unidos, donde fue del 8,3%.
Por segundo mes consecutivo, el país está en deflación, gracias a la bajada de los precios de los carburantes y a las medidas del Banco Central, que inició a tiempo el ciclo de subidas de las tasas de interés. Además, la semana pasada el Ministro de Economía de Brasil, Paulo Guedes, aumentó la previsión del crecimiento económico para este año al 2,7%, frente a la previsión de julio, que era del 2%. El Producto Interior Bruto (PIB) nacional creció de un 0,6% en julio con respecto a junio, impulsado por la actividad de los sectores industriales y de los servicios.
Según el Monitor del PIB de la Fundación Getulio Vargas (FGV), la economía brasileña creció 3,1% en comparación con el mismo período del año anterior, y cerró con un aumento del 3,3% en el trimestre móvil que terminó en julio. Las exportaciones aumentaron un 1,6% y Brasil sigue siendo el primer exportador mundial de carne y el cuarto de cereales. Se estima que la riqueza producida en el país fue de 5,4 billones de reales en agosto.
El desempleo también bajó al 9,1% en el período mayo-junio, según los datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), pero el trabajo informal se ha disparado para 13,1 millones de brasileños, que representan el 39,8% de la población activa.
Quizá estos datos puedan ayudar a entender en parte por qué, a pesar de una recuperación económica tan rápida, el país está en una situación de emergencia alimentaria. A pesar de que Bolsonaro aumentó en agosto el 50%, hasta los 600 reales, el subsidio Auxilio Brasil que era el antiguo Bolsa Familia de Lula, 33 millones de personas, el 15% de la población, viven en condiciones de inseguridad alimentaria severa, según datos de la Red Brasileña de Investigación en Soberanía y Seguridad Alimentaria y Nutricional (PENSSAN). En total, sumando las personas con inseguridad alimentaria media y leve, hay 125 millones de brasileños que pueden tener problemas para comer cada día.

“Este crecimiento económico ni siquiera ha tocado a la parte pobre de la población”, explica a Infobae José Graziano da Silva, ex director general de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y ex ministro de Seguridad Alimentaria del primer gobierno de Lula. “No hubo una reducción real del precio de los alimentos, excepto los de frutas y verduras de temporada y la carne, pero debido a las restricciones a la exportación. Los pobres no pueden acceder a los alimentos como deberían”.
El mes pasado, Brasil se conmocionó con la noticia de un niño de 11 años de Belo Horizonte que llamó a la policía para pedir ayuda porque no había nada para comer en su casa.
La emergencia del hambre es alta en el norte y noreste de Brasil, con los estados de Alagoa, Piauí y Amapá liderando este triste ranking. Pero las cosas tampoco van bien en el estado más rico del país, São Paulo. A pesar de un PIB de 2,348 billones de reales, hay casi 7 millones de personas que pasan hambre.
Sin embargo, el Ministro de Economía Guedes cuestionó ayer estas cifras en un evento en São Paulo. “33 millones de personas que pasan hambre es una mentira”, dijo, “estamos transfiriendo el 1,5% del PIB a los más pobres con el auxilio Brasil, tres veces más de lo que recibían antes”.
La cuestión del hambre es, pues, uno de los puntos cruciales de esta campaña electoral. En una entrevista con la emisora de radio Joven Pan Bolsonaro afirmó: “¿Ya vieron a alguien pidiendo pan en la caja de la panadería? No se ve. ¿Hay gente que lo pasa mal? Sí, pero quien por ventura esté en la línea de la pobreza, pasando hambre, pues debe haber gente pasando hambre, puede pedir subsidios”.
Por su lado Lula ha hecho uno de los puntos clave de su comunicación electoral el de querer poner comida en los platos de los brasileños. En su entrevista como candidato con la cadena TV Globo, dijo que “la gente debe volver a poder comer un asado, comer una picaña y beber una cerveza”. El ex presidente creó en su primer mandato el programa Fome Zero (“Hambre Cero”) en 2003, que en sólo 10 años sacó a Brasil del mapa del hambre. Fue un programa que influyó tanto en la formulación de los Objetivos del Milenio de la ONU que, posteriormente, en la Agenda 2030 de Naciones Unidas para el Desarrollo Sostenible, el objetivo número dos se denominó justamente “Hambre Cero”.

Pero los recortes en las políticas públicas de los dos últimos gobiernos, la supresión del Consejo Nacional de Seguridad Alimentaria y Nutricional (Consea) y del Ministerio de Desarrollo Agrario, que se concentraban en el apoyo a la agricultura familiar, han desmantelado a lo largo de los años este éxito y han hecho retroceder a Brasil.
“Necesitamos -explica Graziano, que ahora es director del Instituto Fome Zero- que la lucha contra el hambre sea la máxima prioridad. El país precisa de un nuevo programa ‘Hambre Cero’, una especie de ‘Fome 2.0′ que luche no sólo contra el hambre sino también contra la desnutrición. La obesidad crece entre las clases más pobres y entre los niños. Precisamente para ellos es necesario un programa de emergencia, empezando por la alimentación escolar, que a menudo es la única comida del día”.
Desde 2017, los fondos se han congelado y la merienda suele reducirse a unas pocas calorías, igual que hace veinte años, antes de la revolución de “Hambre Cero”.
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