
—Cómo contarte algo tan difícil de decir.
(...)
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—Ona, hija: este mundo es un lugar muy hermoso, pero no es perfecto. Donde existe la luz, existe la sombra. Y donde hay mucha belleza puede también haber mucha oscuridad. Hoy te voy a contar un cuento. Uno diferente a los que ya te conté. Este cuento no es como cualquier otro. Porque es el mío.
***
En el comienzo del film que lleva su nombre Mailín Gobbo habla con María Silvia Esteve, que es la directora del documental, pero también su amiga. Le dice que lo que le molesta es recibir los comentarios de la gente: “Bueno, Mai, si te hace mal no lo hagas”. Le dice que hablar no le hace mal. Llora. Le dice que no es de tristeza: “es ‘harta’ la palabra”.
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Harta.
Aparece la música. Una música que parece extraída del mismísimo cielo. Tiene alma litúrgica y también épica. Una seda envolvente que gira y trae ecos remotos. Ecos que arrastran una historia desde otro punto del tiempo, uno no tan lejano. Historia que más que una proeza divina es un embate infraterrenal.
Del centro de la pantalla, hasta ese momento completamente negra, emerge, se retuerce, se estira, una mancha luminosa. El destello de una llama. Un brillo aún débil y sin forma que intenta brotar de ahí mismo. De la más profunda oscuridad.
La música canta con voz de ángeles: “El sol entre la oscuridad, iluminará tu caminar”.
En la pantalla aparece un bosque. Y una cama. Una niña que se despierta como de un sueño. La protagonista del cuento de hadas que Mailín está por contarle a Ona, su hija. Con el que busca protegerla.
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***
—Bueno, Mai, empezamos la película —le dice Silvia Esteve.
La imagen es en blanco y negro. Mailín Gobbo en un plano corto que solo permite ver su rostro a cámara. Hace siete años que están grabando este documental.
—Cuando empezamos me contabas que te costaba mucho decir tu nombre —le dice Esteve.
—Sí —responde Gobbo.
—¿Cuál es tu nombre?
—Mi nombre es Mailín. Antes me daba miedo decir mi nombre entero. No me sentía identificada. (...) Quizás estaba tan disociada que no podía ni siquiera identificarme con mi nombre entero: Mailín.

***
—La película empieza con Mailín contándole a su hija un cuento de hadas y ese cuento de hadas se vuelve una metáfora de su infancia, porque Mailín fue abusada por quince años por el sacerdote de su escuela —dice Silvia Esteve del otro lado de la pantalla—. Como también está la filmación del juicio que tuvo que atravesar, además, el documental muestra lo revictimizante de todo el proceso judicial, lo espantoso, lo cruel del proceso judicial. Cuenta lo que significa habitar la piel de alguien que atravesó algo tan fuerte y, al mismo tiempo, habla de una mujer y de una madre que quiere darle herramientas a su hija para cortar con una historia familiar, porque Mailín viene de un montón de generaciones de mujeres que también sufrieron abuso y mantuvieron silencio. Ella fue la primera en hablar, y cuando ella habló todas esas otras mujeres, como su abuela, también empezaron a hablar de lo que les había pasado. La película hace ese trayecto. Era muy importante que no fuera un proceso de revictimización ni de exposición. La película no entra en el detalle del abuso. Se entiende lo que pasó, de eso no hay dudas, pero el camino va por otro lado.
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Silvia Esteve es directora, montadora y productora de cine (y una infinidad de roles que debió cumplir en este film tanto para asegurarse de que fuera lo que ella quería que fuera y se desarrollara en el más absoluto de los respetos, como por falta de presupuesto). Conoció a Mailín Gobbo hace casi una década: la vio en un noticiero, en un canal de televisión.
—Me acuerdo que le estaban haciendo un montón de preguntas sobre dónde había sido el abuso, si había sido detrás del altar, pidiendo todos los detalles morbosos de lo que había pasado. Y yo veía que Mailín estaba llorando, estaba sumamente expuesta, pero que ella se estaba exponiendo a eso justamente porque lo que estaba tratando de hacer era proteger a las infancias, ella quería decir que este hombre estaba libre, suelto y que podía seguir abusando de otros niños.
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La imagen la impactó. Le tocó fibras sensibles que estaban, en ese momento, abiertas por completo.
Era 2017, tenía 29 años, estaba terminando Silvia, su primer largometraje, el que inició apenas después de que muriera su madre, y en el que intenta reconstruir su vida.
—Mi mamá fue una persona que vivió como víctima de muchos mandatos y muchas cosas que venían implicadas con el solo hecho de ser mujer, como la idea de ser madre y el sacrificio como una cosa inherente, de tener que aceptar o normalizar un montón de violencias que vivió desde muy chiquita. Y fue una mujer que cada vez que pidió ayuda se la catalogó de loca. Estaba cerrando Silvia cuando vi a Mailín en el noticiero y vi que, de vuelta, era una mujer que estaba tratando de ser escuchada y que esa persona del otro lado no estaba escuchando realmente lo que ella necesitaba decir. Entonces, de alguna forma me sentí identificada y sentí que tenía que ayudarla. Verla me hizo pensar mucho en lo que significa ser mujer y también en lo duro de ser mujer y ser víctima. Justo en ese momento estaba leyendo sobre eso, y dije: “Es una mujer que hoy está viva, y yo ya tengo ciertas herramientas: capaz puedo ayudar a que su historia crezca y pueda ayudar a otras mujeres”. Porque yo también he atravesado abuso y nunca tuve el coraje para denunciar, justamente por el miedo a ser juzgada, a no ser escuchada. Entonces era importante que la película se convirtiera en un medio de reparación para ella. Y cuando conocí a su familia también entendí que tenía que ser una reparación para toda una familia que había sido señalada con la acusación de “cómo no viste lo que estaba pasando”. La película expone, justamente, que nadie vio lo que estaba pasando, porque este hombre llegó a abusar de un aproximado de 121 mujeres. Me parecía muy fuerte que había un montón de personas cargando una culpa que no les correspondía. Y que a quienes sí les correspondía, que es un sistema que hay que poner entre signos de pregunta y evaluar cómo puede cambiar para que no se sigan repitiendo las mismas historias, ese sistema, se estaba lavando las manos. Por eso también me metí en esta proeza que llevó ocho años.
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Esa proeza comenzó ese día de 2017 en que vio a Mailín Gobbo exprimida por el periodismo sensacionalista que revolvía en la llaga y se dispuso a escucharla. A escuchar su historia. Lo que realmente necesitaba decir.
Ese mismo día la buscó por redes. Le mandó un mensaje por Facebook y la invitó un café.
La respuesta llegó enseguida.
—La primera vez que nos vimos estaba también su expareja presente. Charlamos y dijimos de vernos nosotras solas la vez siguiente, junto con Andrea Cabrera, que es quien hizo cámara en la película. Nos encontramos de nuevo como para empezar a grabar y cuando yo puse Rec Mailín se largó a llorar y me empezó a contar detalles del abuso que yo no le había pedido. Ahí me di cuenta que ella pensaba que eso era lo que yo esperaba de ella, que ella pensaba que yo esperaba lo mismo que esperaban los medios. Entonces decidí no grabar por dos años y tomar el tiempo para generar un vínculo, una amistad, para conocer a Mailín y que ella estuviera segura de querer hacer la película. Ahí fue darnos cuenta de que era importante darnos ese tiempo de conocernos y de generar confianza, porque una persona que atraviesa tantos años de abuso también tiene un gran problema para confiar, y esa confianza hay que ganarla y cuidarla.
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Silvia Esteve no solo tomó el tiempo que fuese necesario para entablar una amistad con Mailín Gobbo y trabajar juntas de un modo en que ella se sintiera cómoda: investigó, buscó herramientas terapéuticas y apoyo para asegurarse de que el film no hiciera con ella lo que hacían los medios, lo que haría el proceso judicial: “que no la llevara de vuelta a esos espacios de revictimización sino que la ayudara a verbalizar, desde un espacio distinto, lo que le había sucedido. Que la llevara a un espacio más de reparación”.
—Siempre estuvo el eje de proteger a las infancias y por eso es que también la película, su forma estética, está marcada por el hecho de pensar en Mailín de chiquita, de no tener herramientas ni palabras para nombrar eso tan doloroso, tan terrible que le estaba pasando. Por eso toda la película se hilvana con un cuento de hadas —explica Esteve.
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El documental está atravesado por una madre que quiere cuidar a su hija pequeña: quiere darle las herramientas que ella no tuvo para identificar a las bestias que se ocultan entre las sombras, que adquieren mil formas para cazar a sus víctimas.
“Cómo contarte algo tan difícil de decir”.
El cuento de hadas fue el recurso que encontraron para decir lo indecible.
—Y es un cuento de hadas que fui reescribiendo a lo largo de los años hasta que finalmente Mailín se sintió identificada. Y también es una forma de Mailín de contarle a su hija lo que ella atravesó, pero al mismo tiempo de advertirle que así como existe la luz, existe la sombra en este mundo.

***
El bosque. Como un espacio del subconsciente en el que Gobbo se pierde intentando recuperar la memoria que fracturó el trauma. Pero también como el espacio en el que, para los niños, acecha el peligro.
La luz. Esa primera llama que abre el cuento. Que a veces es amarilla, a veces naranja. A veces apenas un destello, a veces un macizo círculo rojo.
La música celestial.
No son solo recursos estéticos. Son una manera de narrar de modo amable, cuidado y bello, un hecho atroz.
De un lado del bosque, una familia feliz. Una pareja de la que nace una niña “hija de un amor verdadero”. Del otro lado, ahí donde no llega el sol, ahí donde siempre es noche, el momento en que las bestias salen a buscar a sus presas, especialmente a los más pequeños de la manada, se recorta la sombra de un edificio, la cruz en lo alto. El Colegio San Francisco Javier, bajo la órbita de la Parroquia San José Obrero.
Ahí, a esa escuela católica de Caseros, había llegado el sacerdote Carlos Eduardo José, que además de oficiar de cura sería también el representante legal de la institución.
—¿Cuántos años tenía? —pregunta Esteve en el film a la madre de Gobbo refiriéndose a la edad de su hija cuando José llegó al colegio.
—Cinco años.

***
“Querida familia, de corazón quería dejarles este mensaje. A través de la catequesis familiar nos hemos conocido, hemos compartido momentos muy lindos, y les digo, de corazón, que los quiero mucho, especialmente a ustedes, chicos, que son mis hijos espirituales, los hijos que yo no tengo. Por eso quiero ofrecerles mi amistad y decirles que pueden contar conmigo para todo lo que necesiten”.
En el documental, Esteve muestra fragmentos de VHS que pudo rescatar. El cura vestido de blanco, agarrando a Gobbo e incrustándole un beso en la mejilla en su comunión; llevando adelante esa ceremonia; dando misa; hablándole a los chicos y chicas de los amigos, de la importancia de compartirlo todo con los amigos y de que él iba a ser su amigo. Grabando el mensaje de saludo para las familias de la comunidad.
—Fue un proceso de mucha investigación. El cuento de hadas lo reescribí varias veces, me pasaba que era demasiado metafórico y me di cuenta de que tenía que simplificarlo al máximo para que fuera algo muy fácil de identificar con el modus operandi del sacerdote. Entonces hay un monstruo: es una bestia que llega a un pueblo y, como puede adoptar mil formas, se viste de cordero. Y así, dando vino y pan a cada una de las familias, se va acercando y va ganando su confianza. Una vez dentro empieza a robar las sonrisas de los niños. Mientras más tiempo pasa con esos niños, más se apagan. Este monstruo, en realidad, es una cabeza de otro monstruo de mil cabezas, que es lo institucional. También era muy importante que la película reflejara el proceso [por el que pasó Mailín] de tratar de acercarse a una memoria traumática, una de las funciones que tiene el material de VHS.
En uno de los fragmentos que se ve, el de la comunión, la imagen está rota. No es un efecto creado. “Lo pasé muchas veces. Lo adelantaba y lo retrocedía para buscarme”. “Como revolviendo desesperada por ver algo. Como si en una imagen iba a poder mostrar lo que había pasado”, dice Gobbo en el film. Detrás, en esas tomas viejas, sus padres sonríen, felices con el sacramento.
—Mailín lo vio tantas veces para tratar de recordar lo que había pasado porque ella lo bloqueó. Refleja esto, ¿no? Esta memoria que es inalcanzable.
En el documental Gobbo habla de eso. De la memoria rota, de la memoria que intenta reconstruir. De las fotos que rompió. Del VHS en el que no dejó de hurgar hasta quebrarlo: “Veo y no me reconozco”.
La otra función que, dice Esteve, debía cumplir el VHS en el documental es la de ser una prueba contundente.
—Hay un material donde se lo ve al sacerdote efectivamente haciendo lo que hacía. Es muy fuerte porque lo hace en una fiesta, lo están filmando en una fiesta de disfraces del Día del Niño y se ve como él saca a Mailín de la habitación y se la lleva al baño para hacer lo que después Mailín describe. Se ve cómo toca a una niña, cómo genera juegos entre los niños para normalizar que tengan que besar adultos, cómo él generaba distracciones y al mismo tiempo que había un montón de gente en la misma sala estaba tocando a una niña sobre su falda. Entonces, de alguna forma, ese material de VHS tenía que demostrar que no había lugar a dudas de que lo que había pasado había pasado, que la pregunta tenía que ir por otro lado, porque incluso cuando se llega a la instancia de juicio está la pregunta: “¿Pasó?”, “¿Será que tal vez es una fabricación?”. Y eso no podía entrar en cuestión. Y tampoco tenía que ser una pregunta “cómo no lo vieron”. Yo tenía que demostrar claramente por qué no lo vieron y cómo él trabajaba su discurso en la misa, cómo hacía comparaciones entre él y Jesús, por ejemplo, y decía que Jesús quiere tener sus amigos y que a Jesús hay que dejarlo entrar en tu casa, y se iba metiendo en todas estas familias. Entonces, el VHS tenía que ser prueba fehaciente de lo que había pasado.
Las imágenes de la fiesta de disfraces muestran lo que sucedía ante la mirada de todos. Muestran lo que nadie pudo ver. Gobbo, con seis o siete años, está disfrazada de odalisca. El cura acaricia a otra niña en su falda mientras dirige y entretiene al resto con un juego. Después agarra a Gobbo y se la lleva.
Todos están mirando. Nadie lo ve.

***
“No pasó mucho tiempo antes de que la sonrisa de la niña se desvaneciera —dice en off Esteve, que es la narradora omnisciente de este cuento—. Desesperada, su madre buscó una cura para su malestar. A lo que el cordero le dijo que conocía el antídoto, pero que para tratarla debía permanecer continuamente junto a su hija. Así fue como, casi presa de un embrujo, la niña perdió su voz”.
El caso es conocido. Los abusos sexuales de Carlos Eduardo José ocurrieron entre sus once y sus veinte años, según contó Gobbo en una nota con La Nación. “En el San José Obrero los abusos fueron hasta los 15 años, pero como el cura seguía viniendo a mi casa porque tenía una muy buena relación con mis padres, los abusos continuaron. Para mis papás, que son muy católicos, cuando entraba José era como si hubiera entrado Jesús, le tenían mucha confianza”.
Alrededor de sus 12 años, la madre advirtió que algo le pasaba. Gobbo había entrado en una profunda depresión. Empezó a ver a diferentes psicólogos. Además le consultaron al sacerdote, que era como un miembro más de su familia. Él le dijo a sus padres que la iba a curar, pero para eso debía permanecer más y más tiempo a solas con ella.
Otro terapeuta la ayudó a desbloquear algunos recuerdos. La memoria del trauma era un laberinto con caminos dinámicos, se dibujaban, se armaban fragmentos y desaparecían.
En 2008, cuando pudo poner palabras a lo que había sucedido, sus padres enfrentaron al cura. “Hablaron con él en la iglesia y él en ningún momento negó los hechos, solo pedía perdón. Si pedís perdón estás aceptando los hechos. Mis padres hicieron una denuncia en el obispado en 2009”, contó a La Nación. Luego, el obispo la citó a ella. Le dijo que “la gracia de Dios” la iba a sanar “pero que yo no tenía que seguir comentando lo que había sucedido. Me dijo que me calle”, cuenta en el film que lleva su nombre.
Tiempo después la citó quien fue obispo de San Martín hasta 2018, Guillermo Rodríguez Melgarejo: le dijo que a José lo habían sancionado desde Roma, que le retiraban el estado clerical y que se le prohibía estar en contacto con niños. Además de indicarle un tratamiento psicológico. “Pero me enteré que a José lo trasladaron a Azul, donde sé que también hubo casos de abuso que no fueron denunciados”, contó Gobbo.
Estaba dispuesta a dejar este capítulo atrás hasta que, en 2014, nació Ona, su hija, y el miedo la inundó: no quería que nadie la bañara, que nadie la cuidara, que nadie la tocara, le pedía permiso antes de cambiarla, desconfiaba incluso del padre, incluso de sí misma. Sentía que cualquier contacto con el cuerpo de su hija podía ser un abuso. Tenía pánico.
Decidió que no quería proyectar su historia en la de Ona. Pidió ayuda. Tres años después hizo algo más: decidió hacer la denuncia.
Antes de ir a la Justicia quiso saber si era cierto, si la sanción de Roma se había cumplido y José estaba alejado de los menores y en tratamiento psicológico. Se reunió con un arzobispo y grabó, en secreto, esa conversación. En el documental se reproduce un fragmento de la charla en la que confirma nada. Ella le dice que se imagina que irrumpe en medio de una misa de José y cuenta todo. “¿Ah, sí? Lo único que vas a conseguir es que digan ‘¿y esta loca?’; ‘está loca, padre, no le hagan caso’”.
Después buscó a otra de las mujeres que, sabía, había sido abusada por José, Jazmín Detez y, juntas, fueron a hacer la denuncia. Presentó esa grabación como prueba. Era 2017. El mismo año que el caso se hizo público. Que Silvia Esteve la vio en carne viva en televisión. Que el cura pederasta y abusador renunció al sacerdocio.

***
—Señora Gobbo, ¿conoce a Carlos Eduardo José?
—Sí, lo conozco.
—¿Quién es y de dónde lo conoce?
—Lo conozco del colegio San José Obrero. Era cura de mi colegio. Y él abusó de mí.
—Más fuerte por favor.
Es la segunda vez que se lo hacen repetir. Aducen problemas de sonido. Lo cierto es que en el proceso judicial “por abuso sexual gravemente ultrajante, agravado por cargo eclesiástico” que se llevó a cabo en 2021, cada vez que Mailín Gobbo dice “él abusó de mí”, un funcionario le dice: “No escucho”. “Más fuerte”.
Cuántas veces se le puede pedir a una víctima que declare su abuso.
Cuánto se puede escarbar en una llaga ardiente.
Más fuerte por favor.
¿Hace falta que lo grite? ¿Si lo dice un millón de veces, a viva voz, van a entender? ¿Le van a creer?

***
Después de que Gobbo lo denunciara, en 2017, otras mujeres se animaron a hacerlo. Se calcula que son más de 120 las niñas, hoy adultas, que fueron abusadas por él.
El excura fue detenido a mediados de ese mismo año y puesto en prisión preventiva luego de haber estado prófugo una semana. Eso fue hasta el juicio, que tuvo lugar entre febrero y marzo de 2021. Una causa que salió a su favor: el Tribunal Oral en lo Criminal (TOC) N° 2 de San Martín lo absolvió al considerar que los hechos habían prescripto. Y lo dejó en libertad.
El documental de Esteve muestra lo padeciente del proceso judicial. Y también las puertas del tribunal, donde un puñado de mujeres con pancartas cantan y agitan: “Decime qué se siente, que juntas salgamos a luchar. Te juro que aunque pasen los años, nunca nos vamos a olvidar: de tu nombre abusador, Carlos José pedófilo, que la Iglesia y el colegio te cubrió. Ahora juntas vamo’ a estar, apoyando a las demás, ¡que los abusos no prescriban nunca más!”.
En 2022 Gobbo apeló esa sentencia y logró revocar el fallo.
Cuando el excura iba a ser condenado se fugó.
Continúa prófugo.
***
Una nena de unos seis o siete años, ataviada como para dar un show en casa a un público de amigos y muñecos de peluche, dice divertida a cámara: “¡Les presento a mi mamá que se llama Mailín”. Y la mamá Mailín hace su entrada triunfal. “¡Y yo les presento a Ona, mi hija!”. “¡Y nosotras somos familia!”. “Y vamos a bailar para ustedes”. Madre e hija bailan, se abrazan, juegan.
El documental también es eso: imágenes de ellas —Esteve cuenta que les dio una cámara para que se filmaran cuando quisieran— de vacaciones, en la playa, en el pasto, en el agua.
El documental también es reparación.
“Hay algo dentro de vos, hija. Y dentro de mí. Que si escuchamos con atención nos revela verdades. Esa es nuestra voz interior, esa es nuestra luz. Cuando alguien nos lastima, esa voz, desde adentro, nos dice que algo no está bien. Escucharla es la primera forma de empezar a romper el hechizo de una bestia como la de este cuento. Ona, tu voz es inmensamente valiosa. Que nunca nadie te intente callar o te haga ni siquiera dudar de ella. Es tuya. Y es única”.

***
Mailín se estrenó en Argentina en el festival La mujer y el cine, en Mar del Plata, donde ganó el premio a Mejor Largometraje y Mejor Fotografía, pero ya había tenido su estreno internacional en 2025, en el Festival Internacional de Cine Documental de Ámsterdam (IDFA Festival), el más grande y prestigioso del mundo en este género. Y este domingo 20 de septiembre, a las 19.30, se presentará en el Centro de Creación Contemporánea Arthaus.
—La recepción es muy linda y muy buena —dice Esteve— porque muchas mujeres u hombres que han atravesado abuso sexual en la infancia dicen que la película se siente exactamente como se siente pasar por una cosa así, pero también hay algo transformativo en el proceso, porque estéticamente tiene otro vuelo. La idea era generar una película que fuera también bella de ver y que hubiera momentos de respiro, porque es una historia fuerte que necesitaba esos espacios mentales que ayudan a hablar de una forma de sentir. Yo no quería que Mailín dijera: “Yo me sentía de esta forma”, me era importante reconstruir ese sentimiento y que la persona frente a la película pueda sentir lo que es habitar la piel de Mailín y el dolor de una familia.
La primera vez que Mailín vio el documental, en la sala de cine de la DAC (el sitio de los Directores Argentinos Cinematográficos), estaba únicamente con las personas que ella había elegido para ese momento: su hermana y amigos de su círculo más íntimo. No era la versión final, pero era una que contenía todo lo que la definitiva iba a tener y Esteve quería su aval para terminar. “Yo necesitaba tener el ok de Mailín con respecto a lo que iba a estar ahí porque las películas viven a través de los años, entonces era primordial para mí que ella se pudiera sentir orgullosa de haber sido parte de esto y también entender que era una película que eventualmente su hija iba a ver. Y ella tenía que ver el valor de todo lo que Mailín logró”. Esteve estaba en ese momento fuera de Argentina. Cuando terminó de verla, Gobbo la llamó por teléfono.
—Me dijo que me agradecía porque después de tantos años de abuso cuesta mucho creer que alguien pueda hacer algo bueno por vos. Me dijo que la película la ayudó a entender que ella podía volver a confiar.
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