
Sobre las ruedas de un vehículo cualquiera, una carrocería se alza imponente y alberga a pasajeros que lo único que quieren es llegar a sus centros de labores o estudios, lugares que los protegerán del bullicio de la calle que se torna caótica en las denominadas horas puntas. Al terminar la jornada, transeúntes caminan rápidamente por las veredas mientras ven pasar vehículos lujosos, camiones y unidades de transporte público; estas últimas corren veloces, práctica que ha desencadenado accidentes mortales, para ganar un pasajero al chofer de un microbus, una cúster o una combi, quien espera cerrar el día con un monto que le permita satisfacer las necesidades, siquiera las primarias, de todos los integrantes de su familia.
En medio de la vorágine de la ciudad, los conductores y pasajeros comparten un espacio que se llena conforme el bus avanza por las sinuosas arterias de Lima. Con el transcurrir del tiempo, la unidad de transporte público luce repleta de personas, cuyas preocupaciones se despejan, parcialmente, con la música que suena a todo volumen.
Es inevitable que los pasajeros dirijan su mirada a los paraderos, donde personas se desesperan por subir al vehículo que los llevaría a sus destinos. Quienes no pudieron subirse, son conscientes de que existe la posibilidad de llegar tarde a sus trabajos. Mientras se encuentran con la mirada pérdida, una cúster se aproxima al paradero y se detiene debido al tráfico usual en la capital; en la parte trasera se puede leer una frase sugerente que llamó la atención de algunos transeúntes.

La filosofía popular nos ha dejado frases como “De mí te olvidas, pero de lo que hicimos nunca”, “El cobrador es chévere, pague con sencio”, “Yo soy soltero, la casada es mi mujer”, entre otros que, a pesar de que algunas son pícaras, forman parte de la cultura popular. En otros vehículos se pueden leer rótulos que hacen alusión a la religión, un elemento que consideran importante algunos choferes, quienes se encomiendan a Dios antes de partir para que no tengan accidentes de tránsito. “Dios es mi copiloto” o “Dios es amor”, son algunos ejemplos.
Los nombres de personas también forman parte del repertorio de los trabajadores que se dedican a inmortalizar frases. Es menester señalar que las pintas también pueden ser observadas desde el interior de la unidad de transporte, pues en alguna parte de la carrocería aparecen textos con letras blancas o coloridas.

Ahora bien, estas frases, como todo en la vida, tienen un origen del que pocos conocen. Es por ello que se hace necesario difundir los entretelones de esta popular costumbre que no es privativa de Lima. Basta con explorar el Perú para toparnos con los rótulos que fueron colocados en la carrocería por alguna razón particular, aunque hay algunos que deciden realizar esta práctica porque el mensaje los impactó.
Indistintamente de si haya motivo alguno para decorar el vehículo, es importante conocer la génesis de las pintas, un tema que podría ser comentado con amigos o familiares cuando las ideas no se asomen a nuestra mente.
La génesis de las pintas en las carrocerías
Una de las informaciones que se presentarán a continuación probablemente no alegrará a los peruanos. Si alguien se pregunta dónde apareció la primera pinta en un vehículo, es probable que piense que el lugar fue el Perú debido a nuestra idiosincrasia marcada por la creatividad y la cultura popular. La idea de que en el territorio nacional se plasamó el primer rótulo en una carrocería es refutada por otra que aparece en el libro “¡Dejad que los pasajeros vengan a mí!”, del investigador Juan Carlos Arroyo Ferreyros.
Precisamente, Arroyo Ferreyros realizó un estudio con el fin de despejar preguntas como ¿cuál es el origen de las pintas?, ¿en qué lugar una persona plasmó una frase en una carrocería?, entre otras interrogantes, las cuales pueden ser planteadas por un ciudadano de a pie. Ellos se ha convertido en un lectores asiduos de estas frases que se han convertido en un clásico en las unidades de transporte público.

Respecto al lugar donde apareció por primera vez una pinta en un vehículo, el autor de “¡Dejad que los pasajeros vengan a mí!” dio a conocer la versión de Jiménez.
En el libro en cuestión, publicado en México en 1967, hay un capítulo en el que se cuenta cómo apareció la pinta en el vehículo de una señora. La historia habría iniciado cuando un cura le pidió prestado su carro para trasladarse a un lugar lejano en el que un poblador esperaba recibir la extremaunción. La mujer, naturalmente, accedió a su solicitud. Después de este suceso, los habitantes se acercaban a su vivienda para pedirle prestado el vehículo, que no necesariamente era utilizado para atender una emergencia o urgencia.

Con el fin de lograr una ilación en la historia, transcribiremos un fragmento del libro de Arroyo Ferreyros.
Un buen día tocó la puerta de la casa de la generosa señora un niño, diciendo: “Vengo de parte de mi mami para solicitarle prestado el auto para ir al mercado”.
La señora, decidida a terminar con tanto abuso de confianza le negó al niño el servicio y al ver que se retiraba murmurando entre dientes, le dijo: “Y dile a tu mamá que mi culo no es garaje”.
-¿Por qué?, replicó el niño sorprendido.
-Porque de seguro dirá que me meta el carro donde no le dé el sol.
Es de imaginar que alguien se enteró del hecho, pues al siguiente día apareció pintado en el parachoques del automóvil: “EL SUPOSITORIO”.
La historia detrás del primer camión del Perú en el que se plasmó una frase
La primera pinta en la carrocería de un vehículo del Perú apareció a mediados del siglo XX; es decir, unas cuantas décadas después de que “EL SUPOSITORIO” apareciera en el parachoques de un vehículo que se encontraba en México. Sorprendentemente, Lima no fue el epicentro de este hecho, sino Huancayo. Así lo dio a conocer un viejo chofer de Huancayo, quien conversó con Juan Carlos Arroyo Ferreyros.
Según el relato del transportista, la mujer de Concepción, tras enterarse que el mensaje iba dirigido a ella, escribió en un cartón la siguiente frase: “Qué atrevido este serrano”. A pesar del rechazo, el camionero continuó plasmando frases en su vehículo que realizaba la ruta Huancayo-Lima y viceversa. En tanto, la comerciante continuaba rechazándolo.
“(...) Así nacieron y proliferaron las pintas en los camiones, que dicho sea de paso, y no quepa la menor duda, fue la primera modalidad de transporte que las lució”, señaló el investigador.

Existen una variedad de rótulos que han sido plasmadas en las carrocerías, cuyos autores fueron peruanos creativos; sin embargo, algunas frases han sido tomadas de la literatura. En la tradición “Tauromaquia - apuntes para la historia del toreo”, de Ricardo Palma, se pueden leer los nombres de los toros que fueron colocados, un siglo después, en las unidades de transporte público.
Indudablemente, las pintas en las carrocerías forman parte de la cultura peruana que ha elevado la creatividad a un pedestal. Desde tiempos inmemoriales, los peruanos han buscado formas de ganarse la vida, y una de ellas es plasmar frases sugerentes que pueden arrancar una sonrisa a las personas en momentos en los que la preocupación y el desasosiego se apoderan de sus vidas.
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