El 24 de octubre de cada año se conmemora el Día Internacional de las Bibliotecas, una fecha que nos lleva a recordar uno de los episodios más dolorosos de nuestra historia. Hace exactamente ochenta años, un incendio marcó un capítulo sombrío en la memoria de nuestro país, un suceso que dejó cicatrices en el patrimonio cultural peruano: el incendio de la Biblioteca Nacional del Perú.
El profesor Carlos Aguirre, del Departamento de Historia de la Universidad de Oregon en Estados Unidos, relata que en las primeras horas del 10 de mayo de 1943, un incendio devastador comenzó a consumir la Biblioteca Nacional. El fuego, que probablemente se originó en la sala Europa, se propagó rápidamente por todo el edificio. Algunas versiones sugieren que el incendio pudo haberse iniciado en múltiples puntos.
La alerta sobre el incendio lo dio don Valeriano Grados, un guardia de seguridad callejero, quien solicitó la ayuda de otros cuidadores, transeúntes y los bomberos. Eran las dos de la madrugada, y el fuego ya había devorado miles de libros. El director de la Biblioteca Nacional en ese momento, Carlos Romero, que vivía cerca del lugar, fue informado de inmediato.

La falta de un sistema de alarma eficiente y la escasez de agua dificultaron la intervención rápida de los bomberos. Cuando llegaron, el 75% del edificio ya había sido consumido por las llamas, afectando no solo a la Biblioteca Nacional, sino también al Instituto Histórico, la Sociedad Geográfica de Lima y el Archivo Nacional. Curiosamente, los edificios adyacentes como la Iglesia de San Pedro y el Instituto Pedagógico de Mujeres no sufrieron daños. Por un golpe de suerte, la zona que albergaba los archivos nacionales quedó sin daños.
Los primeros informes revelaron la pérdida de alrededor de 100 mil volúmenes encuadernados, 4 mil sin encuadernar y 40 mil manuscritos. Entre los materiales destruidos se encontraban libros coloniales, colecciones únicas de periódicos y revistas, así como manuscritos invaluables.
Los rumores sobre los culpables

Incluso antes de que los bomberos comenzaran a enfrentar las poderosas llamas, los murmullos y rumores sobre el incendio se propagaron como pólvora. El primer guardia que alertó sobre la catástrofe fue sometido a interrogatorio policial, pero no se encontraron pruebas de culpabilidad. Incluso se produjeron dos detenciones que, posteriormente, se convirtieron en liberaciones.
Cuando el comandante del cuerpo de bomberos llegó al lugar, fue impactado por la ausencia de un solo punto focal de inicio del fuego. Para él, esto sugería que el incendio podría haber sido provocado intencionalmente, una teoría que rápidamente cobró fuerza. Según el testimonio de Ricardo Arbulú Vargas, quien trabajaba en la Biblioteca Nacional en esa época, los trabajadores no podían dejar de murmurar: “El viejo Romero ha incendiado la Biblioteca Nacional”.
¿Cómo actuaron las autoridades en ese momento?

El Gobierno tomó medidas inmediatas tras el devastador incendio en la Biblioteca Nacional. Con el objetivo de restaurar este importante centro cultural en el menor tiempo posible, se formó una comisión encabezada por el entonces Ministro de Educación de esa época.
Simultáneamente, se estableció una subcomisión de investigación presidida por el abogado José Gálvez, junto con Luis Alayza, Paz Soldán y Honorio Delgado. Un mes después, esta comisión, Aguirre lo llamó “La comisión Gálvez”, presentó su informe, llegando a la impactante conclusión de que el incendio no había sido accidental.
Jorge Basadre, quien también desempeñó el papel de director y reconstructor de la institución, recordaba la tragedia con profunda tristeza. Describió el escenario que encontró con las siguientes palabras: “Nunca en mi vida había presenciado un espectáculo tan impactante. Daba la impresión de un lugar bombardeado. Gruesas paredes desnudas sostenían algunas vigas calcinadas, y a duras penas protegían escombros llenos de lodo, en lugar de las apacibles salas América, Europa y Periódicos Peruanos, con sus hermosas estanterías y amplios corredores, y el depósito de publicaciones recientes. En el suelo, yacían en confusión papeles y trozos de anaqueles, muebles, pisos y techos. El fuego, al consumir los pisos, al exponer la tierra del suelo y al causar el colapso de habitaciones enteras, se había unido en una monstruosa alianza con el agua para destruir impresos y manuscritos invaluables que estaban empapados y desordenados”.
¿Quién podría haber provocado el incendio de la Biblioteca Nacional?

Los primeros indicios apuntaron hacia el director de la Biblioteca Nacional, Carlos Romero, un hombre de 80 años con seis décadas de servicio en la institución, de los cuales 15 había ejercido como la cabeza de la institución. Surgieron acusaciones en su contra, alegando que había estado involucrado en la desaparición de valiosos ejemplares bibliográficos.
Algunos trabajadores se sorprendieron de que el incendio comenzara justo cuando se estaba llevando a cabo un inventario de los libros, periódicos y folletos peruanos más valiosos, junto con manuscritos inéditos irremplazables. Se esparció la sospecha de que Romero podría haber causado el incendio para encubrir el robo de estos tesoros. Un elemento que alimentó las dudas sobre la implicación de Romero fue su oposición al proceso de catalogación que recientemente había iniciado el Ministerio de Educación.
También surgieron otros rumores vinculados al incendio. Algunos especularon que el Gobierno de Manuel Prado podría haber estado interesado en eliminar documentos que pudieran relacionar al padre del mandatario, Manuel Ignacio Prado, con una polémica función en la Guerra del Pacífico. Otros apuntaron hacia ciudadanos japoneses frustrados por el trato que recibían en ese período.
La conclusión era evidente: la Biblioteca Nacional fue víctima no solo del abandono estatal, sino también de un microcosmos que reflejaba la sociedad peruana de la época. La larga permanencia de Romero como director coincidió con una serie de regímenes autoritarios. Romero se asemejaba a un anciano dictador que se resistía a cualquier esfuerzo de reforma o renovación en la institución. La inercia y la negligencia, tanto de los sucesivos gobiernos como de la máxima autoridad de la biblioteca, crearon una situación precaria en la que la tragedia no solo era posible, sino quizás incluso inevitable.
Algunos tesoros recuperados del incendio de 1943 de la Biblioteca Nacional

A pesar de la gravedad de la situación, un libro de 1612 titulado “Vocabulario de la lengua aymara” es el impreso peruano más antiguo y un ejemplo del valor histórico que se rescató del incendio de 1943. Lo que hace a esta edición especial es una nota escrita a mano, una autorización que otorgaba el permiso para su impresión en Chucuito, Puno.
En una época en la que estaba estrictamente prohibida la impresión fuera de Lima, el descubrimiento de esta autorización finalmente puso fin a un antiguo debate entre historiadores sobre cómo esta edición había sido posible.
Pero este libro no es el único que emergió de las cenizas. Las páginas manchadas de hollín y bordes quemados de un diario de la fragata Amazonas, el primer buque de la Marina de Guerra del Perú que circunnavegó el mundo en 1856, también se encuentran entre los hallazgos.
Además, un expediente firmado por Túpac Amaru y, aún más notablemente, manuscritos de Ricardo Palma, muestran su escritura inclinada que se tacha y corrige a sí misma. Estos manuscritos, que habían sobrevivido en escaso número después de que su casa fuera destruida en la Guerra con Chile, se unen a otros tres ya conocidos y vendidos por su familia a la Biblioteca Nacional, para un total de ocho recuperados del incendio de 1943.
Uno de los manuscritos recuperados incluye “Tradiciones en salsa verde”, cuya autoría había sido previamente cuestionada. El conjunto completo de manuscritos de Ricardo Palma fue declarado Patrimonio de la Nación en 2018, lo que justifica su resguardo en una bóveda especial, que es el epicentro de esta increíble historia de recuperación y redescubrimiento.
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