
La mención honrosa de las estrategias para romantizar la opresión de las mujeres mediante la feminidad es para las princesas. Los cuentos tradicionales escritos por autores como Perrault o los Hermanos Grimm hace dos y tres siglos, respondían a su contexto histórico y reproducían fielmente el amor cortés o romántico. La aparición de la literatura infantil coincide con la creación de las primeras escuelas, lo que explica la tremenda relevancia que se le dio a los cuentos como método educativo. En ellos se encuentran fuertes estereotipos sexuales que camuflan, como la vida misma, la opresión de las mujeres en discursos esencialistas sobre su naturaleza femenina, los cuentos no solamente romantizaron la explotación de las mujeres, borraron la opresión y también al opresor. En los personajes femeninos tradicionales con los que se educaron las mujeres nacidas en décadas pasadas, se encuentran pálidas y delgadas princesas carentes de todo tipo de habilidades y atrapadas en vidas desgraciadas y aburridas cuyo propósito vital es esperar a que llegue un hombre a prestarles un poquito de atención. Quién sea y cómo sea el príncipe en cuestión; más o menos listo, amable o agraciado, no reviste mayor importancia. Se rodea a estas princesas de mujeres malvadas —el discurso misógino no pierde oportunidad para manifestarse—, arrugadas y feas (que para la misoginia son lo mismo), mentirosas y envidiosas; sus vidas son una letanía de acciones sin sentido dirigidas al mal.
Ellos, los príncipes, llegan desde una impúdica libertad con gigantes sonrisas y dando saltitos a caballo, a decidir sobre el destino de las princesas, que bien saben que está en sus manos, y mayormente suelen elegir con épica de aplauso de pie, salvarles la vida. Nadie nos explica el final del cuento, no se habla sobre si esa salvación no es más que la privatización de la explotación doméstica, sexual, reproductiva y de cuidados que vivían las princesas antes de ser rescatadas, tampoco nos cuentan qué pasará cuando se hagan viejas y descartables. Los cuentos se detienen ahí, en la promoción del amor como libertad y destino. Las historias fueron creadas para que nos gustara el príncipe y para que las mujeres de esos cuentos nos generaran un rechazo visceral. La madrastra de Cenicienta no solamente nos enseña que el destino de todas depende de un hombre, también que el de las no elegidas era incierto, por feas, malas y gordas. Mientras los leímos no fuimos capaces de politizarlo, la opresión basada en el sexo se nos ha escapado toda la vida. Disney ha intentado durante los últimos años ser un referente «feminista» para las niñas a través de nuevos modelos de princesas con las que ha conseguido dos cosas nada desdeñables: generar un negocio millonario y la aceptación de su discurso como empoderador. Desde la reproducción de los clásicos hasta hoy existe una evolución: con Frozen, por ejemplo, Disney inauguró la sororidad y los pactos entre mujeres y estableció un nuevo modelo de princesa que rompió con el destino androcéntrico. Si bien esto es un avance, siguen configurando a las princesas como fieles representantes de la ley del grado, con un determinado estereotipo físico, y aun esperando encontrar el amor de su vida: el propósito no ha cambiado tanto. Que se acerque un poco más a nuestra realidad no implica que sea feminista.

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