
Nada parece marchar acorde al plan para el gobierno nacional. Ni en lo político ni, mucho menos aún, en lo económico.
Sin embargo, fiel a la desmesura y el mesianismo que caracterizan el estilo de liderazgo presidencial, Milei está no solo convencido de que lo asiste la razón y las cada vez más esquivas “fuerzas del cielo”, sino que hay una suerte de gigantesco plan macabro, con ribetes francamente delirantes. Una conspiración contra él y su gobierno que integran básicamente todos los que piensan distinto, alertan sobre alguna cuestión puntual o se animan a disentir con la dogmática presidencial.
Consecuentemente, Milei acelera, pero ya son muchos -incluso algunos referentes de su propio espacio y, más aún, sus aliados- que comienzan a preguntarse no solo sobre la oportunidad y conveniencia de algunas políticas sino incluso sobre el rumbo del gobierno en general y el programa económico en particular. Ya no solo crece -en el propio ecosistema oficialista- la preocupación por el cómo sino también los cuestionamientos respecto al para qué.
En el plano económico, el 2026 da cuentas de un combo complejo que, pese al voluntarismo que expresa el presidente, avizora turbulencias que parecen casi inexorables: una actividad muy golpeada en la mayoría de los sectores, salarios y consumo que no se recuperan, y la constante caída de la recaudación nacional -y, por ende, de la coparticipación- que ya acumula 8 meses consecutivos y cuyo volumen durante el primer trimestre alcanzó su nivel más bajo en 13 años.
A ello se suma la persistencia de la inflación que, cuando se conozca el número de marzo que seguramente estará por encima del 3%, acumulará 10 meses consecutivos de alza después de la tan promocionada reducción inicial, tornando las promesas presidenciales de un “colapso” del índice de precios para agosto en una absoluta quimera.
La suba del desempleo, el crecimiento de la informalidad, la morosidad crediticia que sigue en aumento, la imposibilidad de un riesgo país para perforar los 500 puntos básicos que permitirían una vuelta a los mercados internacionales de deuda, son todos indicios preocupantes de un programa económico que enciende alarmas respecto a su sustentabilidad. Más aún, cuando la “lluvia” de dólares no proviene de las tantas veces anunciadas grandes inversiones extranjeras sino de la performance del sector agroexportador, la colocación de deuda corporativa y provincial y, cada vez más, del deliberado atraso cambiario.
Lo político no escapa a estas tendencias. A las ya tan naturalizadas y descarnadas internas oficialistas, los recurrentes errores no forzados y daños autoinfligidos, se suma durante el último mes el affaire Adorni, que todas las semanas suma un nuevo capítulo que horada aún más la imagen del gobierno y del propio Milei. Pese a las constantes revelaciones que parecen complicar aún más la situación judicial y política del otrora locuaz y pendenciero jefe de gabinete, la decisión oficial continúa siendo no solo sostenerlo en su cargo, sino también rodearlo de actividades y apuntalarlo con puestas en escena de apoyo. Un escenario a todas luces muy difícil de sostener como escala previa a su informe de gestión del 29 de este mes en la Cámara de Diputados de la Nación.
Si el caso Adorni ya es por sí mismo un obstáculo para los infructuosos intentos del oficialismo para recuperar la iniciativa y el control de la agenda, se reactiva la investigación por el criptogate y surge la polémica por los créditos hipotecarios otorgados por el Banco Nacional a funcionarios públicos cercanos al poder.
Lo cierto es que todas las encuestas no solo dan cuenta de un marcado deterioro en la imagen presidencial y la valoración del gobierno, sino de un inocultable deterioro de las expectativas que tiñe de pesimismo el futuro y pone en tela de juicio la apelación profética mileísta de un presente de sacrificios y privaciones como escala previa a la llegada a la tierra prometida del progreso y la abundancia
Así las cosas, lejos de reflexionar y recalcular, Milei reacciona con cada vez más furia ante los obstáculos y frustraciones, horadando aún más la ya golpeada institucionalidad y multiplicando la incertidumbre sobre un futuro de la actividad económica –el empleo y el salario- que ya desplazó, junto a la corrupción, a la demanda de los precios, que había sido el principal activo político-electoral de Milei.
Por ahora, el desgaste del Gobierno y de la figura presidencial no puede ser capitalizada por ningún referente de una oposición que no logra salir de su profunda crisis, pero alimenta un preocupante clima de negatividad, inconformismo y frustración que, más temprano que tarde, podría encontrar cauces de expresión tanto dentro de la institucionalidad como fuera de ella en las diversas modalidades que ya hemos conocido en términos de protesta y conflictividad social.
*Gonzalo Arias es sociólogo, consultor político y autor de “Comunicar lo local” (La Crujía, 2021).
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