
El triste personaje que nos avergonzó con sus humillantes gestos racistas en Brasil —cuyo padre reivindica en un video— es parte esencial de una concepción de aquellos que no imitan al simio, sino que, en el fondo, asumen haberse quedado en uno de los puntos de la cadena de Darwin sin lograr avanzar hasta la humanización.
No son antiperonistas, son anti humildes, son individuos en su gran mayoría triunfadores, o que se auto perciben como tales, que expresan sin pudor su falta de solidaridad con aquellos que imaginan derrotados, son la caterva que hoy expande barrios privados y lugares donde tomar distancia del resto de la sociedad para no contaminarse con ella.
Hace muchos años, entré con mi hermana en una carnicería desconocida —veníamos de un velatorio— y le hicimos el pedido al carnicero, quien, para mi asombro, me dijo: “...mi esposa va a querer saludarlo...”. Apareció, entonces, una señora de nacionalidad boliviana, que se acercó y abrazándome, me dijo “... yo había llegado hacía poco a este país, y ese sábado, cuando usted me sirvió la comida, entendí que jamás había imaginado que un patrón fuera capaz de hacerlo...”. Yo nunca me sentí patrón y siempre que hice asado, atendí a la totalidad de los presentes. Esa actitud no me hace peronista ni radical ni conservador, expresa tan solo la educación que me dieron, aquella donde todos éramos pares, y no había quienes se sintieran superiores en la clase media. No cuento esta pequeña historia como un mérito, la guardo en mi memoria como reflejo de un hecho significativo de mi vida.
Con el tiempo he ido perdiendo muchas amistades. No eran amigos sino meras relaciones, individuos que en un principio se acercaban por la amplitud de mis ideas, por mi capacidad de cuestionar todos los dogmas, incluidos, desde ya, los peronistas, pero que siempre terminaron encontrando una excusa para alejarse. Tardé en darme cuenta de que esos individuos, cuando Videla y Massera asesinaban, tenían claro lo que estaba pasando, les parecía una realidad necesaria para depurar la sociedad, se sentían representados por esos enormes asesinos.
Son los mismos que hoy, cuando transitamos una mediocridad infinita, se disgustan por mis cuestionamientos al personaje que nos gobierna, con el cual tengo tantas diferencias como las tuve con el anterior. Pero la realidad es que ellos se sienten representados por esta inconcebible y necia pobreza intelectual y cultural con la que se impone la estabilidad de la moneda por encima de la más profunda miseria, esa que despeja su camino hacia el enriquecimiento ilegal. Es que para ellos la moneda supera, trasciende al ser humano, ahora como siempre. “Poderoso caballero es Don Dinero…”
Como peronista, duré con Menem dos años, y terminé absolutamente distanciado de él. Advertí que esa versión atroz y vende patria del riojano era lo que iban a terminar reivindicando los gorilas —recordemos su abrazo con el almirante Rojas, de triste memoria para los peronistas—, y esa minoría que se siente superior cuando tan solo son personajes inseguros y mediocres que se imaginan “colonos” y requieren de un “colonizado” humillado y dependiente.
Flavio Bolsonaro, el candidato de Brasil no es una casualidad, y menos aún lo es su despreciable padre: representan a un sector clave de nuestra dañada y disminuida sociedad latinoamericana. Durante el mandato de Perón del 73, necesitábamos un grupo económico productivo que en su momento fue Bunge & Born, el Grupo Techint, o tantos otros; después de Martínez de Hoz y Carlos Menem, las reuniones de empresarios se tornaron mayoritariamente extranjeras. Se estaba regalando el país.
La dependencia que implican los absurdos royalties que pagamos en asuntos que podríamos desarrollar como propios y con creces, la decadencia que implica dejar los almacenes en manos de un supuesto inversor extranjero que nos quita hasta la simple ganancia de una gaseosa, los bares en cadena con nombres en inglés que se multiplican, toda esa depresión que nos genera el sueño colonial de aquellos que planean reunir los capitales e ir a vivir a otros países, que asumen a la Argentina como un lugar de paso para enriquecerse, y tienen un espacio lejano para disfrutar de esas riquezas. Esto es lo que estamos viviendo.
Ser Gorila es ser el que se siente superior. En rigor, al intentar ese acto abominable, está demostrando la inseguridad que lo marca. Uno de sus temas favoritos es la corrupción de la que esta supuesta anti casta liderada por Milei y su grupo de aduladores de cualquier pelo, color, cargo o profesión, vendría a rescatarnos. Yo fui diputado en el ’73 de un Parlamento donde ni siquiera teníamos secretarios privados o empleados, y no recuerdo haber escuchado acusación alguna de corrupción, perversión que nace después de la masacre, del genocidio, de la matanza, porque después de un sistema asesino, robar se transforma en un simple detalle.
Somos una sociedad fracturada, y más que entre ricos y pobres, la división se da entre enriquecidos improductivos y humildes trabajadores esforzados. No tiene el mismo valor la riqueza generada produciendo bienes que la de quienes la obtuvieron apropiándose de las estructuras productivas de la sociedad.
Henry Ford se enriquecía enriqueciendo mientras que los que se apropian del Estado lo hacen empobreciendo a los demás. Esta diferencia es esencial porque la burguesía nacional, lo productivo defiende la identidad de la nación donde habita, mientras que los improductivos, incluidos los sectores bancarios, no echan raíces en ninguna parte del mundo. En Estados Unidos, Henry Ford fue más importante que Rockefeller, de lo contrario, jamás hubieran llegado a ser un gran país. Entre nosotros, el momento en que se decidió su destrucción a manos de las financieras y los bancos definió una degradación sin límites de la sociedad.
En síntesis, para ser Gorila, no se necesita ser antiperonista. Hay demasiados individuos que se dicen “peronistas” y son absolutamente Gorilas. No quiero dar nombres, sus actitudes están a la vista y delatan su posición. Por el contrario, el patriotismo se basa en la igualdad, y la igualdad es esencial a una nación, a una comunidad, a una política. Sobre la fractura, nada digno se puede construir.

Y el deseo de muchos ricos y poderosos de que los pobres sigan votando a este gobierno atroz cuyo ministro de Economía Luis “Toto” Caputo les dice con inusitado cinismo que están ganando más, que pueden darse el lujo de ahorrar para comprarse un auto o una moto —contradiciendo curiosamente aquel bochornoso discurso de González Fraga en épocas de Macri de que no tenían derecho ni a un celular ni a un plasma, pero con la misma visión peyorativa— al tiempo que les quitan el sustento mínimo.
Esta perversión va a ser derrotada por cualquier otra alternativa, esperemos que sea de las mejores. Va a ser derrotada porque el empobrecido nunca vota a quien lo empobreció, y ese sueño gorila de convertir a los humildes en sumisos es un despreciable sueño imposible.
Nuestra patria tuvo a Yrigoyen, a Perón, a Frondizi, a Alfonsín, tuvo al Martín Fierro y al Facundo también, tuvo a FORJA, a pensadores e intérpretes de la realidad nacional, como Rodolfo Kusch, Raúl Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche, a poetas, como Borges, Marechal y Gelman, al tango con los suyos, como Manzi y Discepolo. Claro está, estos Gorilas desprecian la cultura y la ciencia; en cambio, admiran y se regodean en la vulgaridad y la grosería a la que las expresiones soeces de Milei, sus ministros, colaboradores de todo orden y trolls nos tienen acostumbrados. Sin embargo, nuestra Patria ya supo atravesar la dignidad, y de esa conciencia no se retorna.
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