Para un gobierno que no le encuentra la vuelta a la economía -y mucho menos a la micro- ni logra ordenarse internamente frente las revitalizadas internas, las recurrentes dosis de improvisación y los siempre presentes daños autoinfligidos por mala praxis, voracidad o exceso de confianza, cada vez cotiza más en alza el principal capital político de Milei tras la contundente y categórica victoria electoral de octubre: la crisis de la oposición en general y la atomización del PJ y la descomposición del kirchnerismo en particular.
Algo que si dudas explica el intento de revitalizar la narrativa tendiente a azuzar el fantasma de un kirchnerismo que lejos está hoy de constituir una amenaza seria para el proyecto libertario, como lo revela -entre otras cosas- la asombrosa impasibilidad y falta de resistencia eficaz ante una reforma laboral que no sólo entraña la modificación más profunda en el mundo del trabajo desde el retorno a la democracia sino que contó incluso con el apoyo de un puñado de mandatarios provinciales peronistas.
Es notable, en este contexto, la mutación desde la otrora rendidora narrativa anti-casta que interpelaba al conjunto de la dirigencia tradicional a la revitalizada estrategia de procurar subir al kirchnerismo al ring. Una estrategia a todas luces tan forzada como poco creíble, que no solo implica darle oxígeno artificial a un espacio agonizante sino que da cuentas también del reconocimiento de las propias limitaciones de un proyecto libertario que pretende volver a construir gobernabilidad e incluso poner en marcha el camino hacia la reelección a partir de ese antagonismo hoy evidentemente artificial.
Aunque invocando la amenaza kirchnerista un gobierno atravesado por internas y dificultades de gestión pueda encontrar un factor aglutinante para su propia tropa y galvanizador para su núcleo duro de votantes, difícilmente pueda sostenerse en el tiempo y desviar la atención de las urgencias de una economía que no arranca y que a los interrogantes ya acuciantes suma ahora la incertidumbre global del escenario bélico en medio oriente y el potencial cambio de prioridades de los Estados Unidos frente a esa nueva geopolítica.
Sin embargo, aún ante la manifiesta fortaleza de un oficialismo que ya no oculta sus pretensiones hegemónicas y visiones totalizantes, la puesta en escena de Milei ante la Asamblea Legislativa del pasado domingo 1 de marzo es una demostración cabal de esa estrategia revisitada y cada vez menos creíble.
Es que más allá de la previsible catarsis agresiva de un Presidente que no se privó de desplegar toda su verborragia pendenciera y revanchista frente a sus otrora rivales, nadie puede darle hoy crédito a la acusación presidencial: ni las que los sindica -junto a algunos empresarios y medios- como los responsables de maniobras desestabilizadoras ni los que los acusa de obstaculizar las reformas estructurales que impulsa el gobierno (algo a todas luces evidente frente al trámite de la reforma laboral)
Lo cierto es que apelando a la ya desgastada y cada vez menos creíble fórmula de invocar el “riesgo kuka” y asignarle a sus debilitados adversarios responsabilidades que es evidente que son más que nada propias en un contexto muy adverso en lo económico -cierre de empresas, destrucción de empleo, salarios planchados, estancamiento económico, inflación que resiste, etc.-, el Gobierno corre el riesgo de exponer aún más su manifiesta incapacidad para resolver las demandas y urgencias.
Así las cosas, un gobierno que carece de una oposición competitiva con capacidad real para enfrentarlo, recrear el show adversarial contra el kirchnerismo como recurso para ganar tiempo, consolidar su electorado y desviar la atención de responsabilidades propias.
Y aunque es cierto que, al menos por ahora, ante la profunda crisis del peronismo y la oposición en general Milei puede desplegar sus deseos hegemónicos casi sin resistencia política, si no resuelve los problemas que aquejan a la inmensa mayoría de los argentinos es muy probable que pueda surgir un gran armado opositor que trascienda incluso el atomizado espacio peronista -conteniendo al propio kirchnerismo- y confronte con el oficialismo desde una lógica polarizadora en torno a los trazos gruesos de dos modelos de país. Es allí donde se verá eventualmente la profundidad del cambio de época que Milei dice encarnar y, en particular, si realmente el proyecto libertario logró imponerse -más allá de la retórica- en esa tan mentada “batalla cultural” que propugna que muchos de los cambios hoy en curso son irreversibles.
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