
Se aproxima la fiesta del Carnaval, cuyo origen se remonta a las saturnales romanas. Era el tiempo donde, bajo el anonimato de las máscaras, el “caos primigenio” suspendía el orden social y las identidades se disolvían en el anonimato de la masa. Sin embargo, hoy vivimos un fenómeno curioso: tenemos carnaval sin Cuaresma. Nos falta el contrapeso necesario para reconocer la totalidad de nuestra condición.
Tras el ruido del carnaval, llega el Miércoles de Ceniza. Este día nos recuerda la fragilidad de nuestra humanidad: “Recuerda que eres polvo y al polvo volverás”. Frente a la soberbia del mundo moderno que pretende la eterna juventud y la omnipotencia, el hombre religioso encuentra aquí una pausa para la rectificación. Tenemos cosas de las que arrepentirnos; a diferencia de los soberbios que se creen perfectos, el espíritu humilde aprovecha esta oportunidad para corregir el rumbo.
La voz de la tradición: San León Magno
Ya en el siglo V, el Papa San León Magno enseñaba que estos tiempos no son simples ritos exteriores, sino ejercicios de libertad. En sus sermones, León destacaba:
“Lo que el cristiano debe hacer en todo tiempo, debe hacerlo ahora con más solicitud y con más devoción”.
Para él, la purificación del corazón es el objetivo. Insistía en que el ayuno de comida debe ir acompañado obligatoriamente por el ayuno de los vicios y la práctica de la caridad; de lo contrario, la abstinencia es una cáscara vacía sin alma.
El ayuno: un puente entre tradiciones
Este año, la providencia marca una coincidencia excepcional: el inicio de la Cuaresma cristiana coincide con el comienzo del Ramadán, el mes sagrado del Islam.
Para la tradición islámica, el ayuno (Sawm) es un pilar fundamental. No es solo abstinencia de comida o bebida desde el alba hasta el ocaso; es un ejercicio de autodominio y empatía. Al sentir el rigor del hambre, el creyente se conecta con el sufrimiento del necesitado. Es un tiempo de purificación frente a las distracciones del mundo.
En las grandes tradiciones religiosas, el ayuno hoy cobra un sentido renovado:
- Vaciamiento y ayuno digital: Dejar espacio físico y mental para que lo divino nos habite. Quizás hoy sea más urgente ayunar del teléfono móvil y de la hiperconexión que de la comida. Silenciar las notificaciones para escuchar la propia conciencia y recuperar el tiempo del “cara a cara” con el hermano.
- Solidaridad: Lo que se ahorra al no comer —o el tiempo que se gana al soltar la pantalla— debe entregarse a quien nos necesita.
- Dominio propio: Recordarnos que somos dueños de nuestras pulsiones y no esclavos de un algoritmo o de deseos inmediatos.
El abismo y la conversión
Como nos mostró Dostoievski en Crimen y Castigo, el hombre que se cree por encima de la ley moral —el “superhombre” Raskolnikov— termina enfrentándose al vacío de su propia conciencia. Solo encuentra la redención cuando abraza la humildad. Todos tenemos un lado oscuro, y solo quien se enfrenta al abismo de su pobreza puede reconocerlo.
La coincidencia de estas fechas nos invita a salir de la indiferencia. Ya sea a través del desierto cuaresmal o del mes de Ramadán, el llamado es el mismo: una conversión interior. Es el momento de quitarse la máscara del carnaval para descubrir el rostro humano que se esconde detrás.
Revisar nuestro propio camino será siempre, sin importar la tradición que profesemos, la mejor oportunidad para crecer personal y comunitariamente.
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