
Escribir sobre Chacabuco es contar una historia que empieza cargada de gloria en las rocas de la Cordillera y termina fundida en los bronces y en los aceros de la victoria. Los integrantes del Ejército de Los Andes, tras 20 días de marcha por las sendas montañosas, con frío, viento y muchas limitaciones, se reencontraron en San Felipe de Aconcagua, Chile.
Imaginemos las columnas que se han despedido en el campamento del Plumerillo, allá en Mendoza, con rumbo a lo incierto. Imaginemos a esos hombres cansados, fatigados, sin tener clara su ubicación y siguiendo kilómetros de filas de soldados y ganado, serpenteando por los cerros, por momentos nevados.
Infantes libertos de color, soportando las inclemencias del clima, cazadores de la Escolta del Comandante, granaderos a caballo, artilleros de distintos escalones del cruce, se confundían en un abrazo desde las mismas mulas. Emponchados, abrigados con pieles hasta en los pies… pero vivos.
Todos reflexionan con orgullo y entereza que ya están en Chile para llevar adelante el plan del general San Martín. Todos sienten plena confianza en que si él ha planificado esta hazaña, él mismo los conducirá a la victoria.
El mariscal español Casimiro Marcó del Pont, a cargo de la defensa real de Chile, ha caído en la trampa. Empieza a recibir mensajes de puntos distantes donde los insurgentes han cruzado combatiendo y ya se encuentran en el territorio real. Todos llegan en forma simultánea y el Estado Mayor realista es un caos.
El Teniente Coronel chileno Ramón Freyre ha conquistado Talca en el sur, el Teniente Coronel Juan Carlos Cabot, se ha pertrechado en La Serena, más al norte. En el macizo central, los partes llegan de Potrerillos y Guardia Vieja, de Achupallas y las Coimas, todos cargados de una sobredosis de temor. Ninguna especifica claramente por dónde está cruzando el grueso del ejército rebelde. Se entrecruzan acusaciones y, finalmente, Marcó del Pont remueve al coronel Miguel María de Atero del cargo de comandante y nombra al brigadier Rafael Maroto para que asuma la defensa del norte de Santiago.
Para el general José de San Martín, la pesada carga en su conciencia por los peligros del cruce va desapareciendo. Al contrario de Marcó del Pont, todo se va sucediendo tal cual lo planeado, y esto es un orgullo y una satisfacción que lo acompañará hasta la muerte.
Las noticias para los independentistas tampoco son todas halagüeñas: el estado del ganado es realmente preocupante; sobre 10.000 mulas de silla y carga, solo quedan 4.300; y de los 1.600 caballos del ejército, solo se disponía de 400.
El campamento patriota es una ciudad efervescente entre los cerros. El martilleo de fierros, el olor y el humo de los carbones al rojo vivo, se mezcla con los vientos fríos del Pacífico. Se sigue herrando a toda hora, se vuelven a afilar los sables y las bayonetas. La artillería de campaña, aún no llega: vienen con bueyes y otro ganado. Se cocina ya con la ayuda de lo embalado y de los lugareños patriotas chilenos, que nunca han visto que acampen casi 3.600 hombres en sus pagos para poner fin al yugo del rey español.
La seguridad y el sigilo para mantener oculto a todo un ejército ha obligado a posicionar puestos más adelantados y bien comunicados para seguir manteniendo la sorpresa.

El 12 de febrero de 1817, se libra la batalla de Chacabuco. Es una victoria arrolladora de las armas patriotas. Los batallones 7 y 8, junto a los tres primeros escuadrones de granaderos montados, se lucen en repetidos ataques encabezados por el brigadier O´Higgins. El mismo San Martín, desenvainando su corvo para combatir por segunda vez en la América del Sur, arremete contra el batallón real de San Carlos de Chiloé. Lo escoltan más oficiales y la bandera de Los Andes.
Instantes después, las defensas reales emergen de sus posiciones como hormigas desesperadas. Los persiguen las bayonetas del Batallón de Cazadores Nro 1 y los sables del 4to escuadrón y de la Escolta del capitán Mariano Necochea, quienes han ingresado por el camino de la Cuesta Nueva, no previsto por Maroto. Es la División del general Miguel Soler, que está completando la maniobra envolvente.
Cerca de las 13, los realistas forman un cuadro, próximo a la hacienda (de Chacabuco): es el capítulo final.
Las pérdidas patriotas fueron de 132 muertos y 174 heridos. Los realistas sufrieron 600 muertos y 550 prisioneros (32 oficiales, todos los Jefes), alcanzando a huir el Brigadier Maroto y el Teniente Coronel Quintanilla. Se capturó todo el parque, 2.000 fusiles y la bandera del Batallón Veterano de San Carlos de Chiloé. 500 hombres huyeron dispersos rumbo a Santiago y cerca de 1.000 a Valparaíso.
La victoria obtenida en la batalla de Chacabuco fue el merecido premio para el General San Martín y para sus hombres, los soldados del Ejército de Los Andes. Luego de largos meses preparándose para un esfuerzo supremo como era el de cruzar la Cordillera de Los Andes, la empresa era coronada con el éxito militar.
Los exigentes pedidos de material y personal solicitados (y algunas veces exigidos) al Directorio demostraron que habían sido excelentemente instrumentados y los esfuerzos demandados al pueblo mendocino y cuyano para sostener al ejército de Los Andes no habían sido en vano.
A partir del éxito de Chacabuco, la confianza y amistad tejida entre San Martín y O´Higgins se fue fortaleciendo cada vez más. A los patriotas trasandinos les permitió reivindicar su espíritu independentista y consolidar el liderazgo político de O´Higgins; y a San Martín, encontrar el apoyo de todo un pueblo a la causa libertadora.
La permanencia en la región en el tiempo permitió que un año después, el 12 de febrero de 1818, se declarara la Independencia de Chile del dominio del Reino de España.
La victoria de Chacabuco marcó el primer jalón para la reconquista de Chile, cuyo territorio constituirá la base de operaciones indispensable para proyectar la expedición libertadora al Perú. Tiempo después quedará conformado el Ejército Unido, integrado por el chileno y el de Los Andes: quedará sellada, así, la unión entre las dos naciones hermanas que llevarán la libertad al resto de la América del Sur.
La amistad y confianza entre los generales O´Higgins y San Martín perdurará muchos años más. Tenían la misma edad y llegaron al pedestal más alto de la gloria en sus patrias a los 44 años. La correspondencia de ambos cuenta cómo debieron afrontar circunstancias similares en el futuro, cuando los clarines y los cañones acallaron en el fragor de las batallas y la pasión, y la ambición de los hombres reemplazaron sus logros con ingratitud y olvido.
Hoy, a 209 años de la memorable victoria de Chacabuco, renovamos laureles de gloria al Libertador General José de San Martín y marchamos observándolo con orgullo y devoción como sus soldados del Ejército de Los Andes, transitando su legado por caminos seguros de paz, libertad, orden y futuro engrandecedor para estas tierras argentinas.
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