
El robo violento perpetrado en las casas de ancianos no es cosa nueva.
El 14 de agosto del 2003 mis padres fueron salvajemente atacados por una banda de forajidos, cuatro hombres y una mujer que, mediante artilugios, ingresaron a la casa. Mi padre, que el día anterior había salido de la unidad de terapia intensiva por sus problemas cardíacos estaba sentado en su sillón, descansando, cuando fue atacado por estos malvados. Una tremenda patada en la cabeza acabó con su vida. Mi madre, fue brutalmente golpeada. Los delincuentes buscaban dinero; seguramente tenían información sobre la venta reciente de un inmueble. Por supuesto que ese “botín” no estaba en la casa.
Los criminales huyeron con las manos vacías; mi padre había muerto en el acto y mi madre quedó en un estado de shock postraumático que fue mucho más duradero que la cicatrización de sus heridas físicas.
¿Por qué tanta violencia, si hubiera bastado con encerrarlos en el baño? Sospechaban que podían hacerse de una cifra importante, pero ¿cómo lo sabían?, ¿quién tenía ese dato?... Preguntas que quedaron sin respuesta.
Atacar al viejo con saña tiene alguna explicación: los mayores son más débiles, más lentos en sus movimientos. Tal vez exasperan la paciencia de los desalmados que los atacan y por eso los agreden con más saña.
Cuando un abuelo muere de esta manera violenta genera un cambio profundo en el entorno de su familia. Se vive como algo inmerecido. Nuestros mayores deberían morir dignamente, rodeados de afecto, respeto y cuidado. No puedo evitar preguntarme qué siente un anciano en esos terribles minutos. ¿Confusión, miedo, sensación de muerte inminente?

En esta tremenda seguidilla de casos de mayores asesinados en sus propias casas, vemos que éstas han dejado de ser los refugios inexpugnables donde nada malo debería sucederles; al contrario, se han convertido en trampas mortales. Los delincuentes lo saben. Frágiles, confundidos, tal vez en un desvarío fruto de telarañas de enfermedades propias de la vejez, son una presa fácil.
Además, cuentan con la IN-Justicia que más temprano que tarde los olvida en el laberinto de los tribunales. Y, como los “pobres viejitos eran mayores” y por ley biológica ya no les quedaba mucho por delante, ante esa fatalidad que los borró del mapa de la manera más cruel, con frecuencia sus deudos tiran la toalla y ya no persisten en el fallido intento de hacer justicia. El caso se invisibiliza y entra en el olvido. Una ecuación perfecta para los delincuentes.
Así como se está evaluando muy seriamente la disminución de la edad de los menores para la imputabilidad de sus delitos, ¿no habrá que endurecer las penas a quienes provoquen daños a los ancianos?
Por suerte muchos familiares de mayores que murieron tan canallescamente no cejan en el empeño de avanzar hasta las últimas consecuencias, es decir obtener la indispensable Justicia para curar las heridas. Lo prueba la gran cantidad de familias que Usina de Justicia acompaña en estos duros trances.

Después de más de dos décadas del hecho que le cambió el destino a mi familia, siguen apareciendo casos y más casos, todos bajo una modalidad casi calcada y a cual más sanguinario.
Según la Defensoría de la Tercera Edad se recibe un promedio de ocho consultas diarias por lesiones de distinto grado.
Sería muy bueno que se instrumenten campañas de alerta para la prevención de robos con fatales consecuencias. Promover maneras de desmantelar la” industria del chisme “, haciendo docencia. Dramatizaciones en los medios simulando situaciones cotidianas. Alentar a los ancianos y sus familias a ser muy discretos en cuanto a comentarios con extraños sobre cobranzas, ventas de propiedades y toda actividad que implique movimiento de dinero. Comentarios banales sobre situaciones individuales pueden ser captados por personas mal intencionadas que usan esa información para pergeñar sus actos delictivos. Alertarlos sobre estafas telefónicas. Si viven solos, munirlos de botones de pánico. Armar una red de vecinos que los cuide, si no hubiera otros responsables.

En fin, crear una malla de contención y concientización, de cuidados hacia los ancianos y sobre todo hacer que los cobardes delincuentes sepan que nuestros mayores no están abandonados por una sociedad abrumada por la inseguridad.
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