El siglo pasado, ayer, la sociedad argentina logró acordar sobre dos grandes hechos: el Nunca Más y la Reforma Constitucional de 1994. ¿Siguen vigentes? ¿Hay voluntad política y social para ello, o corren riesgo? Estamos atravesando un período con rasgos violentos, donde por momentos pesa más el adoctrinamiento de la fuerza que la palabra. Ejemplos: barras bravas (de hoy y ayer) socias de políticos matándose a mansalva por negocios con epicentro en el control de la droga; la imagen decapitada de Osvaldo Bayer ejecutada por una máquina de vialidad estatal; otro miércoles golpeando a los jubilados, reprimiendo, atropellando a ancianos ya maltratados por haberes que los hambrean y con palos que los hieren.
Lo que nos pasa como sociedad es producto de la confusión sobre qué es y cómo se vive en democracia. Giovanni Sartori, en Teoría de la Democracia, da a entender que la ofuscación viene de la confusión. Podríamos decir que hay confusión inducida, que encuentra terreno propicio ante el debilitamiento sistemático del aprendizaje educativo.
Los atropellos no son nuevos en Argentina. Se dan con aviesa intención de desvirtuar los hechos históricos desde hace décadas, hasta llegar a este hoy, donde el prestigioso informe elaborado por la Universidad de Gotemburgo (Suecia) ubica a la Argentina entre países en vías de autocratización. Y afirma que se retrocedió en cinco índices sobre calidad democrática a partir de este último gobierno.
Para salir de este pantano o ciénaga, a la sociedad le faltan líderes que inspiren. Hoy Argentina los adolece porque no hay dirigentes, sino dirigidos. Políticos que son conducidos por las encuestas, buscando a través de ellas ubicar sus decires y congraciarse para lograr el voto posibilitador de la pertenencia al poder de turno. Esto se ve cada vez más, principalmente en un año electoral.
Este último 24, el gobierno de Milei intentó con un video adueñarse del escenario con su tendencia. A casi medio siglo, no existe video que minimice la gravedad del autoritarismo, de un Estado que irrumpió ilegalmente interrumpiendo la democracia y que siguió al margen de la ley: los desaparecidos delatan su accionar.
Cree esta cronista que hay un desafío de cara al 50 aniversario del último golpe militar, y es llegar a los jóvenes que pueden dudar sobre aquel pasado y contarles cómo la quita de la libertad afectó a todos los argentinos. Los asesinados, desaparecidos, los bebés robados, los bienes apropiados. El miedo a pensar, a actuar, a decidir, a decir. Eso y mucho más fue la triste herencia que dejó aquella tragedia.
Raúl Alfonsín lo asumió con el Juicio a las Juntas. El mundo lo recuerda y lo admira por eso. Pero luego, por el zigzagueo y el oportunismo político, no se profundizó.
En una Argentina en la que, como dice Norma Morandini, “las palabras están muy connotadas, no quieren decir para todos lo mismo”, el trabajo a realizar es titánico, no solo para restañar las grietas hechas abismo, sino para jugar todo a la fuerza de la educación que nos lleve a mirar con valentía los hechos, separándolos de cualquier tironeo.
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