
El Gobierno se va apagando. Un periodo signado por los desaciertos, la negligencia y la degradación de la Argentina está llegando a su fin, dejando al país inmerso en una crisis política, económica y social de proporciones tal vez nunca vistas en la breve historia de nuestro país.
Las dimensiones de la catastrófica situación argentina son difíciles de describir: pobreza, desocupación, salarios en su peor nivel en décadas, aislados del mundo, con relaciones internacionales resquebrajadas, inflación por encima del 100% anual, un BCRA quebrado, un dólar sin techo y un nivel de deuda pública que será difícil que no termine en una nueva reestructuración o en otra cesación de pagos.
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Sin embargo a ningún gobierno le importa demasiado la herencia que a su retiro recibirá otro color político. No terminan de entender que detrás de cada error, de cada acto de corrupción, de cada punto de inflación, de cada dólar adicional de deuda, de cada desocupado y de cada paso que damos alejándonos del mundo, hay argentinos que cada vez están más hundidos en la pobreza y la falta de futuro.
Por delante los desafíos son enormes. Los dos puntos más críticos en lo que viene se centran en dos pilares fundamentales que se han desgastado hasta un límite inimaginable: la educación y la inversión privada. No hay país que pueda crecer sostenidamente y sacar gente de la pobreza si no es con un alto nivel educativo. El nivel de nuestra educación se ha destruido, la calidad en el conocimiento escasea y probablemente los chicos de hoy (quiénes solo terminan en tiempo y forma el colegio secundario apenas el 18% y muchos de los cuales no comprenden textos ni tienen un nivel de matemáticas apto) no estén listos para enfrentar el mundo que viene. El mayor nivel de pobreza más crítico se encuentra en los chicos de hasta 14 años: aquí la pobreza se ubica holgadamente por encima del 50%, chicos estos que no se los está alimentando como corresponde, por lo que tampoco se los está educando apropiadamente. Estos son aquellas personas que en algunos años tendrán en sus manos la responsabilidad de ser los que lleven adelante la Argentina. A esos imprescindibles hoy no los estamos educando.
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Además de educar debemos dejar la hostilidad de lado con el sector privado: décadas de gobiernos erráticos nos han convertido en una jungla fiscal, burocrática y sindical. Nadie invertirá (generando así empleo y riqueza) en un país donde es difícil ganar dinero (y si se logra es difícil hacerse de la ganancia), donde no se puede proyectar a mediano y largo plazo entre otras razones por los niveles de inflación y el cambio permanente en las reglas de juego, donde los sindicatos bloquean plantas sin tener consecuencias por ello, donde el comercio exterior se encuentra paralizado, donde la política parece vivir una crisis crónica grave y donde los impuestos y las regulaciones transforman cualquier negocio en inviable. El sentido común indica que las trabas para el crecimiento hay que erradicarlas de manera urgente, sin más.
Luego deberemos enfrentar nuestros la históricos problemas estructurales (que para tal fin los políticos parecen no tener nada que ofrecer): necesitaos una reforma monetaria que nos devuelva una moneda con la que podamos vivir en una economía normal, una reforma judicial que permita que todos los delincuentes paguen sus penas y terminar con los asesinatos en cualquier esquina, una reforma tributaria que termine con el delirio impositivo ejecutado por el Estado (quién no nos da a cambio nada que no sea más que pobreza y subdesarrollo) y todo lo que haga falta para anclar expectativas sobre la base de que querer ser de una vez por todas una país normal e integrado al mundo.
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Los argentinos recibimos una “pesada herencia” cada cuatro años y siempre resulta ser una carga que apaga nuestro futuro. Alguna vez Argentina debe lograr que cada vez que termine un mandato la sociedad pueda percibir que hemos dado un paso hacia adelante, y no varios para atrás.
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