
Saber elegir conlleva un sí y un no. Un sí a lo que creo que va a contribuir positivamente en mi vida y de lo cual voy a ser responsable por la decisión tomada, y un no, como forma de establecer un límite, resguardando nuestra confianza y nuestro espacio frente al resto, respetando nuestras propias necesidades, que es la única manera en que podemos respetar las necesidades de los otros.
Si bien no controlamos nada, una buena elección puede acotar el margen de error que presupone elegir sin tener plena conciencia de lo que quiero para mí y para el entorno que me rodea, asumiendo los riesgos para modificar ese estado que no me gusta.
No es fácil responsabilizarse del rechazo de lo que no queremos. Nos seduce más encontrar al destino u a otros como los culpables de nuestra vida y lo que resulta de ella. La vida que estamos viviendo es una elección nuestra.
Es más fácil sumarse al inconsciente colectivo de pensar que algún padre o madre gigante hará lo que no hacemos, porque lo que se tiene que transformar es muy profundo. Pero como decía Madre Teresa de Calcuta: “A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara esa gota”.
Perseverar en el paso a paso confiando en que las grandes transformaciones no son ni mágicas ni inmediatas conllevan esfuerzo, permanencia y decisión. Los preconceptos que tenemos son las que le dan cuerpo a nuestros límites y lamentablemente muchas de estas preconceptos solo existen en nuestra mente y no forman parte de la realidad.
A cada uno le toca su parte en su metro cuadrado, fortaleciendo la riqueza de trabajar en lo suyo con un objetivo en común que es el de mejorar nuestra existencia en el orden personal y social. La vida está llena de subidas y bajadas, no es un camino recto, nos enfrenta a la incertidumbre de no saber cómo seguir en muchas ocasiones y esto nos hace sentir vulnerables, pero nos provoca a pensar más y mejor.
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