
La inesperada catarata de críticas lanzadas por Elisa “Lilita” Carrió a varios de los principales referentes del espacio de Juntos por el Cambio, que ella misma integra, conmovieron los cimientos de la principal coalición opositora, abriendo serios interrogantes ya no sólo sobre cómo se procesarán las cada vez más evidentes diferencias internas sino sobre la propia la integridad del espacio de cara al proceso electoral del próximo año.
Ni el observador más desprevenido de la realidad argentina puede caracterizar la actitud de Carrió como sorpresiva, ya que la ex dirigente radical y fundadora del ARI y hoy al frente de la Coalición Cívica, tiene un largo historial como protagonista de ataques del tipo “fuego amigo”, e incluso de resonantes rupturas de espacios que ella misma había coadyuvado a crear. Sin embargo, lo que si llamó la atención entre propios y extraños fue el timing con que la siempre imprevisible dirigente lanzó una verdadera “bomba de racimo”: una bomba que dispersa diversos dispositivos generando deflagraciones que no afectan un solo objetivo sino que provocan un daño en un área mucho mayor.
Así entre los afectados por el ataque se encuentran no sólo dirigentes del PRO que integran diversas corrientes internas y la conducción del radicalismo, sino el propio oficialismo, en la figura del flamante “superministro” Sergio Massa y su entorno más cercano. Los atacados son, entonces varios, aunque las consecuencias y reacciones en cada espacio sean sustancialmente diferentes.
Descartada la hipótesis de que las declaraciones de Carrió hayan sido una suerte de catarsis improvisada, cabe preguntarse entonces: ¿qué hay detrás de las gravísimas acusaciones lanzadas? Y, en particular, ¿qué estrategia persigue la fundadora de la Coalición Cívica con esta actitud?.
La propia Carrió y la grey que la acompaña como si se tratase de un pastor con báculo, defendieron la operación como una suerte de estrategia preventiva tendiente a evitar posible acercamientos o acuerdos entre sectores de Juntos por el Cambio y Sergio Massa. En un espacio en el que todavía no habían cicatrizado las heridas del encontronazo protagonizado por Macri y Morales por el supuesto diálogo del jujeño con el por entonces presidente de la Cámara de Diputados en ocasión de debatirse el acuerdo con el FMI y los nombramientos en el Consejo de la Magistratura, el tema vuelve a aflorar en un contexto sustancialmente diferente: ahora Massa está virtualmente al frente del gobierno y, es sabido, que más temprano que tarde buscará acordar con empresarios, sindicatos y opositores los lineamientos de un plan para enfrentar la crisis.
Si esta fuera la razón del ataque, llama la atención la virulencia de las críticas, que superan por mucho las típicas diatribas y chicanas propias del mundo de la política. Las acusaciones son de tal magnitud que podrían propiciar incluso la intervención de oficio de un fiscal, además de que -en algunos casos- avanzan sobre aspectos de la vida privada de algunos referentes del espacio. Además, como si faltara algún agravante, se trata en varios casos de aliados a los que ella misma apoyó explícitamente en las últimas elecciones legislativas nacionales apenas unos pocos meses atrás. Ello explica, en gran medida, las contundentes reacciones no sólo de los aludidos por Carrió sino de varios dirigentes destacados del espacio. También pone en el foco de atención a Macri, cuyo silencio fue interpretado por muchos como un aval a las declaraciones, lo que potencia los viejos rencores y desconfianzas, sobre todo con los radicales y los peronistas PRO.

Por cierto, tampoco faltan los optimistas que buscan bajarle decibeles a estas disputas crecientes, y que, en este caso, atribuyen las declaraciones a una estrategia anticipada de Carrió para condicionar a sus aliados en el armado de listas y definición de candidaturas. Por el tenor de las denuncias, esta lectura pareciera, como mínimo, un tanto ingenua.
Tampoco están quienes no descartan que Lilita intenté precipitar lo que algunos adeptos a las roscas y conspiraciones entienden como la posibilidad de una alianza de un sector que hoy está en Juntos por el Cambio con el “panperonismo”, al que llegarían vía Schiaretti y Urtubey. Bajo este supuesto, que en algún momento el propio Macri se encargó de abonar, el radicalismo tendría una vocación rupturista y, en caso de no lograr liderar la oferta electoral del espacio, buscaría “ir por afuera” junto a peronistas PRO y otros que, como el gobernador cordobés, toman distancia del gobierno. No faltan incluso los que imaginan a Massa fogoneando esta rosca a fin de sumar volumen para su proyecto presidencial. Aunque pareciera hoy improbable, en este país ya se ha perdido la capacidad de asombro.
Así las cosas, si el ingreso de Massa al gobierno, en un golpe de timón que intenta ordenar políticamente al oficialismo para poder encarar las necesarias medidas económicas que demanda la crisis con mayor efectividad, ya había sumido a Juntos por el Cambio en un profundo desconcierto, estos hechos dejarán secuelas muy difíciles de superar. Por lo pronto, una de las primeras consecuencias es la suspensión del encuentro de la Mesa Nacional que estaba prevista para el martes próximo, con un espacio que se encuentra en una suerte de estado deliberativo con reuniones públicas y privadas que intentan ordenar el descalabro.
El Gobierno no debería apurarse a celebrar el patético espectáculo opositor. Si bien es cierto que la movida de Carrió y el desplazamiento que produce en la agenda pública le termina concediendo a Massa valioso tiempo, en el mediano plazo conspira contra cualquier diálogo con la oposición. Después de lo que se dijo, ¿quién pagará en Juntos por el Cambio el costo político de sentarse en una mesa con Massa?
Más allá de las consecuencias de lo ocurrido en una coalición opositora que ya venía mostrando dificultades importantes para dirimir los liderazgos y construir una alternativa potente no sólo en términos electorales sino también de cara a un potencial gobierno, lo cierto es que estamos ante una nueva y trágica evidencia de la decadencia de la dirigencia política argentina. Una dirigencia que continúa peligrosamente procrastinando mientras el país camina por el filo de un profundo abismo, y en dónde crece un malhumor social ante la falta de respuestas a las demandas más urgentes de amplios sectores de la población que podría muy pronto convertirse en indignación.
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