
Se conocieron finalmente los datos de inflación correspondientes a febrero de 2022. Los números hablan por sí solos: 4,7% de inflación en el mes, la más alta desde marzo de 2021 donde la misma se había posicionado en el 4,8%.
Los datos son abrumadores y por demás preocupantes. El incremento de precios en alimentos durante febrero fue de 7,5%. Esto implica que quienes más sufrieron la violenta inflación fueron aquellos que más necesidades tienen ya que son ellos los que destinan todo su ingreso exclusivamente a la compra de alimentos. Incluso en el Gran Buenos Aires la inflación en alimentos fue mucho más desoladora: 8,6%. Esta vez perdimos todos, pero quienes se llevaron la peor parte son aquellos que viven debajo de la línea de pobreza. Estos datos dan cuenta cada vez es menos gente la que logra llevar un plato de comida a su mesa todos los días.
Los datos no sorprenden absolutamente a nadie. Cuando los diagnósticos son equivocados, ningún tratamiento da resultado. El gobierno siempre asignó la total responsabilidad de la escalada inflacionaria a los empresarios y comerciantes sin entender cuál es la verdadera causa de la disparada de precios. La brutal emisión monetaria sin control ni culpa ha destruido el valor de la moneda a tal punto que Venezuela sufrió durante el mismo mes una inflación de 2,9%, un valor elevado pero sensiblemente menor al de nuestro país. Incluso la inflación venezolana acumulada en 2022 es menor a la argentina: en Venezuela la inflación acumulada es del 6,6% y en Argentina, del 8,8%. Los números son tristemente elocuentes.
El Presidente Alberto Fernández no entiende bien que es lo que ocurre a pesar de lo sencilla que resulta la explicación: hicieron todo lo que no había que hacer. Lo intentaron todo: probaron con controlar precios por decreto, subieron impuestos, cerrar exportaciones, endurecer el cepo cambiario y aumentar cuanta regulación pudieron para complicar la vida comercial de cada uno de los argentinos. Nada funcionó y nada va a funcionar simplemente porque las mismas recetas han fracasado a lo largo de la historia de la humanidad y no tienen por qué funcionar esta vez.
Las pruebas del fracaso son infinitas: la inflación durante el mandato de Alberto Fernández ha sido hasta aquí (después de apenas 27 meses de gobierno) del 123%: con Mauricio Macri fue del 76%, en el segundo mandato de Cristina Fernández de Kirchner fue de 75% y en el primero, de 52%.
La decadencia también se siente en las viejas promesas de campaña. Entre la “heladera llena” y “volver a encender las parrillas” el gobierno de Alberto Fernández nos deja desde su asunción en aquel 10 de diciembre de 2019 los siguientes valores: la vestimenta aumentó un 179%, los alimentos un 132%, la salud un 111% y la educación un 94%.
Esta vez estamos solos ante el abismo: Venezuela tiene mejores índices inflacionarios que nosotros. Cuando se repasa la región, en febrero la Argentina lideró el podio con su flamante 4,7% de inflación. Lo siguen: Venezuela con el 2,9%, Colombia con el 1,63%, Uruguay con el 1,47%, Paraguay con el 1,40%, Brasil con el 1,01%, Perú con el 0,31%, Chile con el 0,3%, Ecuador con el 0,20% y Bolivia con el 0,12%. El fracaso es total.
Lo más peligroso no es lo que pasó hasta aquí sino más bien lo que está por venir hacia adelante. El gobierno por cuestiones que resultan difíciles de comprender piensa que al paciente se lo cura inyectándole veneno: seguramente la receta incluya más controles, más regulaciones y más intervención en la economía. Ya lo el primer mandatario: “La culpa es de los especuladores”.
Fernández anunció que el viernes próximo comienza la guerra contra la inflación. Lo que no se ha dado cuenta el Presidente es que la guerra la ha perdido mucho antes de empezarla.
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