
En el medio de lo que parece un indetenible triunfo de la vulgaridad y de sus múltiples representantes a nivel mundial Japón nos ha obsequiado unas ceremonias de apertura y cierre de los Juegos Olímpicos que conjuran este flagelo. En ambos eventos reino la gracia, la elegancia y la bondad hacia los seres humanos y el planeta tierra.
Japón, en efecto, produjo dos eventos que discretamente le recordaron al mundo que es posible tener éxito siendo elegante, educado, sutil y con modales. Durante 4 horas vimos la tecnología que en Occidente se utiliza para mater, destruir y espiar la vida de los demás envuelta en una danza futurística que sin estridencias nos relato la historia de un planeta abusado que ha reaccionado de manera furiosa contra sus agresores. Luego nos recordó de manera sutil a las victimas caídas por la reacción del planeta para finalizar posicionando la llama olímpica como la luz de la esperanza, En síntesis, fue la puesta en escena magistral, elegante y hermosa del ancestral mito de Pandora y su caja de flagelos. En breve, las ceremonias retrataron el espíritu colectivo de una de las naciones mas valientes y exitosas del mundo.

Mientras las maravillosas imágenes danzaban en nuestras pantallas comenzamos a pensar en los atributos que han hecho de Japón una nación tan exitosa. Los siguientes se asomaron a nuestra mente. En primer lugar, el indomable espíritu Japonés. Se trata de una nación que ha desafiado la adversidad con un espíritu colectivo de unión y de certeza que las tragedias son efímeras y por tanto hay que enfrentarlas como diría Ruyard Kipling” como unas impostoras” para detener su fuerza destructora. Luego viene la disciplina. Cada ciudadano Japonés sabe cual es su papel dentro de ese tejido social que llamamos nación y por ello sostiene el estado derecho, mantiene limpios sus hogares y sus entornos y le dan la mano a los más débiles convencidos de que con ello facilitan el desarrollo de todos. Así vemos como en un subterráneo repleto de gente cuando ingresa un minusválido o un anciano muchas personas se ponen de pie para ceder sus puestos. También observamos elevadas tasas de membresía en ONGS que cuidan a los menos afortunados. Pero además los japoneses son puntuales. Saben que el único recurso no renovable es el tiempo y por ello lo cuidan con esmero. También saben que en el corazón de toda persona impuntual reside un ser autoritario que esta dispuesto a proteger su tiempo a costa del de los demás. Por tanto, en Japón los plazos de ejecución se cumplen, los proyectos se ejecutan y el país se desarrolla. Porque cada ciudadano siente que es capaz de mejorar su entorno y que con ello contribuye al avance del país.
Y para culminar con este inventario de atributos, los japoneses junto con los británicos (antes de Johnson) y los franceses son corteses. Son moderados al hablar, cooperadores y humildes. Por tanto, son un imán de simpatías que llama a cooperar con ellos en cualquier causa o proyecto. Porque, en el fondo representan la esperanza de que alguna vez se impondrá en este mundo de nuevo la elegancia de espíritu desterrando para siempre la vulgaridad, la violencia y el vicio que hoy reinan. Los japoneses nos acaban de recordar que, si en realidad el mundo desea ingresar en una etapa de verdadero desarrollo, tiene que enterrar el dios Ares el dios de la fealdad la guerra, y la vulgaridad para abrazar el dios Apolo que es el dios del sol, astro que está en el corazón de la bandera del Japón.
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