Juegos Olímpicos: la historia vuelve a empezar

La sede de los juegos actuales, Tokyo, nos hace revivir la tradición del pueblo griego, aunque con algunos cambios, agregando ceremonias y elementos que exaltan algún significado

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(EFE/EPA/JEAN-CHRISTOPHE BOTT/Archivo)
(EFE/EPA/JEAN-CHRISTOPHE BOTT/Archivo)

Según la tradición, los primeros Juegos Olímpicos se remontan al año 776 A.C. Comenzaron por iniciativa del rey Ifitos de Élida, después de que llegara a un acuerdo de paz con sus rivales, el rey de Esparta y el rey de Pisa, para garantizar la armonía durante el evento. El texto del tratado fue escrito en una piedra y guardado en el templo de Hera.

Estos Juegos, los más grandes de los cuatro festivales internacionales, se realizaban cada cuatro años, como en la actualidad, y eran celebrados en honor a Zeus en Olimpia. En cambio, los Juegos Píticos, en honor a Apolo y los Panatenaicos en honor a Atenea. Atletas y espectadores llegaban desde diferentes lugares para acudir a los juegos. Se enviaban mensajeros para anunciar la fecha exacta del evento por todas las villas y ciudades y realizaban una preselección de atletas por jueces locales. El torneo constituía un medio para estimular y desarrollar la areté humana (virtud, excelencia) y, a su vez, una digna ofrenda al Dios. Estaban destinados a poner a prueba no sólo una habilidad determinada, sino muchas, ya que se combinaban con certámenes musicales.

Las habituales pruebas eran una carrera de 200 metros, la gran carrera de 2,5 km, la carrera con coraza, el lanzamiento del disco y la jabalina, el salto en largo, la lucha, el boxeo y la carrera de carros. El gran acontecimiento era el pentatlón: carrera, salto, lanzamiento de disco y jabalina y lucha. El vencedor era considerado un verdadero hombre, un héroe y, como tal, recibía el homenaje de sus conciudadanos. El premio de la victoria era una rama de olivos, llamada “continus”. Con el tiempo, el olivo fue reemplazado por el laurel, costumbre que permaneció hasta 1960, año en que se introdujeron las medallas de oro, plata y bronce.

También al ganador le tributaban honores públicos, como comer el resto de sus días a cuenta del erario público. Incluso, se elevaban altares y se le encomendaba a un poeta que escribiera un himno coral en su honor.

Para los griegos la excelencia física, moral e intelectual, eran parte de un todo. Esta concepción, la de ver la totalidad, es la fuente de la cordura de este pueblo. Los niños, a partir de los siete años debían someterse a un cuidadoso adiestramiento físico, por ello era tan natural para la polis griega tener gimnasios, como teatros o barcos de guerra.

En un comienzo las mujeres no podían competir, ni siquiera ser espectadoras, estos eran privilegios de los hombres. En un primer momento, fue por pudor, para que no presencien los cuerpos desnudos de los competidores, luego se suprimió este requisito y pusieron acceder incluso como atletas. La primera participante fue Cinisca, hermana del rey Agelisao, quién ganó la carrera de carros.

Las Olimpíadas clásicas se celebraron ininterrumpidamente durante 1.172 años. Llegaron a su fin en el siglo IV de la era cristiana porque el emperador Teodisio lo consideraría una práctica pagana. El santuario de Olimpia fue saqueado y destruido más tarde por un terremoto.

Los Juegos se establecieron nuevamente en abril de 1896. Desde entonces, el número de participantes ha aumentado de 243 a 10.000, en el año 2000, llevados a cabo en Sídney.

La sede de los juegos actuales, Tokyo, nos hace revivir esta tradición del pueblo griego, aunque con algunos cambios, agregando ceremonias y elementos que exaltan algún significado: los aros, representando los cinco continentes, la antorcha, encendida por primera vez en Amsterdan en 1928, la Bandera y el Himno, para resaltar el espíritu de competencia entre los participantes. La Bandera Olímpica, la cual fue diseñada por el Barón Pierre Coubertin en 1913. Su lema es la frase: “Citius, Altius, Fourtius” -más rápido, más alto, más fuerte-. El aporte histórico fundamental fue su frase: “Lo más importante no es ganar, sino competir, así como en la vida no es el triunfo, sino la lucha. Lo esencial no es haber vencido, sino haber luchado bien”.