
El Gobierno nacional vuelve a situar al campo como su enemigo predilecto para profundizar una polarización que únicamente es rentable al kirchnerismo, pero profundamente dañina y perjudicial para el común de la sociedad.
Sin capacidad de reacción para combatir la suba generalizada en el precio de los alimentos, desempolvan ideas de antaño para intentar curar los mismos males, demostrando torpeza y desconocimiento o lo que es peor, evidenciando el ensañamiento con el adversario preferido: el sector agroindustrial.
La suspensión de las exportaciones de carne por 30 días es un manotazo intempestivo, que para el sector ganadero representa un verdadero golpe de nocaut y, pese a las estimaciones oficiales, no logrará que el precio del mercado interno empiece a decrecer. Lamentablemente, en pocas semanas esto continuará con la carne a un valor cada vez más inaccesible para los sectores más vulnerables.
También atenta contra la pérdida del stock bovino y la inevitable destrucción de puestos de trabajo. Asimismo, los mercados que hoy se pierdan por una decisión inconcebible, serán abastecidos por nuevos proveedores.
Otra vez sobrevuelan los fantasmas del pasado que pretendieron poner de rodillas al sector, tal como añoró un ex presidente de la Nación. Cabe recordar que entre 2006 y 2011 –con la aparición del ROE y el encubierto permiso de exportación– el precio de la carne se disparó y más de un centenar de frigoríficos se vieron obligados a bajar sus persianas, dejando a miles de operarios en la calle. El lomo a $90 que había prometido el entonces secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, nunca llegó a ese valor y la carne jamás bajó. Por el contrario, aumentó entonces un 300% en el mostrador.
Aquella decisión trajo aparejada otra triste estadística. De ser el tercer país exportador de carne, Argentina pasó a ocupar el puesto 24°. Se perdieron mercados internacionales que demandaron mucho tiempo y una ardua tarea volver a conquistar.
Una medida como la anunciada por el Gobierno nacional con absoluta desprolijidad, desalienta la inversión e impacta sensiblemente en la capacidad para generar confianza en el mundo, dado que ni siquiera se están cumpliendo con los acuerdos y compromisos.
La vía para promover el crecimiento y el despegue definitivo del país, en las antípodas de lo que ha elegido el presidente Alberto Fernández, es indudablemente con más y mejor empleo, con incentivos para la producción y una política decidida no sólo a abastecer al mercado interno, sino también al externo, reconociendo la labor de aquellos hombres y mujeres que trabajan incansablemente sobre nuestro suelo y se resisten a darse por vencidos.
Contextualizar los mercados nacional e internacional de carne es lo primero que debe hacerse. Exportamos un 30% y el resto es para consumo interno. Del total exportado, el 70% tiene como destino el mercado chino. La carne que enviamos es carne de conserva, vacas viejas y toros, cortes que, por las exigencias de calidad del paladar argentino, aquí jamás consumiríamos.
La solución es promover la producción y controlar la inflación, que está devaluando el peso y pulverizando los salarios de la gente –aumentan los comestibles, las frutas y la verduras, los combustibles, la vestimenta, etc.–, alentar la inversión y evitar este tipo de medidas que modifican las reglas de juego y sólo generan más desconfianza.
Para tal fin será necesario que de una vez por todas se definan prioridades de gestión. De lo contrario, si sigue imperando la voluntad y el discurso de barricada de un sector del oficialismo, continuaremos sumergidos en una profunda crisis donde se buscarán otros enemigos para encontrar nuevos culpables y así ocultar la propia incapacidad de gestionar y resolver los verdaderos problemas de los argentinos.
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