El origen de los ‘Perros Guía al Mictlán’: qué razas acompañaban el viaje de los muertos antes del Xoloitzcuintle

El perro pelón no fue el único acompañante ritual de las almas: el tlalchichi, el techichi y el itzcuintli compartieron esa función funeraria en distintas culturas y períodos prehispánicos de México

Perro xoloitzcuintle bajo un cielo estrellado junto a un círculo con dos figuras de cerámica, un grabado y la palabra tlalchichi.
Un ejemplar de xoloitzcuintle aparece frente a un cielo estrellado junto a un recuadro que reúne representaciones cerámicas e ilustraciones del tlalchichi. (Imagen Ilustrativa Infobae)
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El Xoloitzcuintle se convirtió en el símbolo más reconocido del perro que guiaba a los muertos hacia el Mictlán, el inframundo mexica. Sin embargo, fuentes históricas y hallazgos arqueológicos muestran que esa función ritual no era exclusiva de una sola raza.

Antes de que esta creencia se concentrara en el perro pelón, al menos otras tres variedades caninas (el itzcuintli, el tlalchichi y el techichi) cumplieron o compartieron ese papel de acompañante del alma en distintas culturas y períodos de Mesoamérica.

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La creencia del viaje al inframundo

Infografía con textos e ilustraciones de cinco variedades de perros sobre fondo blanco y un símbolo prehispánico de color rojo
Una lámina ilustrada por Jesús Contreras Campero describe las características de cinco variedades de perros reconocidas en el México prehispánico. ( Ilustración de Jesús Contreras Campero/)

Según relató el fraile Bernardino de Sahagún en su Historia General de las Cosas de Nueva España, cuando una persona moría de forma natural, su alma debía emprender una travesía hasta presentarse ante Mictlantecuhtli, el dios de la muerte.

En ese trayecto, el difunto llegaba al río Chiconahuapan (“lugar de nueve corrientes de agua”), también conocido como Itzcuintlán. Ahí, según la leyenda, veía del otro lado perros de diversos colores y les pedía ayuda para cruzar.

Los perros blancos respondían que no podían porque estaban limpios y no querían ensuciarse. Los negros alegaban que ya estaban sucios y no querían contaminar el agua. Solo los perros de color bermejo se ofrecían para cargar al alma sobre su lomo y llevarla al otro lado.

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Por esa razón, dentro de los ritos mortuorios mexicas se sacrificaba al perro bermejo que había sido mascota del difunto, para incinerarlo junto a él. Sahagún lo documentó así: “los difuntos nadaban encima del perrillo cuando pasaban un río del infierno que se nombra Chiconahuapan”.

Tres razas, una misma función ritual

Infografía con textos informativos, figuras prehispánicas de cerámica y fotografías de perros sobre un fondo beige con logotipos institucionales
Una infografía del Gobierno del Estado de México describe las características y la historia del perro prehispánico tlalchichi con base en datos del Instituto Nacional de Antropología e Historia. (Gobierno del Estado de México/Instagram)

Durante mucho tiempo se asumió que todo perro hallado en tumbas prehispánicas era un Xoloitzcuintle, por tratarse de la raza más reconocida como genuinamente mexicana. Las primeras investigaciones arqueológicas carecían de información suficiente para distinguir entre variedades, y esa simplificación quedó instalada como creencia popular.

Las fuentes de Sahagún y del naturalista Francisco Hernández, enviado por la corona española a catalogar la naturaleza de la Nueva España, permiten identificar al menos dos variedades principales de perros lampiños y de pelo corto que convivían en el territorio mexica.

Por un lado estaban los xoloitzcuintlis, de mayor tamaño, a los que Sahagún también llamó teuiho teuitzol. Por otro, los techichis (nombrados así por Hernández) o tlalchichis (según Sahagún), de menor tamaño y patas cortas, que los cronistas consideraban probablemente de la misma raza.

Sahagún describió con detalle la variedad de perros de la región: “Los perros de esta tierra tienen cuatro nombres: llámanse chichi, y itzcuintli, también xochiocóyotl, y también tetlamin y también teúitzotl: son de diversos colores, hay unos negros, otros blancos, otros cenicientos, otros buros, otros castaños oscuros”.

El tlalchichi, descrito como “bajuelo, redoncho” y “muy bueno de comer”, era la raza más procurada por su sabor, al punto de confundirse habitualmente con el Xoloitzcuintle. Esta variedad, originaria del occidente de México, quedó ampliamente representada en las figuras de cerámica conocidas como “perros de Colima”.

La raza a la que pertenece la perra estuvo al borde de la extinción hace unas décadas
La raza a la que pertenece la perra estuvo al borde de la extinción hace unas décadas. Crédito: @thepaintedxola

Hallazgos arqueológicos en Tula

La evidencia que permitió distinguir entre estas razas llegó varias décadas después de las primeras hipótesis. Durante la década de los 80, en una sepultura ubicada en Tula, Hidalgo, se descubrieron los restos de aproximadamente 30 canes, entre adultos y crías.

En ese hallazgo se identificaron tres tipos distintos: el xoloitzcuintle, el tlalchichi (llamado “perrito de piso” por sus patas cortas y cabeza robusta) y perros de características comunes, sin rasgos de raza definida.

Estudios posteriores han documentado entierros humanos acompañados de restos caninos de entre 2.200 y 2.300 años de antigüedad, lo que extiende la práctica ritual mucho más atrás de la época mexica propiamente dicha.

El techichi, un antecesor independiente

(Imagen Ilustrativa Infobae)
En la imagen se observa una excavación arqueológica donde han sido hallados los esqueletos completos de un humano y un perro, dispuestos uno al lado del otro en una tumba antigua. Alrededor de la fosa se encuentran diversas herramientas de arqueología, como brochas, paletas y tamices, utilizadas para la delicada labor de recuperación de los restos. Este hallazgo sugiere una estrecha relación entre ambos seres y aporta valiosa información sobre los rituales funerarios y la convivencia entre seres (Imagen Ilustrativa Infobae)

Entre las razas vinculadas a esta tradición funeraria aparece también el techichi, asociado en primer término a la cultura tolteca, que lo mantuvo como compañero espiritual antes de que el pueblo mexica dominara el centro de México.

Esta variedad era de mayor tamaño que el chihuahueño actual, pero con el tiempo fue criada hacia un ejemplar más pequeño y ligero. Su existencia quedó registrada en numerosas figuras de arcilla y barro de la época, que muestran un perro de cuerpo robusto y cola sin cortar.

Tras la conquista española, la población de techichis se redujo de forma drástica. El naturalista Francisco Hernández, quien reportó su existencia en 1578, escribió que los pueblos indígenas los consumían con la misma frecuencia con la que los europeos comían conejos. Los propios conquistadores, en situaciones de escasez de alimento, también los consumieron durante sus expediciones.

Pequeñas poblaciones de esta raza lograron sobrevivir en comunidades rurales, particularmente en el actual estado de Chihuahua, de donde tomó su nombre la raza moderna que hoy se considera su descendiente directo.

Otras variedades registradas por los cronistas

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Mamífero asociado a climas templados, crucial en mitologías y esculturas prehispánicas. Crédito: Museo Nacional de Antropología

Sahagún también mencionó la existencia del xochiocóyotl, el tetlamin y el teúitzotl como nombres adicionales usados para distintos tipos de perros de la región, de colores y tamaños variados, descritos como mansos, domésticos y fieles a sus dueños.

Entre las variedades identificadas en el territorio mexicano antes y durante la Conquista figura además el llamado perro maya o de nariz corta, de rostro achatado y cuerpo mediolíneo, con una longitud de entre 55 y 57 centímetros, según registros recogidos sobre razas caninas prehispánicas hoy extintas.

El propio Xoloitzcuintle, según describió Sahagún, no nacía sin pelo de forma natural en todos los casos: en algunos poblados, como Teutlixco y Toztlan, se untaba a las crías con una resina llamada óxitl para provocar la caída del pelaje y dejar el cuerpo liso, mientras que de noche se les cubría con mantas para resguardarlos del frío.

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