
El 19 de septiembre de 1985, Héctor Méndez no era rescatista. Era contador público, trabajaba en Hacienda y esa mañana llegó a Tlatelolco buscando a su hermano entre los escombros tras el sismo en México. Cavó durante horas con las manos, sin casco, sin equipo y sin ningún protocolo. Cuando finalmente lo encontró con vida, tenía los dedos tan destrozados que ni siquiera pudo marcar un teléfono. Pero no se fue... volvió a meterse entre los escombros para seguir buscando sobrevivientes.
Cuarenta años después, a sus 80, Héctor Méndez sigue entrando donde otros no se atreven, y sin pedir permiso para hacerlo. Eso quedó claro este jueves, cuando los Topos Azteca llegaron a Cali a trabajar en las labores de rescate tras el terremoto del este 10 de agosto en Colombia, sin autorización del gobierno nacional.
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El periodista Néstor Morales, de Blu Radio, lo cuestionó en vivo sobre los permisos. Méndez le respondió que los voluntarios no siguen protocolos burocráticos, lo acusó de querer tenderle una trampa y colgó la llamada antes de que Morales terminara la siguiente pregunta.
“Vámonos respetando”: el cruce con Néstor Morales que se volvió viral

El gobierno colombiano autorizó únicamente el ingreso de equipos certificados bajo estándares internacionales: Estados Unidos, Israel, El Salvador y Ecuador. Los Topos Azteca llegaron de todas formas. Viajaron desde Venezuela, donde acababan de participar en labores de emergencia, y se integraron a las tareas en Cali con el respaldo del alcalde Alejandro Eder.
Morales preguntó en vivo cuántos integrantes de la brigada habían llegado y si contaban con autorización del gobierno nacional. Méndez respondió que los Topos Azteca no solicitan permisos: “Si me pongo a seguir protocolos de tipo administrativo burocrático, nunca voy a ningún lado”.
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El periodista insistió. Méndez lo dijo sin rodeos: “Usted me quiere meter en un lío de preguntas que, como que me quiere poner alguna trampa, no sé, entonces por favor, vámonos respetando, vámonos ubicando, nosotros somos voluntarios y venimos a trabajar”. Colgó. La entrevista circuló en redes y dividió opiniones.
No fue la primera vez. Semanas antes, en Venezuela, una reportera de televisión estatal le pidió que agradeciera públicamente a “su presidenta” antes de hablar frente a las cámaras. Méndez relató el episodio al medio Sports Venezuela: “Tengo 80 años y no me vas a venir a decir qué decir. No eres jefa, yo no soy político, soy rescatista”.
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Quién es Héctor Méndez: del edificio Nuevo León a más de 20 países

Méndez Rosales nació en 1946 en el Estado de México y creció en Ecatepec. Antes del 85 era contador público con maestría en Administración Pública, trabajaba en la Secretaría de Hacienda y, según sus propias palabras al podcast Dbrief, “andaba viendo qué fiesta había, qué tragos me echaba, con qué chavas me ligaba”.
El 19 de septiembre entró al edificio Nuevo León a las 9:30 de la mañana junto con un grupo de guardias presidenciales. Sacó a una señora y a su sobrina a las 7:30 de la tarde. Tenía los dedos tan lastimados que no pudo marcar el teléfono para avisar a su familia. Volvió a meterse.
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Al día siguiente llegó Juan Vidal, un rescatista experimentado que le enseñó a manipular cadáveres con dignidad: cómo mover un cuerpo sin lastimarlo, cómo liberarlo entero del concreto aunque tomara horas. “Te puedes tardar varias horas para quitarle un pedazo de concreto a un brazo para sacar el cuerpo completo, para entregárselo a la familia”, explicó Méndez en otra entrevista para el medio venezolano Galería de Haití.

Esa experiencia lo transformó. “Cuando entras a trabajar en este tipo de situación y ves muy de cerca lo que es la muerte, lo que es la gente que pierde todos sus seres queridos, se te mueve algo muy profundo y nace un nuevo ser”, dijo al mismo medio.
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Después del 85, Méndez y su grupo pasaron un año completo en las colonias Guerrero, Margarita Maza de Juárez y Atlampa haciendo demolición y reconstrucción de vivienda. Al año siguiente viajaron a El Salvador, al terremoto de la capital, donde trabajaron dos meses completos hasta sacar todas las víctimas del edificio Rubén Darío.
De ahí no pararon. A lo largo de cuatro décadas Méndez ha operado en terremotos, tsunamis y atentados terroristas en América, Europa, Asia y África. Cada país donde trabajó tiene su bandera cosida al chaleco naranja. Él los llama “signos de fraternidad”.
De las Torres Gemelas a Haití: las misiones que definieron al Topo Mayor

En septiembre de 2001, cuatro días después de los atentados en Nueva York, Méndez llegó a la Zona Cero con cuatro integrantes de la brigada, los únicos con visa vigente. No tenían acreditación. Caminaron desde el muelle 59 hasta el Lower Manhattan, entre 10 y 15 kilómetros, hasta que un veterano de la Guerra de Corea les abrió una puerta lateral del centro de comando. Dentro encontraron al jefe de la policía de Nueva York.
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Méndez saludó al entonces alcalde Rudolph Giuliani en el pasillo y le dijo: “Vengo de México, somos rescatistas, venimos a apoyar a nuestros hermanos bomberos y le traigo un saludo desde el pueblo de México”. Giuliani lo abrazó y le dijo que realmente lo apreciaba. Lo llamó “Orange Man” (Hombre naranja). El jefe de la policía los acreditó con un cartoncito rojo y un sello. Con eso entraron.
Lo primero que encontraron fue el brazo de un bombero. Detuvieron a quienes querían recogerlo con palas. “Este es un hermano, ¿cómo con palas? No mamen”, dijo Méndez al podcast Dbrief. Lo embolsaron y lo colocaron junto a una columna de acero.
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En Haití, tras el terremoto de 2010, armó una brigada multinacional que incluyó carabineros chilenos, bomberos de Paraguay y Uruguay, médicos estadounidenses y rescatistas de Argentina y España. Una funcionaria de la ONU llamada Marilinda Rodríguez llegó al campamento del aeropuerto a pedir ayuda para encontrar a su hijo y a su marido. Méndez respondió: “En este momento. Vámonos”.
En Indonesia, en 2005, una niña llamada Jocelyn sobrevivió al terremoto de la isla Nias encerrada en un espacio de 40 centímetros, sostenida por tanques de gas que apuntalaron el techo. Tenía el celular en la mano y había estado hablando por teléfono. Méndez llegó demasiado tarde: la niña había muerto poco antes.
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En julio de 2025, durante las inundaciones en Texas por el desbordamiento del río Guadalupe, estuvo a punto de ahogarse al resbalarse en la corriente. Un compañero lo jaló con una vara. Siguió trabajando.
En el terremoto de Florida del edificio Surfside, Méndez criticó duramente la operación de los bomberos del condado Dade, quienes aventaron agua de forma continua sobre los escombros porque tenían en mente el World Trade Center. “Por donde te puede entrar aire te entra agua, te matan”, dijo al podcast Dbrief. Se habla de nueve sobrevivientes que habrían muerto ahogados.
El triángulo de la vida, los perros y la tecnología que no pueden comprar

Méndez defiende con datos el método que otros dan por obsoleto. El triángulo de la vida es el espacio que queda entre los escombros cuando un techo colapsa en ángulo, no de forma completamente vertical. Lo documentó originalmente Douglas Copp a partir de fotografías y testimonios del terremoto de México y del de Armenia en 1988. “Siempre quedan triángulos o espacios vitales”, dice Méndez. “Si cae el techo, no siempre cae totalmente vertical”.
La herramienta que más defiende no es tecnológica: son los perros. “Un perro tiene excelente olfato que no tenemos nosotros”, explicó. La brigada trabaja con especialistas en animales de búsqueda de México, Guatemala y Canadá. Las guías caninas identifican el punto, señalan si hay vida o cuerpos, y no tocan nada más. Esa es su función.
En cuanto a equipo electrónico, los Topos Azteca usan sensores térmicos, visión de línea óptica y sensores de sonido cuando los tienen disponibles. Lo que no pueden comprar es un detector de latidos cardíacos que vieron operar en Ecuador, capaz de captar el pulso de un ratón bajo los escombros. Cuesta alrededor de medio millón de pesos. “¿De dónde, güey? No traigo más que como cincuenta dólares”, dijo Méndez al podcast publicado hace un mes.
Sus consejos de supervivencia para la población son concretos: del tercer piso para abajo, salir corriendo. En pisos superiores, ir a la azotea y quedarse boca abajo en posición de estrella de mar para no rodar si el edificio colapsa. En pisos intermedios, acostarse junto a muebles que puedan soportar la caída del techo. El chaleco de brigada, dice, da autoridad por encima de cualquier cargo administrativo: “Aunque sea un director, nadie pasa sobre de ustedes”.
La fractura interna: Topos Azteca no es lo mismo que Topos Tlatelolco

El nombre Topos también arrastra una historia de rupturas. La Brigada de Rescate Topos Tlatelolco A.C. se deslindó públicamente de Héctor Méndez, al aclarar que no pertenece ni representa a esa organización, cuya marca está registrada ante el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI).
La separación se remonta a los primeros meses después del terremoto de 1985. Según el propio Méndez, el entonces presidente Miguel de la Madrid entregó en Los Pinos un cheque como primer apoyo para el grupo de rescatistas. El dinero quedó en manos de otro de los fundadores y, a partir de ese episodio, el grupo terminó por dividirse. Méndez ha evitado identificar públicamente a quien se quedó con el recurso. “No vale la pena mencionar a esa gente”, dijo al medio Galería de Haití.
Desde entonces, Méndez continuó por su cuenta bajo el nombre de Topos Azteca, una agrupación que, según explica, no tiene cuentas bancarias, páginas para recibir donaciones ni financiamiento institucional. Para salir a una emergencia utiliza sus propios recursos o acepta el dinero que algunas personas le ofrecen directamente. “Ni modo que digas no. Sería una grosería”.
Pero para Méndez, la disputa por quién puede utilizar el nombre Topos es secundaria. Lo que considera su verdadero legado es que aquella palabra terminó convirtiéndose en una identidad para generaciones de rescatistas. “Ya hice escuela”, dijo. Muchos jóvenes, explica, prefieren identificarse como Topos antes que integrarse a instituciones como la Cruz Roja o los cuerpos de bomberos.
A sus 80 años, todavía viaja a los lugares donde ocurre una tragedia, participa en las labores de rescate y después vuelve a Ecatepec en metro, como cualquier pasajero. Saca su tarjeta para pagar el viaje y se mezcla con los demás usuarios. “La fama no te hace nada”, dijo.
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