
La silueta de un puente colgante interrumpe la tranquilidad del semidesierto en el norte de México, suspendida a más de 110 metros sobre una barranca en el poblado de Mapimí, en Durango.
Esta estructura, construida a finales del siglo XIX, conecta dos cerros y es testimonio de la transformación de la región, donde la minería definió tanto el desarrollo como la vida cotidiana.
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El puente de Ojuela mide aproximadamente 320 metros de longitud y fue edificado en 1892 por Santiago Minguín, un ingeniero alemán que también participó en la construcción del Golden Gate en San Francisco.
La obra se diseñó para resolver uno de los principales problemas técnicos de la zona: el traslado de minerales y personas en una geografía marcada por barrancas profundas y caminos accidentados.
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El ancho del puente es de 180 centímetros, lo que permite el paso de una persona a la vez y ofrece vistas directas al fondo de la barranca, a más de 100 metros de profundidad.
La historia de Mapimí antecede la llegada de los españoles. Los pueblos indígenas tobosos y cocoyomes ocuparon la región antes de 1598, año en que se fundó el asentamiento colonial tras el descubrimiento de minerales valiosos.
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El hallazgo atrajo a colonos y derivó en enfrentamientos con la población originaria, modificando el equilibrio social y territorial.
La mina de Ojuela transformó el paisaje y la economía
A 10 kilómetros al sureste del pueblo, la mina de Ojuela definió el destino de Mapimí.
Fundada también en 1598, la veta fue la más próspera de la zona durante el siglo XVIII, según registros de autoridades culturales.
La explotación minera alcanzó su máximo auge cuando la demanda de metales creció y la extracción se volvió clave para la economía del virreinato.
La construcción del puente colgante facilitó el movimiento de materiales en una época en la que la minería exigía soluciones técnicas avanzadas para superar barreras naturales.
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La compañía Peñoles impulsó la obra, incorporando el diseño de ingenieros europeos y estadounidenses.
La estructura se sostiene sobre cables de acero y madera, lo que permitió que el transporte de mineral fuera más eficiente y seguro.
El puente dejó de ser herramienta minera conforme la actividad perdió protagonismo en el siglo XX.
Desde entonces, la estructura se mantiene como símbolo de la ingeniería aplicada a la explotación minera y forma parte del patrimonio local.

De enclave minero a destino turístico
En 2010, la mina de Ojuela y el centro histórico de Mapimí ingresaron al listado del Camino Real de Tierra Adentro como parte del Patrimonio Mundial de la UNESCO.
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Dos años después, Mapimí recibió el nombramiento de primer Pueblo Mágico de Durango, distinción que reconoce su arquitectura y relevancia histórica.
El puente colgante es hoy el principal atractivo turístico del municipio. El acceso se realiza de lunes a domingo, de 9:00 a 17:00 horas, y los boletos se venden únicamente en la taquilla local.
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El precio varía entre adultos, niños y residentes, quienes cuentan con promociones especiales.
El recorrido incluye la posibilidad de cruzar el puente, explorar la antigua mina y participar en actividades como la tirolesa, que tiene una distancia de 33 metros y una altura de 120 metros sobre la barranca.
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Mapimí es accesible por carretera desde Gómez Palacio en menos de una hora, mientras que el trayecto desde la capital estatal supera las tres horas.
Aerolíneas nacionales e internacionales tienen rutas a la región, conectando con ciudades como Ciudad de México, Tijuana, Guadalajara, Cancún, Los Ángeles, Dallas y Chicago.

El puente de Ojuela vincula pasado y presente
Las festividades principales se celebran cada 25 de julio con la feria de aniversario de la fundación y la fiesta de Santiago Apóstol, patrono del templo local.
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La región mantiene una identidad ligada a la memoria minera y la convivencia con el entorno natural.
Según información de autoridades turísticas, el puente se conserva gracias al trabajo conjunto de la comunidad y la empresa minera, que han priorizado su mantenimiento y promoción.
La estructura, que alguna vez sirvió como herramienta para la extracción de metales, es ahora un referente para visitantes interesados en la historia técnica y la adaptación del entorno.
El cruce del puente permite observar el relieve de la barranca y acceder a espacios que antes eran exclusivos para la industria minera.

El municipio de Mapimí se ubica entre otras localidades de Durango y Chihuahua, integrando un corredor donde la memoria de la minería convive con la vida cotidiana y el turismo.
La transformación del puente colgante en atractivo turístico evidencia la capacidad local para preservar y compartir el legado de una época en la que la ingeniería fue clave para el desarrollo regional.
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