Estados Unidos, Irán e Israel: un alto al fuego no es la paz

El estrecho de Ormuz explica por qué este conflicto nunca fue exclusivamente regional. Por esa vía circulaban alrededor de 20 millones de barriles diarios de petróleo, aproximadamente una quinta parte de los líquidos petroleros consumidos en el mundo

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Talya Iscan Universidad Panamericana
TALYA ISCAN, Académica de la Escuela de Gobierno y Economia de la Universidad Panamericana y de la Facultad de Empresariales, experta en política internacional y seguridad

Después de meses de enfrentamientos entre Estados Unidos e Irán, ataques israelíes contra objetivos vinculados con Teherán y sus aliados regionales, amenazas sobre el programa nuclear iraní y riesgos para la navegación en el estrecho de Ormuz, las partes han comenzado a hablar de un posible cese al fuego. El conflicto ya no enfrenta solamente a Washington y Teherán: involucra también a Israel, Hezbollah y otros actores de Medio Oriente, con consecuencias sobre la seguridad regional, el comercio energético y la economía mundial. Por eso, aunque la apertura diplomática representa una oportunidad importante, todavía sería prematuro hablar de paz. Una tregua puede detener temporalmente los ataques; la paz exige resolver las causas políticas, militares y nucleares que mantienen viva la confrontación.

La palabra “paz” comenzó a circular demasiado pronto. Después de más de cien días de guerra, ataques, amenazas, bloqueo marítimo y temor a una escalada regional, Estados Unidos e Irán han abierto una ruta diplomática que, por primera vez en meses, permite imaginar una reducción real de las hostilidades. Sin embargo, detener temporalmente los ataques no significa haber resuelto el conflicto. Un cese al fuego puede silenciar las armas; la paz exige transformar las condiciones políticas que hicieron posible la guerra.

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La diferencia es fundamental. Un cese al fuego es un acuerdo operativo, temporal y reversible. Establece quién deja de disparar, durante cuánto tiempo y bajo qué condiciones mínimas. No necesariamente resuelve las disputas nucleares, las sanciones, la seguridad marítima, la presencia de fuerzas aliadas, los programas de misiles ni la confrontación indirecta entre Irán e Israel. La paz, en cambio, requiere instituciones, mecanismos de verificación, garantías de seguridad y un acuerdo suficientemente estable para sobrevivir a una provocación, un cambio de gobierno o un ataque aislado.

Lo que existe actualmente está mucho más cerca de una tregua vigilada que de una paz permanente. Estados Unidos concedió a Irán un alivio temporal de algunas restricciones petroleras durante 60 días, mientras continúan las negociaciones sobre el estrecho de Ormuz, el programa nuclear iraní y las condiciones para evitar una nueva escalada. Esa ventana diplomática es importante, pero también funciona como un reloj en cuenta regresiva. Si las partes no alcanzan avances concretos antes de que termine, las sanciones y las amenazas militares pueden regresar.

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El estrecho de Ormuz explica por qué este conflicto nunca fue exclusivamente regional. Por esa vía circulaban alrededor de 20 millones de barriles diarios de petróleo, aproximadamente una quinta parte de los líquidos petroleros consumidos en el mundo. También pasa por allí una proporción semejante del comercio mundial de gas natural licuado. Durante el momento más grave de la crisis, el precio del Brent se aproximó a los 120 dólares por barril. Tras los anuncios de negociación descendió hasta alrededor de 77 dólares.

Esa caída representa alivio, pero no estabilidad. Las minas, los daños en instalaciones portuarias, el costo de los seguros y la reconstrucción de inventarios energéticos impiden que el comercio vuelva inmediatamente a la normalidad. El mercado no solo pregunta si los barcos pueden pasar hoy, sino si podrán hacerlo durante los próximos seis meses sin que una nueva crisis cierre nuevamente la ruta.

El principal obstáculo para convertir la tregua en paz es que el conflicto no involucra únicamente a Washington y Teherán. Israel mantiene su propia agenda de seguridad y ha dejado claro que se reserva el derecho de actuar militarmente contra amenazas vinculadas con Irán. Los ataques israelíes en Líbano, incluso después de los anuncios de cese al fuego, muestran hasta qué punto las distintas guerras de la región se encuentran conectadas.

Archivo. EFE/Luis Tejido
Archivo. EFE/Luis Tejido

Más de 4,000 personas han muerto en Líbano durante esta fase del conflicto y cerca de 1.2 millones han sido desplazadas. La reanudación de disparos, aun cuando se presente como una operación limitada contra Hezbollah, puede provocar una respuesta de la organización, una reacción iraní y una nueva intervención estadounidense. Una sola operación mal calculada podría destruir semanas de diplomacia.

Aquí se encuentra la contradicción central. Irán difícilmente aceptará un acuerdo que reduzca sus acciones mientras Israel conserva libertad absoluta para atacar a sus aliados regionales. Israel, por su parte, no aceptará fácilmente un acuerdo que permita a Hezbollah mantener su capacidad militar o que deje intacta la infraestructura estratégica iraní. Estados Unidos busca limitar el programa nuclear de Teherán y garantizar la navegación por Ormuz, mientras Irán exige alivio de sanciones, reconocimiento de ciertos derechos nucleares y garantías contra nuevos ataques.Estas posiciones no son irreconciliables, pero tampoco pueden resolverse con una fotografía ceremonial o una declaración optimista.

En este contexto, debe reconocerse el papel de Pakistán. Islamabad ha realizado un trabajo diplomático que merece ser elogiado. Mantuvo canales abiertos con Washington y Teherán, transmitió propuestas entre ambas partes y contribuyó a diseñar una fórmula de dos etapas: primero un cese inmediato de hostilidades y posteriormente una negociación integral. Pakistán posee una combinación poco frecuente de vínculos con Estados Unidos, cercanía geográfica y política con Irán, peso militar y legitimidad dentro del mundo musulmán. Su mediación también demuestra que la diplomacia internacional no tiene que depender exclusivamente de las potencias occidentales. Un país del Sur Global puede desempeñar un papel central cuando conoce la región, comprende las preocupaciones de seguridad y conserva interlocución con actores enfrentados.

Imagen reciente de las calles de Teherán. Los iraníes recibieron con alivio el anuncio del acuerdo entre Irán y Estados Unidos para poner fin a la guerra que ahora está en peligro. EFE/Jaime León
Imagen reciente de las calles de Teherán. Los iraníes recibieron con alivio el anuncio del acuerdo entre Irán y Estados Unidos para poner fin a la guerra que ahora está en peligro. EFE/Jaime León

Sin embargo, ningún mediador puede garantizar por sí solo la voluntad política de las partes. Pakistán puede acercar posiciones, formular propuestas y evitar rupturas de comunicación, pero no puede obligar a Israel, Estados Unidos o Irán a cumplir un acuerdo que consideren contrario a sus intereses vitales. Su éxito dependerá de que Qatar, Omán, Türkiye, los países europeos y las Naciones Unidas respalden una arquitectura diplomática más amplia.

El escenario más probable no es todavía una paz integral, sino un armisticio prolongado con episodios de tensión. Irán podría permitir una reapertura gradual de Ormuz, Estados Unidos mantener alivios parciales de sanciones e Israel reducir sus operaciones sin renunciar oficialmente a ellas. Este escenario disminuiría el riesgo de una guerra total, pero seguiría siendo vulnerable a ataques, errores de cálculo y cambios políticos.

El escenario más optimista implicaría un acuerdo por fases: acceso marítimo garantizado, supervisión internacional del programa nuclear, levantamiento gradual y reversible de sanciones, mecanismos para evitar enfrentamientos en Líbano y garantías de no agresión. Es posible, pero exige concesiones que actualmente resultan políticamente costosas para todos.

Imagen de archivo de buques anclados en el estrecho de Ormuz, vistos desde Musandam, Omán. 19 junio 2026. REUTERS/Stringer
Imagen de archivo de buques anclados en el estrecho de Ormuz, vistos desde Musandam, Omán. 19 junio 2026. REUTERS/Stringer

El peor escenario sería que un ataque israelí contra Hezbollah o instalaciones vinculadas con Irán provocara represalias, la nueva interrupción del tráfico en Ormuz y una respuesta militar estadounidense. En ese caso, el petróleo podría volver a dispararse, las aseguradoras abandonar la región y la inflación global recuperar fuerza.

América Latina no observa esta guerra desde lejos. El Fondo Monetario Internacional ha advertido que el impacto es desigual: países petroleros como Brasil, Colombia, México y Venezuela pueden recibir temporalmente mayores ingresos, pero al mismo tiempo enfrentan combustibles, transporte, alimentos y fertilizantes más caros. Las economías importadoras de energía de Centroamérica y el Caribe son todavía más vulnerables.

Para México, el efecto es contradictorio. El país produce y exporta petróleo, pero también importa combustibles refinados y depende fuertemente de fertilizantes extranjeros. Cerca de tres cuartas partes del consumo nacional de fertilizantes ha sido cubierto históricamente mediante importaciones. Cuando aumentan el gas, la urea, el transporte marítimo y los seguros, el golpe termina llegando al productor agrícola y posteriormente al precio de los alimentos.

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El gobierno mexicano ya tuvo que intervenir para contener el precio de la gasolina y evitar que la crisis internacional se trasladara de forma inmediata a los hogares. Pero subsidiar combustibles o reducir impuestos tiene un costo fiscal. El beneficio temporal de vender petróleo más caro puede desaparecer cuando el Estado debe gastar más para contener la inflación y proteger el consumo. Por eso México debe defender la solución diplomática no solamente como principio de política exterior, sino como interés económico nacional. La paz en Medio Oriente también significa menos presión sobre la tortilla, el transporte, los fertilizantes, las tasas de interés y el presupuesto público mexicano.

Hay razones para un optimismo prudente. Estados Unidos e Irán están hablando, Pakistán ha construido un canal útil y el mercado energético ha reaccionado positivamente. Pero sería peligroso confundir una pausa con una solución. La tregua puede detener la caída. La paz exige reconstruir el suelo. Mientras continúen los ataques israelíes, permanezcan abiertas las disputas nucleares y no exista un sistema regional de seguridad, el acuerdo seguirá siendo frágil. El camino hacia la paz existe, pero todavía atraviesa un campo lleno de minas, algunas reales y otras políticas.

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