
Park M., Leahey E. y Funk R. J., en su investigación denominada Papers and patents are becoming less disruptive over time, demuestran que, pese al crecimiento exponencial de publicaciones científicas, la disrupción impulsada por la ciencia y la tecnología disminuye sostenidamente. Tras analizar 45 millones de artículos y 3.9 millones de patentes durante seis décadas, los autores lograron evidenciar que la investigación actual tiende a consolidar conocimientos previos en lugar de desplazarlos. El lenguaje refleja esta transición de “descubrir” a “mejorar”, pues los investigadores se apoyan en fragmentos cada vez más reducidos y familiares del acervo científico existente, lo que limita la innovación radical.
En este escenario, la misión de las instituciones de educación superior y de los centros de investigación, como articuladores del conocimiento científico con el desarrollo económico y social, se vuelve crucial.
México enfrenta una encrucijada crítica: una desconexión profunda entre la generación de conocimiento y su aplicación práctica. A pesar de ser el segundo productor científico de América Latina, el país sufre una brecha de innovación alarmante. Solo el 6.38% desolicitudes de patentes en 2024 fueron de inventores nacionales, lo que deja el 93.62% en manos extranjeras. Uno de los mayores obstáculos para la innovación en México es el drástico recorte presupuestal. En 2025, el presupuesto para Ciencia, Tecnología e Innovación fue de 57.8 mil millones de pesos, lo que representa una caída del 7.4% respecto a 2024. Esta inversión equivale a tan solo el 0.16% del PIB, una cifra lejana al máximo histórico del 0.28% alcanzado en 2015 y muy por debajo del 1% recomendado por la UNESCO. En contraste, países de la región como Brasil invierten el 1.2%, mientras que líderes mundiales como Corea del Sur destinan el 4.5%.
El aporte de la ciencia a la atención de los retos que enfrenta la sociedad es clave, pues a través de los desarrollos tecnológicos que de ella surgen es como se hace realidad la revelación del impacto social del conocimiento.

La ciencia no debe morir en un artículo académico. Se ha identificado que, mientras México generó 75 mil publicaciones entre 2019 y 2024, solo el 1.1% fueron citadas en patentes. Es necesario comprender que la innovación no es un fin en sí mismo, sino un medio para mejorar la calidad de vida; el valor real de la investigación reside en su capacidad para integrarse en soluciones de salud, transporte y clima, entre otros sectores que beneficien al bien común.
El país, a través de las universidades y centros de investigación, puede construir un modelo de excelencia científica con pertinencia social. Esto implica:

- Cultura Emprendedora: impulsar, apoyar y guiar a estudiantes e investigadores para que generen soluciones tecnológicas y empresas de base tecnológica (spinoffs).
- Pertinencia Social: para que los resultados de la investigación científica trasciendan las aulas, se deben orientar las investigaciones hacia la resolución de problemas regionales y globales específicos, asegurando que el prestigio académico se refleje en el bienestar social y económico.
- Investigación Aplicada: es fundamental que el conocimiento generado no se limite a publicaciones académicas, sino que se traduzca en soluciones para sectores estratégicos.
- Fomento de Ecosistemas de Colaboración: la creación de distritos de innovación o centros de colaboración permite que investigadores y emprendedores trabajen directamente con la industria.
Las universidades deben adoptar una cultura más emprendedora, reconociendo que los estudiantes no son solo receptores de información, sino fuentes de creatividad y nuevas iniciativas, mientras que los investigadores actúan como generadores estratégicos de tecnología y conocimiento. En este sentido, las universidades podrían avanzar hacia una combinación estructural en la que, aprovechando el mayor conocimiento disponible, se desarrollen procesos de investigación con mayor diversidad en su uso y se limite la tendencia a apoyarse únicamente en fragmentos familiares del acervo científico.
Este modelo podría traducirse en un volumen creciente de publicaciones que, auténticamente, generen más rupturas conceptuales, desencadenando una mayor propensión de riesgo en favor de resultados no convencionales y evitando así una ciencia y tecnología que avancen más por la simple acumulación y explotación del conocimiento existente que por una verdadera revolución o exploración radical.
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