
La relación entre Estados Unidos y China atraviesa su fase más tensa en décadas. Las disputas comerciales, tecnológicas y de influencia global se han intensificado al punto de configurar un escenario de “fragmentación geoeconómica”, el desacoplamiento parcial del sistema económico internacional plantea un desafío profundo para los países emergentes. Esta fractura abre oportunidades, pero también riesgos significativos para México y América Latina. El reto es evitar que la región sea un espectador pasivo y, en cambio, convertir la coyuntura en una plataforma para reposicionarse estratégicamente.
En los últimos años, México ha sido uno de los principales beneficiarios del llamado nearshoring. La relocalización de inversiones desde Asia hacia América del Norte responde a la búsqueda de mayor certidumbre ante un clima geopolítico volátil. Las empresas mexicanas deben aprender a “navegar múltiples futuros”, pues la volatilidad geopolítica exige estrategias de flexibilidad, análisis prospectivo y diversificación. No obstante, las oportunidades industriales no deben confundirse con garantías de estabilidad. La disputa entre Estados Unidos y China se inscribe en un proceso más profundo: la competencia por la hegemonía tecnológica y el control de recursos estratégicos.
Este nuevo contexto coloca a México en una posición compleja. Si la competencia entre ambas potencias se intensifica, el país podría verse atrapado en una lógica de alineamiento forzado. Estados Unidos podría presionar para reducir la presencia tecnológica china, mientras China continúa ampliando su influencia en América Latina. China no debe entenderse solo como un actor comercial, sino como un actor político que articula una narrativa de liderazgo global alternativo. La región, que ha recibido inversiones chinas en infraestructura, energía y tecnología, enfrenta ahora el desafío de equilibrar esas relaciones sin deteriorar su posición en América del Norte.
La pregunta clave es si México puede aprovechar la rivalidad entre las dos potencias sin convertirse en un tablero de disputa. Esto depende de su capacidad para contar con una política exterior con visión de largo plazo. Cuando los países latinoamericanos improvisan sus estrategias, terminan reaccionando tarde frente a los cambios del sistema internacional. Para México, la estrategia debe incluir diplomacia económica activa, diversificación de mercados y fortalecimiento de su presencia en espacios multilaterales, aun cuando la gobernanza global y la democracia liberal están experimentando un deterioro marcado.
El riesgo para América Latina también es estructural. La fragmentación geoeconómica implica que bloques cerrados y cadenas de valor más cortas pueden reducir las oportunidades de integración regional. La región ha mostrado dificultades para coordinarse ante desafíos globales, y esa falta de cohesión disminuye la capacidad de negociación colectiva. En este contexto, México podría asumir un rol articulador, pero esto exige claridad estratégica y una visión que trascienda los vaivenes políticos internos.
Para el sector empresarial, los desafíos no son menores, las empresas deben incorporar análisis prospectivos para anticipar escenarios como mayores restricciones comerciales, regulación tecnológica divergente o tensiones militares que afecten rutas logísticas. El imperativo ya no es solo competir, sino ser resilientes frente a un sistema internacional cada vez más incierto.
México se encuentra, entonces, en una encrucijada estratégica. Por un lado, debe profundizar su integración con América del Norte, aprovechando ventajas en manufactura avanzada, electromovilidad y digitalización. Por otro, debe mantener un diálogo abierto con China, entendiendo que su importancia en el comercio global es estructural y que su presencia en América Latina seguirá creciendo, independientemente de la presión geopolítica. La lógica de “elegir un lado” ya no es funcional para economías interdependientes.
Las tensiones entre Estados Unidos y China no desaparecerán pronto. En este nuevo orden mundial, las oportunidades existen, pero solo podrán aprovecharse si México y América Latina desarrollan una mirada estratégica, anticipatoria y coordinada. La fragmentación geoeconómica no es un escenario hipotético: está redefiniendo los términos del comercio, la inversión y la gobernanza global. La pregunta no es si la región puede adaptarse, sino si lo hará a tiempo.
El autor es profesor investigador del Grupo de Investigación Organizations, Strategy, and Sustainability de la Escuela de Negocios del Tecnológico de Monterrey, Campus Sinaloa.
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