
La cosmovisión mexica elaboró una serie de destinos póstumos para el alma, donde la muerte no significaba un final, sino el inicio de nuevos recorridos determinados según la manera en que una persona había dejado el mundo.
De acuerdo con información de UNAM Global y el Mexican Cultural Institute of Washington DC, existían cuatro inframundos fundamentales dentro de la tradición mexica, cada uno reservado para grupos específicos y con características que reflejaban las creencias y valores de su sociedad.
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El Mictlán era quizá el inframundo más representado en la iconografía mexica. Destinado a quienes fallecían de causas naturales, este lugar exigía a las almas un complicado itinerario espiritual.

Aquellos que emprendían la travesía hacia el Mictlán enfrentaban nueve niveles consecutivos, cada uno representando desafíos que iban desde atravesar ríos custodiados por perros celestiales hasta sobrevivir ráfagas gélidas, nieves eternas y senderos de obsidiana. El viaje concluía cuando las almas, ya despojadas de pertenencias y afectos, lograban descansar junto a los señores de la muerte, Mictlantecuhtli y Mictlancíhuatl.
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A diferencia de estos viajeros del Mictlán, los guerreros mexicas y las mujeres que morían durante el parto tenían un destino más luminoso: la morada del Sol. Se creía que estos valientes acompañaban al astro en su viaje diario hasta el mediodía. Cuatro años después de su muerte, el ciclo no concluía: las almas podían transformarse en colibríes y volar libres por la tierra, posándose en las flores para alimentarse de su néctar.
Por su parte, los que perdían la vida a causa de fenómenos naturales vinculados con el agua, como la muerte por ahogamiento o por ser alcanzados por un rayo, accedían al Tlalocan. Este era un espacio paradisiaco bajo el mando del dios Tláloc, rey de las lluvias. Quienes llegaban a este inframundo lo encontraban todo cubierto de vegetación exuberante y flores, un destino de deleite.
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El cuarto inframundo destacado es el Chichihuacuauhco, reservado para los bebés que morían antes de consumir alimento sólido o nacían sin vida. Este era un lugar enteramente benevolente, donde los pequeños hallaban un enorme árbol nodriza repleto de frutos en forma de pecho femenino. De estos frutos, los niños tomaban leche y permanecían bajo protección.
Como complemento, el viaje hacia el Mictlán es el más extenso y exigente. Entre los nueve niveles atravesados, el primero requería la ayuda de un Xoloitzcuintle para cruzar un río, privilegio garantizado solo si el difunto había tratado bien a los perros en vida.
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