
En el imaginario nacional mexicano, pocos personajes generan tanta controversia como Antonio López de Santa Anna, figura central en la política y la historia militar del siglo XIX.
Conocido tanto por sus victorias y derrotas como por su papel en el destino del país, Santa Anna también dejó huella en los símbolos nacionales. Su relación con el Himno Nacional Mexicano es fundamental: bajo su presidencia nació este emblema de identidad y, además, el propio general es mencionado y aludido en la versión original del lábaro, aunque en la actualidad estas alusiones han sido omitidas.
La presencia de Santa Anna en la génesis del himno no fue casual. De acuerdo con el Archivo General de la Nación (AGN) y la Secretaría de la Defensa Nacional (Defensa), cuando el general asumió por última vez la presidencia en 1853, promovió el surgimiento de símbolos que ayudaran a cohesionar políticamente a un país marcado por las divisiones internas y las amenazas internacionales.

Para tal fin, el 12 de noviembre de 1853, por instrucción suya, se lanzó una convocatoria nacional en el Diario Oficial para elegir un himno patriótico. De este concurso emergieron como ganadores Francisco González Bocanegra primero, autor de la letra, con los versos se realizó otro sorteo para la música, que ganó el compositor español Jaime Nunó.
Aunque el himno es, en su esencia, un tributo a la historia colectiva y la resistencia del pueblo mexicano y no una exaltación unipersonal, su versión original contiene menciones indirectas al caudillo. De acuerdo con la información de la revista Derecho y Cultura de la UNAM, en la estrofa IV, dedicada implícitamente a Santa Anna, se puede leer:
“Del guerrero inmortal de Zempoala
te defiende la espada terrible,
y sostiene su brazo invencible,
tu sagrado pendón tricolor.
Él será del feliz mexicano
en la paz y en la guerra el caudillo,
porque él supo sus armas de brillo
circundar en los campos de honor.”

Esta estrofa, que no se interpreta en la versión actual del himno, hace referencia tanto al origen veracruzano de Antonio López de Santa Anna como a su papel como defensor y guía de la nación, elevándolo como símbolo de protección y liderazgo militar en momentos de crisis.
La influencia de Santa Anna también se manifestó en las ceremonias que dieron vida al himno. Según Defensa, la primera interpretación del del Himno Nacional Mexicano estaba programada para el 15 de septiembre de 1854, en el entonces Gran Teatro Santa Anna (actual Teatro Iturbide), aunque la ausencia del propio presidente postergó el estreno para el 16 de septiembre. En la función participaron la soprano Claudina Florentini y el tenor Lorenzo Salvi, marcando así el estreno oficial del actual lábaro patrio.
Cabe destacar, que en ese período, Antonio López de Santa Anna había establecido una dictadura llena de excesos y abusos que llegó al extremo de llamar al presidente “Su Alteza Serenísima”, posteriormente estallaría en 1854 la Revolución de Ayutla que terminaría con la caída definitiva y el destierro del general al año siguiente.
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