
El 1 de julio de 2025, la Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York retiró los cargos por narcotráfico contra Ovidio Guzmán López, hijo de Joaquín El Chapo Guzmán. La medida fue formalizada con un documento firmado por el propio acusado, quien se comprometió a declararse culpable el próximo 9 de julio ante la Corte del Distrito Norte de Illinois, en Chicago.
“Yo, Ovidio Guzmán López, acusado, deseo declararme culpable […] para permitir la disposición de la causa en el Distrito Norte de Illinois […] y renuncio a un juicio en el distrito antes mencionado”, se lee en el escrito fechado el 30 de junio.
Este movimiento judicial coincide con una negociación discreta que incluyó el traslado de 17 de sus familiares —bajo custodia del FBI— a territorio estadounidense el pasado 9 de mayo, como parte de un posible acuerdo de cooperación con el Departamento de Justicia.
Pero más allá del proceso legal, el momento expone una historia menos visible: la de un joven que, según relatos periodísticos y archivos oficiales, alguna vez quiso convertirse en todo un profesionista.
Tres intentos fallidos y un sueño truncado

De acuerdo con una reconstrucción del periodista Óscar Balderas publicada en Milenio, el primer esfuerzo por distanciar a Ovidio del crimen organizado ocurrió en 1998, cuando tenía apenas ocho años.
Desde el penal de Puente Grande, El Chapo ordenó que su hijo fuera enviado a la Ciudad de México e inscrito en el colegio CEYCA, una institución dirigida por los Legionarios de Cristo. La decisión también fue influenciada por la abuela materna, Consuelo Loera, de fuertes convicciones religiosas.
Durante esos años, se dice que el hijo de “El Chapo” fue compañero de generación de Alfonso Durazo Chávez, hijo de Alfonso Durazo, quien actualmente es el gobernador de Sonora.
Durante su estancia en la capital, Ovidio vivió bajo la identidad del hijo de un ganadero, practicó deportes escolares y pasó desapercibido. Pero en el año 2000, un grupo de madres votó para excluirlo de un viaje a Disney. Temiendo que su identidad fuera descubierta, su madre, Griselda López, lo retiró del colegio y regresó con él a Culiacán, según la misma fuente.
El segundo intento se relaciona con su formación académica. En un informe militar citado también por Balderas, se menciona que Ovidio quería convertirse en veterinario.
“Después de mayo de 2008, El Ratón, de 19 años, dejó de pelear contra sus intenciones de convertirse en veterinario y se rindió ante la inevitabilidad de seguir en el negocio familiar”, se lee en la publicación de Balderas.
En su momento, la periodista Anabel Hernández ha asegurado que “El Ratón” continuó con su formación académica hasta llegar a los estudios superiores en el Tecnológico de Monterrey, donde habría cursado la carrera de Administración de Empresas o Comercio Internacional.
Sin embargo, esta información coincide más con el perfil de Joaquín Guzmán López. Una consulta al Registro Nacional de Profesionistas muestra que existe una cédula expedida en 2011 a su nombre por la Licenciatura en Administración Financiera en el ITESM.

Aunque no hay confirmación oficial de que se trate del hijo de “El Chapo", los datos coinciden con su nombre completo y edad escolar estimada. En el caso de Ovidio Guzmán, el Registro no arroja dato alguno en el sistema.
Respecto a sus medios hermanos, Iván Archivaldo y Jesús Alfredo Guzmán Salazar, Hernández García señala que lograron estudiar más que su padre, Joaquín “El Chapo” Guzmán, quien tenía primaria trunca, y alcanzaron el nivel de preparatoria.

Fuera veterinaria o administración, el plan de Ovidio Guzmán se truncó en 2008, tras el asesinato de su hermano Édgar Guzmán López. Con 18 años cumplidos, abandonó sus estudios y se incorporó al Cártel de Sinaloa, operando redes de tráfico internacional de drogas y precursores químicos.
Un tercer intento de que “El Ratón” se alejara del crimen fue relatado por Dámaso López Serrano, “El Mini Lic”, y recogido por la periodista Anabel Hernández en su libro La historia secreta. AMLO y el Cártel de Sinaloa.
Según ese testimonio, Ovidio y su hermano Joaquín fueron enviados a Canadá por su madre como medida para protegerlos de la guerra contra los Beltrán Leyva, pero la estadía fue breve y Ovidio regresó a México e inició formalmente su carrera criminal.
Durante su reclusión en el penal del Altiplano en 2023, Ovidio solicitó medicamentos psiquiátricos para ansiedad y depresión, además de una dieta especial posterior a una cirugía gástrica. En entrevistas citadas por Balderas, custodios lo describieron como un interno educado, callado y sin incidentes.
Su carácter menos violento que el de sus hermanos lo convirtió, según sus fuentes militares, en el eslabón más débil del grupo, motivo por el cual habría recibido una protección especial dentro de la estructura familiar.
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