Desde el dormitorio de su hogar en el este de China, Chen, un activista encubierto que utiliza un seudónimo para proteger su identidad, dedica sus noches a infiltrarse en redes clandestinas que promueven la tortura y el asesinato de gatos. Según una investigación exclusiva de CNN, estas redes han crecido exponencialmente en el último año, extendiéndose a distintas plataformas, donde los perpetradores comparten contenido gráfico y obtienen ganancias económicas.
De acuerdo con la investigación llevada a cabo por Rebecca Wright, Ivan Watson, Yong Xiong y Vina Salazar, los consumidores de estos videos suelen tener un fetiche conocido como “zoosadismo”, que implica obtener placer sexual al presenciar la crueldad hacia los animales. Los torturadores, en muchos casos residentes en China, son tratados como “celebridades” dentro de estas comunidades en línea, donde compiten por idear métodos más brutales de abuso.
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CNN informó que, entre junio de 2024 y febrero de 2025, los grupos monitoreados por la alianza de activistas Feline Guardians registraron un aumento del 500% en la publicación de nuevos videos de tortura, con un promedio de un video cada 2,5 horas.
La criminóloga Jenny Edwards, especialista en abuso sexual animal, afirmó que este fenómeno ocurre con mayor frecuencia de lo que se cree y que se ha convertido en un problema internacional pese a que tiene mayor recurrencia en China, un país que carece de legislación contra la crueldad animal y ha permitido que estas redes operen con relativa impunidad, facilitando la proliferación de contenido gráfico dirigido a consumidores en países como Estados Unidos, Reino Unido, Turquía y Japón.
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De acuerdo con la World Animal Protection, anteriormente Sociedad Mundial para la Protección de los Animales (WSPA), la crueldad animal ni siquiera está definida explícitamente en la legislación china, por lo tanto, actualmente no existen leyes nacionales que prohíban el maltrato a estos seres vivos.
El trabajo de los activistas

Chen forma parte de Feline Guardians, un colectivo internacional de activistas que busca presionar a las autoridades para que actúen contra estas redes. Su trabajo incluye infiltrarse en grupos de chat encriptados, analizar videos en busca de pistas sobre la identidad de los torturadores y recopilar evidencia para exponerlos. Según explicó a CNN, algunos grupos exigen que los nuevos miembros graben un video de tortura como requisito de entrada, lo que dificulta la labor de los activistas. A pesar de ello, Chen ha logrado identificar a más de una docena de perpetradores en los últimos años.
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En Londres, Lara, otra integrante de Feline Guardians, monitorea la propagación global de este contenido. Según declaró a CNN, la influencia de estas redes chinas ha generado imitadores en otros países, exponiendo incluso a menores de edad a esta subcultura. Lara describió cómo los torturadores buscan notoriedad y retroalimentación dentro de estas comunidades, lo que alimenta su comportamiento. Además, explicó que los consumidores de estos videos a menudo pagan por contenido personalizado, seleccionando el animal, las herramientas y los métodos de tortura, con precios que pueden superar los 1.300 dólares.
La investigación de CNN también documentó cómo estas redes han desarrollado una jerarquía interna y una terminología específica. Según la información proporcionada, los torturadores son denominados “maestros” o “eliminadores de gatos”, mientras que los consumidores son conocidos como “patrocinadores”. En algunos casos, los videos muestran actos de extrema brutalidad, como gatos quemados vivos o desmembrados. Según Lara, los torturadores buscan prolongar el sufrimiento de los animales tanto como sea posible.
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Al respecto, Edwards explica que la motivación detrás de este fetiche es el sadismo, una “desviación sexual” que consiste en obtener excitación sexual al ver estos videos o sentir el dolor de la incomodidad y la humillación de ver a otro ser sufrir. “Es parte del comportamiento antisocial y psicopático”, añadió.
De acuerdo con la especialista, los consumidores de este contenido suelen llevar una doble vida, ocultando sus tendencias a familiares y amigos. Un ejemplo de ello es Zhang, un hombre chino de 25 años que admitió a CNN que gasta miles de dólares en videos de tortura de gatos, describiendo su fetiche como algo “más difícil de abandonar que los cigarrillos”.
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El trabajo de los activistas también implica riesgos personales, por ejemplo, Phaedra, una defensora de los derechos de los animales en Estados Unidos, ha sido blanco de amenazas de muerte y violación tras exponer contenido gráfico en redes sociales. Algunos abusadores incluso crearon pornografía deepfake utilizando su imagen y amenazaron con dañar a su familia y mascotas. A pesar de ello, Phaedra y otros activistas continúan su labor, convencidos de que la exposición de estas prácticas es esencial para generar un cambio.
Chen, por su parte, ha buscado ayuda médica para sanar los estragos que su labor ha dejado en su salud mental, pero afirmó que “seguirá conectándose todas las noches porque cada video repugnante lo acerca más a un posible arresto”. Dijo que seguirá observando con la esperanza de terminar con la depravación, porque “alguien tiene que hacerlo”.
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Exigencias en materia de protección animal

De acuerdo con Lara, los participantes en estas redes suelen ser hombres que se sienten marginados socialmente y encuentran en el maltrato animal una forma de canalizar su frustración. Algunos de ellos, identificados por CNN como “incels” (célibes involuntarios), obtienen placer al infligir daño a animales que suelen ser queridos por las mujeres, como los gatos.
Un caso particularmente perturbador ocurrió en 2024, cuando una red de tortura atacó la aplicación china Street Cat, que transmite en vivo imágenes de gatos callejeros y de refugios. Según Chen, un voluntario encubierto que colabora con activistas, los servidores de la aplicación fueron hackeados para obtener las ubicaciones de los animales. Posteriormente, se ofrecieron recompensas a quienes capturaran, mutilaran y exhibieran los restos de los gatos frente a las cámaras de transmisión en vivo.
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En Estados Unidos, las investigaciones han revelado conexiones entre estas redes de tortura animal y grupos extremistas, como el grupo neonazi The Eternal Reich, que opera en Telegram y cuenta con más de 600 miembros. Este grupo combina contenido de maltrato animal con videos de abuso hacia mujeres y publicaciones de ideología de extrema derecha.
Las plataformas de redes sociales han sido objeto de críticas por no tomar medidas suficientes para frenar la proliferación de este contenido. Según Lara, los videos de tortura se comparten en plataformas como Telegram, X, Instagram y Facebook, y los consumidores suelen ser captados mediante mensajes directos.
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Aunque algunas empresas tecnológicas han implementado políticas para eliminar contenido violento, los activistas consideran que estas medidas son insuficientes, pues incluso si, por ejemplo, un portavoz de Telegram afirmó que cualquier grupo o usuario que distribuyera contenido violento sería eliminado, los activistas insisten en que la falta de una estrategia cohesiva dificulta abordar el problema de manera efectiva.
Según Chen, la censura en China se centra en contenido político y pornográfico, mientras que el maltrato animal recibe poca o ninguna supervisión. Aunque los medios estatales han informado sobre casos de abuso hacia gatos, los responsables rara vez enfrentan consecuencias legales.
Al respecto, Peter Li, profesor asociado de la Universidad de Houston-Downtown y especialista en políticas chinas, señaló que, aunque se han presentado propuestas para establecer leyes contra la crueldad animal, estas no han avanzado debido a preocupaciones sobre su impacto en la industria agrícola y la falta de interés cultural en el bienestar animal entre generaciones mayores.
No obstante, el creciente número de mascotas en China, principalmente en áreas urbanas, ha traído como resultado la presión para legislar sobre la protección de los animales, especialmente por parte de los dueños más jóvenes de animales de compañía.
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