No sabemos mucho de Jorge Gorini. Se trata de un juez que no da entrevistas personales, que evita la exposición y prefiere, en su lugar, hablar a través de las sentencias. Sin embargo, todos, de algún modo, lo conocemos.
Una búsqueda rápida de su nombre arroja resultados que reconstruyen las últimas dos décadas de la historia judicial de nuestro país: su firma figura en causas como la tragedia aérea de LAPA, juicios de lesa humanidad en centros clandestinos, la condena a Reynaldo Bignone, el encubrimiento del atentado a la AMIA, la tragedia ferroviaria de Once, Vialidad, INDEC y Skanska.
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En esta entrevista, la segunda entrega de Sr. Juez, un ciclo semanal dedicado a explorar las experiencias, pasiones y dilemas que moldean el pensamiento de los jueces más importantes del país, conocemos, en cambio, a un Gorini autoexigente y metódico, un docente hijo de docentes, un deportista, un hincha de River Plate y un padre de cuatro hijos. Habla, entonces, por primera vez en público sobre el costo personal de juzgar al poder, el esfuerzo y la disciplina y sobre lo que el boxeo le enseñó sobre la vida, este Jorge Gorini.
—Usted es quizá uno de los jueces más reservados en este país. Habla a través de sus sentencias, pero no lo escuchamos hablar públicamente como está haciendo ahora. ¿Es una decisión ese perfil bajo o es un rasgo de carácter?
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—No, es una decisión personal. Asumo que el protagonismo tiene que pasar por mi actividad profesional. No soy yo el protagonista, sino el servicio de justicia que presto. Por eso es cierto lo que decís. No me he prestado nunca a entrevistas personales. Probablemente, no se sepa demasiado de mí y tal vez la gente se haga una construcción de mi persona distorsionada a partir de lo que mediáticamente pueda trascender.
—¿No cree que los jueces deberían hablar con la gente, ser más visibles?
—Sí, me parece que sí. Lo hago en el ámbito más íntimo de mi círculo social, donde busco que la gente me conozca, incluso en la docencia. Vos sabés que a partir del ejercicio de la docencia, yo empecé a dar clases hace treinta años y en un principio lo hice animado por un propósito de capacitación personal, de mantenerme siempre actualizado. Y hoy resignifiqué lo que es la docencia para mí. Los últimos años, en particular, lo hago como principal motivación, justamente tomando contacto con chicos jóvenes, estudiantes de abogacía, que puedan desmitificar la idea preconcebida que tengan de un juez, que en el ideario puede figurar como una persona relativamente inaccesible, con anteojos oscuros, que se mueve acompañado. Y que tengan contacto con un juez como profesor en la clase, que puedan interactuar con él, me parece que es una forma también de acercar los jueces a los ciudadanos y a las familias, porque ese chico o esa chica cuando vuelve a su casa, compartiendo la cena familiar o el domingo después del almuerzo, comentando en qué anda cada uno, probablemente diga: “Vos sabés que tuve de profesor a fulano de tal”, en mi caso, Jorge Gorini, y dar su impresión, que probablemente va a ser mucho más cercana que la que previamente pudo haber construido a partir de lo que pueda leer en los diarios o en los medios, a partir de mi trabajo, justamente.
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—¿Siempre soñó con ser juez?
—No. Vengo de una familia donde no había abogados, mis padres docentes, mi mamá maestra de grado, mi papá docente universitario y de colegio secundario. Tampoco fue mi primera opción estudiar abogacía. Cuando terminé quinto año, estaba desorientado en cuanto a qué carrera seguir. Estaba inclinado a la parte humanística. Cuando me decidí finalmente a estudiar abogacía, sin tener muy claro hacia dónde me iba a orientar, si al ejercicio profesional, si a la magistratura, si hacia la docencia, si a la investigación, fui descubriendo sobre la marcha y a medida que fui avanzando en la carrera, mi verdadera vocación. A poco de haber ingresado a la facultad, me di cuenta que había acertado con la carrera y estaba muy entusiasmado con el derecho. Después, a partir de un compañero mío de facultad de aquel momento, que era meritorio y lo nombran pinche, que así le llamamos al primer cargo del escalafón judicial, deja su vacante de meritorio y me propone conseguirme una entrevista con su secretario para ver si podía postularme a esa vacante de meritorio, que era una modalidad de ingreso habitual en la justicia, trabajando gratis, de manera indefinida y a la espera de que se genere una vacante. De esa manera, uno verificaba si tenía verdadero gusto por ese tipo de trabajo y a su vez, los jefes verificaban si uno tenía condiciones para ese trabajo. Este amigo me gestiona esa entrevista. Al día siguiente me dice: “Te esperan mañana”. Fui sin saber qué me iba a encontrar ni a qué fuero iba a ir. Resultó ser un juzgado de instrucción de capital. Esa entrevista me fue bien, me tomaron como meritorio. Empecé así mi carrera judicial y descubrí en mí una vocación que ignoraba que tenía. Me veo con veinte años subiendo las escalinatas del Palacio de Tribunales, que por otra parte, ediliciamente me sedujo porque es una belleza de lugar, y diciéndome a mí mismo: “Yo entro a meritorio, pero me voy a ir juez de acá”. Fantasía de un chico que recién empieza. Nunca me costó trabajar, me enamoré del trabajo, me destaqué casi naturalmente, por el propio gusto que sentía por el trabajo, no me representaba mucho esfuerzo. Así transité mi carrera judicial y sigo de luna de miel con el trabajo.
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—¿Qué veía en los jueces que le atraía?
—En ese momento, cuando ingresé, era un poder judicial totalmente diferente al que es hoy. Lo que más me sedujo fue el ambiente y la tarea que se desarrollaba en esa época. Empecé en el fuero penal, en la justicia de instrucción donde yo estaba, con un código de procedimientos inquisitivo, muy marcada la autoridad del juez de instrucción en particular. Había un dicho en ese momento que decía: “Dios en el cielo y en la tierra, el juez de instrucción”, para dar una dimensión del poder que tenía esa persona. Empecé a involucrarme con los sumarios que llegaban, las situaciones de vida que había detrás de cada sumario. Venía por policía, con denuncias, con delitos. Me sedujo por ese lado y después me fui involucrando a medida que fui progresando en la carrera desde distintos lugares. Es como un noviazgo. Uno se aproxima a una persona porque siente algún tipo de afinidad y a medida que la va conociendo se va enamorando. Lo mismo me pasó a mí. A medida que fui avanzando, me fui enamorando cada vez más del trabajo en la justicia.
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—¿Cómo llegó de meritorio a juez?
—Estuve prácticamente un año con cierta incertidumbre de cuándo se podía producir esa vacante que finalmente me incorporara a ese escalafón judicial. Un secretario me dijo en su momento, cuando empecé, que como meritorio uno es el NN de la justicia, un ignorado total. Así empecé como meritorio hasta que se produjo una primera vacante para la cual me convocaron. Me convocó un fiscal que había sido recientemente designado como juez de instrucción y a quien yo iba a notificar todos los días y me conoció de esa manera. Cuando asume como juez se le genera una vacante y me manda a llamar. Ese día no lo olvido más, porque era un día de lluvia torrencial. Había salido a notificar y llevar expedientes, porque empecé haciendo un trabajo de ordenanza, la ordenanza del juzgado era una señora mayor, así que la suplía yo en ese tipo de tareas. Cuando llego, época precelulares, me dicen que me estaba buscando este juez para una entrevista y yo estaba empapado. Tuve que pedir el saco a un compañero, la corbata a otro y fui. Era para proponerme esta designación en el primer cargo. A partir de ahí transité todos los cargos de empleado en la justicia de instrucción de capital hasta llegar al cargo de secretario, un cargo que me enamoró. Fui diez años secretario del Juzgado de Instrucción. Aprendí muchísimo, le di todo. Después fui dos años defensor oficial del Poder Judicial de la Ciudad de Buenos Aires por concurso. En paralelo, venía transitando el concurso para Juez de Instrucción, que para mí en lo personal era el cargo con el que siempre había soñado, porque después de haber empezado como meritorio, habiendo sido empleado, después de diez años de secretario, llegar a ser juez de instrucción por concurso era coronar. En ese concurso quedé primero en orden de mérito y salí designado juez de instrucción. Esa fue mi primera designación como juez.
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—En 2011 llega al Tribunal Oral Federal en el que se encuentra en este momento. Estaría cumpliendo unos quince años en ese cargo. ¿Qué implica ser juez de TOF?
—En 2011 juré como juez titular del Tribunal Oral Federal Nº 2, en el cual me desempeño, pero desde el 2005 venía subrogando en otros tribunales. Tengo experiencia como juez de Tribunal Oral Federal desde 2005. Cumplo veinte años de juez de Tribunal Oral Federal. Lo que veo como juez y que siempre vi en el juez de juicio es que se despliegan la totalidad y la plenitud de las potencias de un juez. El juez de la instancia de primera instancia investiga, establece una semiplena prueba de la acreditación de hechos y responsabilidades de los eventuales imputados. Y es en el juicio donde finalmente el tribunal, los jueces, disponen y resuelven la condena o la absolución de una persona. Y en el caso de condenar, establecer y fijar la pena. Ahí es donde se baja el martillo y se concentra la plenitud de las potencias del juez.
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—Y le ha tocado en estos últimos años estar a cargo y tomar decisiones sobre algunos de los casos más importantes de este país.
—El último gran caso de trascendencia política institucional me colocó en un nivel de exposición superior al que tenía. Si miro en retrospectiva mi carrera judicial, empecé con otros juicios que me fueron preparando para afrontar lo que finalmente fue un caso de alta exposición. Como juez de juicio, fui juez del tribunal que llevó adelante el juicio del APA, una tragedia aérea tremenda que en su momento me pareció el juicio más importante que había tenido. También estuve en el juicio de encubrimiento del atentado a la AMIA, en la tragedia ferroviaria de Once, en muchos juicios de lesa humanidad. Cuando llegó el juicio de Vialidad, que me tocó protagonizar, ya estaba preparado y todas esas etapas previas me fortalecieron para poder afrontar un juicio de alta exposición y de alta responsabilidad de una manera más natural. La presión siempre existe porque uno no puede desentenderse del contexto y las decisiones que toma trascienden la esfera del juicio en sí mismo en este tipo de casos, porque tienen una repercusión político-institucional importante. Pero lo nuestro es profesional. Hay que saber abstraerse de ese tipo de condicionamientos y actuar dentro de la ley. Siempre digo que cuando uno se mueve dentro del código procesal, se mueve en zona segura. No hay que hacer nada raro, simplemente cumplir la ley.
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—¿Pesa distinto juzgar a una persona con mucho poder?
—No, asumo con total responsabilidad lo que es el caso de un ciudadano no conocido que una persona con relevancia mediática. El nivel de exposición que uno asume cuando resuelve un caso de trascendencia lo coloca en un lugar donde va a estar sometido a la crítica, el aplauso y probablemente la disconformidad de todos. Pero en el caso individual del ciudadano de a pie que tiene un conflicto con la ley penal, una víctima de un delito que acude al sistema de justicia en procura de defensa de sus intereses y sus derechos, me representa el mismo nivel de dedicación. Siempre digo que pongo toda mi energía, toda mi capacidad, toda mi inteligencia, al servicio de lo que hago en todos los casos. No es una frase hecha. Soy autoexigente. Esa autoexigencia se traslada a mi entorno de trabajo, pero asumo que mi error es inadmisible y hago todo lo posible para que el error no se produzca. Mi error es injusticia. No hay margen de error. No es que lo corrijo y lo enmiendo. Me concentro intensamente en todo lo que hago. Probablemente me equivoque más de lo que deseo y que el error sobrevuela en todas las actividades, pero tengo la tranquilidad de conciencia de poner todo de mí para que eso no ocurra. Duermo tranquilo. Siento que pongo todo de mi parte para hacer lo que tengo que hacer y hacerlo bien. No me reprocho nada. Me brindo en todas mis posibilidades para hacer bien lo que tengo que hacer. Siempre cuento una historia cuando se habla de esto. Digo: estando donde te toque estar, haciendo lo que te toque hacer, hacelo bien. Y eso en algún momento de mi vida alguien me lo comentó, lo hice carne, lo llevo adelante en prácticamente todas las actividades personales de mi vida privada también. Hay una anécdota que a mí me marcó mucho, se la cuento siempre a mis hijos, que tengo cuatro, que es la historia de un general griego, Epaminondas, que era muy popular entre su pueblo porque había vencido a los espartanos y eso le había generado una popularidad enorme. El pueblo lo quería, pero eso despertó el celo y la envidia de los gobernantes, que para humillarlo lo pusieron a barrer las calles de Tebas, para degradarlo y ponerlo en exposición frente a una tarea que en principio no estaba a la altura de esos éxitos militares que le habían generado la popularidad que tenía. Y también hay historia diciendo que las calles de Tebas nunca estuvieron tan limpias como cuando las barrió Epaminondas. Entonces, hagas lo que hagas, estés donde estés, hacelo bien.
—¿Qué aprendió en todos estos años sobre cómo funciona el poder?
—El poder tiene distintas aristas y manifestaciones. Entiendo que te referís al poder político, supongo, pero el poder se ejerce de mil maneras. Al poco tiempo de empezar mi carrera judicial me di cuenta que ejercía progresivamente cuotas de poder. Cuando mi secretario, siendo yo pinche, me decía: “Llamá al comisaría y decile al comisario tal cosa”, y yo lo hacía y el comisario me hacía caso, estaba ejerciendo un acto de poder. Cuando empecé a tomar mis primeras declaraciones como empleado, que eran los casos más sencillos, y yo preguntaba y esa persona me respondía lo que yo le preguntaba, estaba ejerciendo poder. Eso va progresivamente incrementando, porque es gradual, hasta asumir mayores dosis de poder, pero se va naturalizando porque es parte de lo tuyo. Siempre digo que en mi caso el poder es absolutamente instrumental. No tengo un poder por mí mismo, porque me lo merezco como Jorge Gorini, sino que es en función de hacer bien lo que tengo que hacer. Es para eso. Después, el poder político y la dinámica política la leo, no soy un experto, la percibo, no soy un experto, tiene dinámicas propias. A veces siento que el Poder Judicial habla en un lenguaje y la política habla en otro. Es como dos bandas. Vos hablas en AM y te hablan en FM. Son como canales de comunicación distintos, que hay que saber decodificar y entender para poder acercarse, pero son diferentes.
—¿En qué son diferentes?
—Porque los objetivos son diferentes, los propósitos son diferentes. Nosotros no tenemos especulaciones electorales, no tenemos intereses por fuera de no hacer bien lo que tenemos que hacer. Al no tener intereses compartidos, probablemente a pesar de que confluyamos en determinado punto, las veredas son distintas y las perspectivas son diferentes, y de ahí que las decisiones pueden no coincidir.
—¿Cree que en Argentina naturalizamos algunos comportamientos?
—Sí, me crié escuchando que había siempre impunidad de los poderosos, como que había tolerancia hacia los delitos de guante blanco, como que no se percibía tan negativamente un acto de corrupción como un delito callejero común. Había cierta tolerancia y eso creo que con el tiempo fue cambiando. Hay que intensificar ese cambio. Hoy percibimos como sociedad que los delitos de corrupción en realidad son tanto o más graves que un delito común, callejero. Siempre digo lo mismo: por un acto de corrupción a lo mejor derivan cien delitos callejeros. Lograr esa conexión entre el acto corrupto que nos afecta a todos, pero como nos afecta a todos, no nos afecta a nadie, que contra el robo particular, que a vos te rompen una ventanilla del auto, te sustraen algo y la víctima sos vos, lo sentís como una afectación directa. La otra parece más distante. Hoy siento que empezamos a dimensionar la trascendencia de los delitos de corrupción y de qué manera se reflejan y terminan impactando en el cuerpo social, en su conjunto.
—¿Puede pasar tiempo con sus hijos?
—Sí, dentro de todo comparto bastante. Los cuatro han practicado deportes y los acompañé siempre en cada una de sus actividades. Tengo una experiencia con respecto a eso. El primero, cuando empezó su salita de dos en jardín, fue mi mujer a acompañarlo y yo era secretario en un juez de instrucción en ese momento con mucho trabajo. No fui. El primer día de colegio no fui. Cuando vuelvo a casa me comenta: “No sabés qué lindo que estuvo. Mi hijo pasó a la bandera, llamaron a los chicos, el que quisiera se animó y pasó a la bandera”. Y me lamenté tanto no haber estado, que si ahora me preguntás qué fue lo que hice por lo que no estuve ese momento, no me acuerdo. De haber estado, probablemente no lo hubiera olvidado. A partir de eso cambié la cabeza y decidí no perderme nada. Todos los actos escolares estuve. Cada vez que hubo convocatoria para padres, estuve. Durante los fines de semana en las prácticas deportivas de los chicos siempre estuve y he compartido. La cena familiar siempre fue de todos juntos, así que de alguna manera se concilia todo.
—¿Tiempo libre?
—El tiempo libre que tengo me gusta, me gustan los deportes, me gusta el aire libre. Tengo dos actividades recreativas dentro de las cuales descomprimo. Con eso libero un poco las tensiones propias de la semana, que son la pesca deportiva y el boxeo, que practico desde chico, que me las presentó mi papá en su momento cuando yo era un nene y que practico desde entonces y que no logré transmitir plenamente a mis hijos porque ninguno pesca y ninguno le gusta el boxeo.
—¿Qué le enseñó el boxeo sobre la vida?
—Cuando se habla ahora de trabajar en el mindfulness, concentración, creo que el boxeo, entre otras cosas, contribuye muchísimo, porque te abstrae absolutamente de todo tu entorno. Estás concentrado en la actividad que desarrollás. No veo dos personas golpeándose, veo mucho más que eso. Veo valores, lealtad, nobleza. Es el único deporte que empieza a las trompadas y termina en un abrazo. Es una esgrima con los puños. Tengo una concepción del boxeo que trasciende lo que puede ver un espectador novato. Es el desafío, la autosuperación, es superar frustraciones. Educa para la vida, porque esos valores que se manifiestan en el deporte, trasladados a la vida personal, son herramientas valiosas. Generalmente, el boxeo se nutre de personas que vienen de sectores socioculturales postergados, y encuentran en el deporte una posibilidad de salida, de prestigio en su entorno y genera vínculos muy fuertes. He conocido campeones que fueron rivales muy acérrimos y uno de ellos me dijo: “Matándonos a trompadas nos hicimos grandes amigos”.

—Fue un aprendizaje de su padre, ¿fue una forma de forjar carácter?
—Estas mismas actividades nos las presentó a mi hermano y a mí. Nos llevó por primera vez al Luna Park a ver una pelea de boxeo. Épocas de Luna Park repleto de gente, sábado a la noche, policía montada, como ir a la cancha. La primer pelea fue entre Manuel González y Esteban Ozuna. Manuel González después peleó por el título del mundo en Japón. Perdió, pero un gran campeón mendocino y Esteban Ozuna, campeón argentino, ya sobre el final de su carrera. Ese entorno del Luna Park repleto de gente y ver la pelea me sedujo enormemente, pero yo tenía menos de diez años, con lo cual no puedo racionalizar demasiado qué fue lo que me despertó el interés por el boxeo en ese momento. Mi hermano, que fue conmigo, sin embargo, no le interesó y no volvió. Y yo quedé fascinado por eso. Después, sigo conectado con el mundo del boxeo todavía. Los guantes no me los cuelgo ni me los pongo desde hace tiempo, muy recreativamente y de vez en cuando. Ya le tengo miedo hasta la bolsa, que me pegue. Empecé como aficionado al boxeo, como espectador de chico, siguiendo la carrera de los grandes boxeadores argentinos que tuvimos, sobre todo en la década del 70, que soy nacido en el 67, así que viví el apogeo de los grandes campeones.
—¿Como quiénes?
—Como Monzón, Galíndez y después mis boxeadores favoritos, que son Gustavo Bayas, Lorenzo García y Ubi Sacco. Los tres pelearon por el título del mundo. Dos llegaron a campeones del mundo, Gustavo Bayas y Ubi Sacco. Lorenzo García, un sanpedrino de una clase estupenda. Invito a los que les interese buscar algún video en YouTube, peleó por el título del mundo. No tenía pegada, no se le dio, pero fue un boxeador estupendo. Empecé como espectador, después lo practiqué como aficionado, llegué a hacer algunas exhibiciones. En la Facultad de Derecho hay un gimnasio de boxeo muy bueno, y lo practiqué relativamente activo hasta que me casé. A mi casamiento vino mi técnico. Después la dedicación profesional y la vida personal me fueron corriendo un poco, pero siempre estuve atraído por el mundo del boxeo y así fue como hice el curso de jurado de boxeo en la Federación Argentina de Box. Empecé como jurado de boxeo amateur, después pasé a ser jurado de boxeo profesional y ahora formo parte de lo que es el Consejo Mundial de Boxeo, en la Junta de Gobierno del Consejo Mundial de Boxeo. Soy jurado también de boxeo internacional. Es una actividad que, por otra parte, no entra en conflicto con mi actividad profesional, porque siempre se desarrolla por la noche y los fines de semana. No tengo ningún tipo de conflicto de compromisos.
—¿Siente miedo?
—Miedo personal diría que no. No soy tampoco un inconsciente. Quien diga que no tiene miedo, miente, porque probablemente todos tengamos miedo ante determinadas situaciones. Me asustan muchas cosas, como a muchos, las enfermedades, el sufrimiento de mi familia, el propio también. El miedo, y ahí voy a lo que en algún momento preguntaste qué me enseñó el boxeo, el miedo podés tomarlo como un potenciador o como un condicionante. Yo trato de que el miedo sea potenciador.
—Uno de sus hijos es abogado, ¿le recomendaría que siga su camino?
—Mi hijo mayor es abogado. Tengo cuatro. El mayor es abogado, la segunda es médica, el tercero estudia arquitectura y el último va para ingeniería nuclear. Todos distintos. El mayor, Franco, está desarrollando una carrera profesional brillante, diploma de honor en la facultad. Es un chico con una capacidad enorme y yo sí, quisiera, pero me parece estupendo que transite su propio camino. No quiero ni ser yo la sombra para él, que le digan: “Yo conocí a tu papá o tu papá, tu papá, tu papá”. Cosa que no estaría ocurriendo, porque ahora me preguntan a mí si soy el padre de Franco. Porque él está desarrollando su propio camino. Pero estaría encantado que lo haga, como que se desarrolle por el camino que él elija.
—¿Cuál podría ser un detractor?
—El camino de la carrera judicial no es una alfombra de pétalos de rosa. Yo mismo sufrí experiencias desalentadoras internamente, dentro de lo que es la justicia, arbitrariedades, postergaciones, todo el mundo las transita en su ámbito laboral. Eso, a su hijo uno quisiera evitárselo, pero entiendo que es parte del camino. Como juez, a él le veo condiciones altísimas y muy marcadas como para ser un excelente juez, pero podría ser excelente en lo que decida. Si quisiera evitarle, le diría que no me gustaría que estuviera, que expusiera su entorno, porque cuando hablábamos hace un rato de las presiones y demás, en términos personales a mí no me preocupa. Estoy preparado. Sí, por supuesto que me duele cuando ese tipo de presiones se traducen en agresiones que me trascienden e impactan en mi círculo familiar, como ha ocurrido, porque me ha pasado de todo.
—¿Amenaza, intimidación?
—Tuve muchas. La primera cuando empecé el juicio del encubrimiento del atentado a la AMIA, que involucraba servicio de inteligencia inorgánico en gran medida. Ahí tuve un ingreso al domicilio muy raro, muy sugestivo, que fue un mensaje para mí, porque en ese edificio donde vivían mis vecinos, a quien habían encontrado, quisieron robarle, la misma persona me dijo: “La impresión que me dio no es que venían a robar, sino que estaban buscando a alguien”. La única persona que podían estar buscando en ese lugar era a mí. Después hubo robo a mi hija, de una manera también muy rara, no un robo al azar o convencional de los muchos que ocurren. Después me pasó de todo, desde que se sustrajeron las declaraciones juradas personales mías, los anexos reservados, hubo doce intentos de acceso ilegítimo a mi base de datos biométrico del RENAPER, con lo cual, si tomás los datos sensibles de la información reservada y los datos biométricos míos, me conformás una falsa identidad y aparezco donde no estuve haciendo lo que no hice. Me pusieron una falsa bomba en mi domicilio, mi hijo menor en ese momento estaba en un campamento del colegio y yo me sentía aliviado. Qué suerte que está lejos, no se entera, pero hoy por hoy los chicos se enteran de todo. Un compañerito le dijo: “Parece que pusieron una bomba en tu casa”. Gran preocupación, mi mujer habló con el colegio, le hicieron saber que se quedara tranquilo, que estaba todo bien. Al día siguiente volvía del campamento. Le mando un mensaje: “Te voy a buscar al colegio”. “No, dejá, papá, no vengas, voy yo”. Capaz que adolescente, le da cosa que vaya el papá, y vino solo, vivimos cerca del colegio. Cuando llega me dice: “Preferí que no vinieras, por un lado, porque te iban a llenar de preguntas”, lo cual era cierto, “pero me asusté mucho cuando bajé del micro y los profesores me dijeron: ‘Te acompañamos a tu casa’”. Pensó que podía encontrarse con algo feo. El mayor, Franco, el abogado, un día saca al perro y se le acerca una persona y dice: “¿Vos sos el hijo del juez?”. Por suerte fue con el mayor y manejó bien la situación, pero pudo haber sido el menor y llevarse un susto grande. El tercero, una vez fue a sacar el registro para manejar, haciendo los controles ahí en Roca, la prueba de manejo, uno de los controles se llama Agustín Luciano, yo soy Jorge Luciano. Dice: “Te llamás igual que un juez de Comodoro Py, ¿tenés algo que ver?”. “No”. “¿Estás seguro? Se llama igual que vos, ¿nunca escuchaste?”. “No”. Y me negó, yo lo cargo con eso, me negó como Pedro al Cristo. Pero detrás de la negación lo que está es que reconocerse hijo mío en ese momento podía representarle algún tipo de situación no deseada. Son cosas que habitualmente uno no, yo no habría negado nunca a mi padre, pero tampoco estuve en una situación como en la que estaba él. Gracias a Dios tengo una estructura familiar de contención muy fuerte. Me considero una persona con un carácter fuerte y soy muy sensible, me emociono fácil, pero lo controlo. Si me preguntás cómo, cada uno tiene mecanismos propios para gerenciar ese tipo de emociones o situaciones. No lo tengo demasiado racionalizado, pero se ve que lo fui elaborando.
—¿Qué lo emociona?
—Un montón de cosas. El amor, la familia, la función que ejerzo me emociona. Descubrí en mí una vocación que ignoraba que sentía. Al poco tiempo de haber ingresado a Tribunales, me proyectaba juez, pero por fuera de eso fue sentir como que se corre un velo y ves con absoluta nitidez qué es lo que querés para vos. Eso me pasó de forma concomitante a conocer a mi mujer. Me puse de novio con mi esposa casi a la par de ingresar a Tribunales. Fue una etapa de revelación. Descubrí en mí una capacidad de amor que tampoco conocía, que fue cuando me enamoré de mi mujer. Había tenido experiencias previas, pero nunca había sentido lo que sentí por ella. Siempre digo que Tribunales y mi mujer me cambiaron la vida para bien. Y para enojo de ella, digo en ese orden.
—Y el fútbol, la música...
—Me gustan los deportes todos. El fútbol, soy hincha de River, soy socio de River, fui con mis hijos a la cancha hasta hace poco, bastante seguido, que por fuera del partido ahora me moviliza más ir al ver el partido acompañando a mis hijos y compartiendo el momento de la ida y de la vuelta y el desarrollo del juego, que por el partido en sí mismo. Resignifiqué ir a la cancha. No es lo mismo ir a la cancha ahora con mis hijos, que lo que era para mí ir a la cancha siendo joven y alentar al equipo. En términos emocionales, las hazañas deportivas me conmueven bastante, porque sé que detrás de cada éxito deportivo hay un esfuerzo enorme y coronarlo con un objetivo tan deseado me conmueve. Lo mismo que la gimnasia artística que practicó mi hija. Hay una ex campeona olímpica brasileña que me gustó lo que dijo en un momento. Ganó una medalla de oro muy importante y dijo: “Yo no le pedí a Dios una medalla, le pedí una oportunidad”.
—Lo moviliza entonces la excelencia.
—Me moviliza cuando la persona se brinda al cien por un objetivo. Esa generosidad en brindarse por un objetivo y sobre todo cuando el objetivo es noble. En un médico que deposita toda su energía, su capacidad, su dedicación al servicio de brindar cura a los demás. En mi función, la dedicación plena a prestar un servicio de justicia con la mayor responsabilidad posible. El esfuerzo individual comprometido me conmueve.
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