
Hoy comienza el Carnaval. “Carnaval” es una de esas palabras que parecen livianas, casi frívolas, pero que cargan siglos de historia, disputas religiosas, tensiones morales y desbordes populares. Detrás del brillo de las lentejuelas, del estruendo de los tambores y de la risa desatada, hay una genealogía profunda que explica por qué esta fiesta existe, por qué está anclada al calendario católico y por qué, con contadas excepciones, no echó raíces en los países que no profesaron históricamente el cristianismo romano.
El Carnaval no es un invento del ocio moderno ni una concesión tardía a la alegría: es, paradójicamente, una válvula de escape diseñada por una cosmovisión religiosa que comprendió mejor que muchas ideologías posteriores la necesidad humana del exceso antes de la abstinencia.
El origen etimológico más aceptado de la palabra Carnaval remite al latín medieval carne levare o carnem levare, es decir, “quitar la carne”. No se trata de una metáfora poética sino de una instrucción concreta: despedirse de la carne antes del tiempo de ayuno. En la Europa cristiana, la carne era el símbolo del goce corporal, del exceso y del placer, aquello que debía ser restringido durante la Cuaresma. El Carnaval, entonces, se convirtió en el último gran banquete antes del desierto espiritual. En cualquiera de los casos, el concepto está indisolublemente ligado a la disciplina litúrgica católica y a su calendario.
La Iglesia no inventó el deseo de celebrar, pero sí lo organizó. Mucho antes del cristianismo existían fiestas paganas de inversión del orden, como las Saturnales romanas o las Dionisíacas griegas, donde los esclavos se vestían de señores, el vino corría sin medida y las normas se relajaban. El cristianismo primitivo, lejos de erradicarlas por completo, las resignificó. San Agustín, que conocía bien los abismos del deseo humano, advertía que la represión absoluta no conduce a la virtud sino a la hipocresía (San Agustín, Confesiones). El Carnaval, en ese sentido, fue una concesión estratégica: permitir un tiempo acotado de desborde para luego exigir recogimiento y penitencia.
Por eso el Carnaval es inseparable del Miércoles de Ceniza, que marca el inicio de la Cuaresma. Ese día, el sacerdote traza una cruz de ceniza en la frente de los fieles y pronuncia una frase que resume la teología cristiana de la finitud: (Génesis 3,19) “Memento homo quia pulvis es et in pulverem reverteris” (recuerda hombre que eres polvo, y en polvo te convertirás). La ceniza proviene, simbólicamente, de la quema de los ramos del Domingo de Ramos del año anterior, cerrando así un ciclo litúrgico perfecto. La fiesta termina de golpe. Donde hubo música, silencio; donde hubo color, gris; donde hubo carne, ayuno. El contraste no es casual: sin exceso no hay penitencia significativa, sin ruido no hay silencio verdadero.

La Cuaresma dura cuarenta días, número cargado de simbolismo bíblico: los cuarenta días del diluvio, los cuarenta años del pueblo hebreo en el desierto, los cuarenta días de ayuno de Jesús antes de su vida pública (Mateo 4,2). El Carnaval se ubica, entonces, como la antesala de ese tiempo de prueba. No es una fiesta contra la religión, como a veces se la presenta, sino una fiesta profundamente religiosa, incluso en su aparente irreverencia. Mijaíl Bajtín, en su estudio sobre la cultura popular medieval, explicó que el Carnaval no niega el orden, sino que lo suspende para reforzarlo luego (Bajtín, La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento).
Esta raíz católica explica por qué el Carnaval no se celebra, o se celebra de manera marginal en países que no tuvieron una matriz católica fuerte. En las naciones de tradición protestante, especialmente las influenciadas por el calvinismo y el puritanismo, la lógica es opuesta. Allí no hay concesión al exceso previo a la penitencia, porque la ética protestante desconfía del desborde como camino a la redención. Max Weber lo explicó con precisión: el protestantismo tiende a una moral de autocontrol permanente, no a una alternancia entre exceso y abstinencia (Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo). Por eso en países como Inglaterra, Alemania del norte o Estados Unidos, (en los Estados Unidos solo en New Orleans se celebra con gran entusiasmo, porque era una colonia francesa, por tanto, católica) el Carnaval nunca tuvo el arraigo popular que sí alcanzó en Italia, España, Francia o América Latina.
Donde sí hay Carnaval, hay también catolicismo, incluso cuando la práctica religiosa haya disminuido. Brasil es el ejemplo más citado. El Carnaval de Río de Janeiro, hoy convertido en un espectáculo global, nació como una fiesta popular vinculada al calendario litúrgico portugués y a las cofradías religiosas. Con el tiempo incorporó elementos africanos traídos por los esclavos, especialmente el ritmo, la percusión y la corporalidad, pero nunca perdió su ubicación estratégica antes de la Cuaresma. La samba, que hoy parece sinónimo de Carnaval, fue durante décadas perseguida por considerársela inmoral, hasta que fue finalmente aceptada como expresión cultural nacional.

Muy distinto es el Carnaval de Venecia, que parece moverse en otro registro simbólico. Allí no hay cuerpos desnudos ni percusión ensordecedora, sino máscaras, terciopelos, encajes y un silencio elegante. El Carnaval veneciano nació en la Edad Media como un espacio de anonimato social: bajo la máscara, el noble y el plebeyo eran iguales. La inversión no era corporal sino social. La máscara permitía transgredir sin consecuencias, amar sin nombre, hablar sin rango. Mientras Río celebra el cuerpo, Venecia celebra la identidad suspendida. Ambos carnavales cumplen la misma función de inversión del orden, pero lo hacen desde tradiciones culturales radicalmente distintas.
En América Latina, el Carnaval adquirió una riqueza particular porque se encontró con culturas originarias que ya tenían sus propios rituales de celebración ligados a la tierra, la fertilidad y el ciclo agrícola. En Argentina, esa diversidad se expresa con claridad. El Carnaval del norte, especialmente en Jujuy y Salta, está profundamente atravesado por la cosmovisión andina. El desentierro del diablo, figura central del Carnaval jujeño, no remite al demonio cristiano sino a una deidad ambigua, ligada a la Pachamama y a la energía vital. El Carnaval allí no se entiende sin la tierra, el maíz, la chicha y el cerro. Aunque se celebre en fechas católicas, su corazón es prehispánico: la harina, él talco y la albahaca son remedos de la cosmovisión de los andes.
En el litoral argentino, en cambio, el Carnaval está marcado por la influencia afrobrasileña y por la inmigración europea. Corrientes y Entre Ríos desarrollaron carnavales de comparsas, con desfiles organizados, competencia estética y una fuerte impronta musical. Allí el Carnaval se parece más a Río que a la Quebrada de Humahuaca, aunque conserve rasgos propios. La lógica del espectáculo, del jurado y del corsódromo responde a una modernización de la fiesta que la vuelve turística y económicamente relevante, pero que también la aleja de su dimensión ritual original.

En el centro del país, especialmente en Buenos Aires, el Carnaval tuvo una historia intermitente. Durante el siglo XIX y principios del XX, los corsos barriales eran espacios de encuentro popular, con murgas, disfraces y sátira política. La murga porteña, con su bombo y sus letras críticas, es heredera directa del espíritu carnavalesco medieval: burlarse del poder, invertir el discurso, reírse de lo solemne. No es casual que las dictaduras hayan intentado prohibir o vaciar el Carnaval: el desorden simbólico siempre incomoda al orden autoritario. Recién en 2010 el Carnaval volvió a ser feriado nacional en Argentina, restituyendo una tradición que nunca había desaparecido del todo, pero que había sido marginada.
Todas estas formas distintas comparten, sin embargo, una misma estructura profunda: el Carnaval es un tiempo fuera del tiempo, un paréntesis en la vida ordinaria. Es la risa antes del silencio, el vino antes del ayuno, la máscara antes de la ceniza. En un mundo que tiende a la homogeneización cultural, el Carnaval sigue recordando que la identidad se construye también en el exceso y en la pausa, en el grito y en el recogimiento. Tal vez por eso, incluso en sociedades cada vez más secularizadas, el Carnaval persiste. No porque se haya olvidado su origen religioso, sino porque ese origen toca una verdad antropológica difícil de erradicar: el ser humano necesita celebrar para poder después disciplinarse, necesita desbordar para poder luego volver al cauce.
Los rituales de liminalidad no destruyen la sociedad, la regeneran. El Carnaval es, en ese sentido, una pedagogía del caos controlado. Y el Miércoles de Ceniza, su recordatorio final: después de la risa, el polvo; después de la música, el silencio; después del Carnaval, la Cuaresma. Esa tensión, lejos de ser una contradicción, es el corazón mismo de una tradición que, desde hace siglos, sigue encontrando nuevas formas de decir lo mismo.
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