
Todo el mundo decía que fue una orden de Al Capone, pero nadie pudo probarlo. La fecha fue aleatoria, porque los ejecutores nunca pensaron que ese día, el 14 de febrero de 1929, era el de los enamorados, el de San Valentín. Era un jueves como cualquier otro y todavía nadie imaginaba que otro jueves de ese mismo año, pero de octubre, se produciría el crack financiero que iniciaría la Gran Depresión. La Ley Seca seguía vigente en los Estados Unidos y Chicago estaba en llamas por la guerra de grupos mafiosos que se disputaban el negocio del alcohol.
No era raro que hubiera muertos a balazos – o degollados, que también los había - en las calles, en los tugurios o en las peluquerías de Chicago, y la policía miraba para otro lado, que para eso se le pagaba. Pero siete de un saque, en una emboscada tramposa, con asesinos uniformados de policías, fue demasiado. Cayeron, se diría, como chorlitos, porque se dejaron fusilar creyendo que era uno más de los simulacros que, a veces, armaba la policía de la ciudad para mostrarle al público que combatía el crimen. Los detenían, los tenían un rato en las comisarías, los largaban y dale que va.
Que fuera un 14 de febrero les dio un título a los anales del crimen estadounidense, porque pasó a la historia como la Matanza de San Valentín. No fue de tarde ni de noche, las horas adecuadas para los encuentros de los enamorados – y también para los crímenes -, sino en una mañana fría y, para peor, en el oscuro y mugriento escenario de un taller que en los papeles se conocía como SMC Cartage Co., una compañía totalmente legal que en realidad funcionaba como tapadera del jefe de una de las familias mafiosas de Chicago, George ‘Bugs’ Moran. El apodo del tipo no lo favorecía, que si se traduce es “bicho”, pero era hombre de temer.

Para entonces ‘Bugs’ era el único rival que le quedaba a Alphonse Capone en la disputa del poder mafioso en Chicago. Tanto es así que solían juntarse a comer pasta y tratar de negociar territorios, pero ninguno estaba dispuesto a ceder. Como se dijo, a Moran se lo apodaba “Bicho” y a Capone todos lo llamaban, con el debido y temeroso respeto, “Caracortada” (Scarface) por las cicatrices que le atravesaban el rostro.
Capone en Chicago
Cuando Al Capone llegó a Chicago, en enero de 1920, ya tenía los tres tajos en la cara que le dieron su apodo. Eran heridas de cuchillo que le había perpetrado su amigo Frank Gallucio una noche en que Alphonse se había propasado con su hermana. Los dos eran culatas de dos mafiosos de Brooklyn, Frankie Yale y Tony “El Malo” Torelli. No se mataron esa noche de armas blancas y después Yale los obligó a amigarse, porque en las familias así se arreglaban las cosas.

Capone se fue de Nueva York porque, sospechoso de una o dos muertes, Yale no podía protegerlo. Sin embargo, no lo dejó en banda, sino que lo envió a Chicago, donde lo esperaba quien había sido su iniciador en el mundo del crimen, Johnny Torrio, que también tenía negocios en esa ciudad. Era un recién llegado ahí cuando, el 17 de enero de 1920, el día que cumplía 21 años, la Enmienda XVIII a la Constitución de los Estados Unidos estableció lo que pasaría a la historia como la “Ley Seca”, que prohibía a los norteamericanos el consumo de alcohol.
Torrio vio la veta y, secundado por el joven Capone, montó una verdadera cadena de bares ilegales (conocidos como “speakeasies” ), integrada con la red de prostíbulos y casas de juego clandestino que ya tenía en funcionamiento. Para trabajar con tranquilidad compraron a policías y políticos, al mismo tiempo que expandían su territorio gracias a la muerte – adjudicada a Capone, pero nunca probada – del principal rival de Torrio, “Big Jim” Colosimo.

Para 1924 ya eran los dueños de la ciudad. Incluso habían impuesto a su candidato en las elecciones municipales después de una campaña que incluyó el secuestro de varios de sus rivales y el amedrentamiento de votantes. Poco después - tras un atentado en el que salvó milagrosamente la vida - Torrio decidió retirarse y volver a su Italia natal para terminar tranquilamente sus días. Dejó todos sus negocios en manos de quien ya era su consiglieri, Alphonse Gabriel Capone, convertido así en el jefe casi indiscutido del hampa de Chicago. Corría 1925 y el bueno de Al acababa de cumplir 26 años.
Consagrado “capo”, el imperio de Capone siguió expandiéndose. A la red de negocios clandestinos, que ya nadie le disputaba abiertamente, le sumó una serie de negocios legales para lavar sus ganancias, todos ellos a nombre de testaferros que sabían que cualquier traición les costaría la vida. Así “Scarface” también buscó convertirse en un ciudadano respetado, que participaba de actividades sociales y destinaba grandes sumas a la beneficencia. Solamente en tres ocasiones intentaron disputarle la jefatura de la mafia de Chicago, dejándolo fuera de juego. A los que se atrevieron les costó muy caro.
Todas las bandas de la ciudad se le habían sometido, a excepción de dos que pretendían tener todavía cierta autonomía, la de Joe Aiello y la de “Bugs” Morán. El grupo de Aiello fue masacrado de manera vertiginosa: en menos de un mes los hombres de Capone mataron a todos sus miembros. A “Scarface” solo le faltaba destrozar a la banda de Moran para quedarse con todo.
San Valentín
La mañana de ese jueves de los enamorados, un grupo de entre cuatro y cinco hombres - tres de ellos vestidos de policía- se bajó de un gran Cadillac negro frente al garaje de SMC Cartage Co., el aguantadero de Moran. Allí había un grupo de siete hombres, de los cuales seis eran matones de la banda de ‘Bugs’ y el restante un mecánico. Los capangas vestían de traje, el mecánico estaba enfundado en un overol. Con esas ropas ensangrentadas los encontrarían muertos.
Los matones de Moran tenían armas como para una guerra, pero ni siquiera atinaron a usarlas porque creyeron que era un operativo de los tantos que hacía la policía de Chicago contra la mafia para guardar las formas. Por eso tampoco opusieron resistencia cuando los hombres vestidos de policía les ordenaron que se alejaran de las ventanas y las puertas, y se pusieran manos arriba contra la pared. Creyeron que iban a cachearlos, como en un simulacro más, pero no fueron manos las que los tocaron sino balas de ametralladoras que les atravesaron los cuerpos. Fue un fusilamiento.

Todo ocurrió en minutos, donde hubo disparos y gritos, y los asesinos huyeron en el Cadillac creyendo que habían matado a todos, salvo al perro del mecánico, al que le perdonaron la vida porque no podía hablar. Sin embargo, los primeros testigos en llegar al lugar encontraron a uno de los matones de Moran todavía vivo pero agonizante. Se llamaba Frank Gusenberg y solo pudo pronunciar cuatro palabras antes de morir: “It was the cops” (fueron los policías), dijo y ya no respiró. Eso terminó de servir para encubrir todo. Moran nunca se repuso del golpe que significó la pérdida de sus mejores hombres y perdió gran parte de su poder.
En Chicago era un secreto a voces que Capone había ordenado la matanza, pero “Scarface” ni siquiera estaba en la ciudad, sino que había viajado oportunamente a Florida para descansar con su familia en su mansión. Las miradas de los investigadores se enfocaron entonces en uno de sus lugartenientes, Jack ‘Machine Gun’ McGurn, pero tampoco pudieron probarle nada.
Un crimen no resuelto
Perpetrada la matanza de San Valentín, a Capone no le quedaron rivales en Chicago, pero sí algunos miembros molestos dentro de su propia organización. Lo solucionó: menos de tres meses después de los fusilamientos del taller, “Scarface” decidió utilizar sus propias manos para acabar con una traición, al descubrir que sus cercanos colaboradores John Scalise, Albert Anselmi y Joseph Giunta planeaban eliminarlo. Los citó a una reunión con otros jefes y los mató delante de todos aplastándoles las cabezas contra la mesa un bate de beisbol. Los cadáveres de los tres traidores aparecieron en un camino solitario de Indiana el 8 de mayo de 1929.
Nadie más le disputaría a “Scarface” su reinado. Por entonces, se calculaba que había amasado una fortuna de 125 millones de dólares y que cargaba con más de cien muertos. Sin embargo, la matanza provocó que el gobierno lo pusiera en la mira. “Los últimos tres años antes de la matanza, Capone había sido el gánster más famoso de los Estados Unidos, pero lo de San Valentín realmente molestó a mucha gente. Hizo parecer que el país estaba fuera de control, que las bandas estaban dirigiendo las ciudades, y Capone se volvió el objetivo”, explicó el biógrafo de Capone Jonathan Eig en una entrevista con la BBC.
Fue a partir de la masacre perpetrada el 14 de febrero de 1929 que el FBI y otras agencias federales de los Estados Unidos comenzaron a investigarlo con la intención sacarlo de la escena. Nunca pudieron probar que tuviera relación con esos ni con otros asesinatos y solo pudieron encarcelarlo por evasión de impuestos. Lo condenaron a 11 años de prisión, pero fue liberado cuando había cumplido sólo seis años y cinco meses de condena, debido a su precario estado de salud. Estaba al borde de la demencia a causa de una sífilis contraída en la adolescencia y nunca tratada.
Alphonse Gabriel Capone murió de un derrame cerebral en la bañera de su casa de Florida el 25 de enero de 1947 sin reconocer jamás su responsabilidad en un asesinato. Dejó, eso sí, una frase que supera a la de cualquier rufián de novela negra: “Podés llegar lejos con una sonrisa. Pero llegarás todavía más lejos con una sonrisa y un revólver”. O con un grupo de matones disfrazados de policías. Para la justicia estadounidense, la matanza de San Valentín sigue siendo hoy un crimen no resuelto.
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