
Es casi seguro que, educado por los maestros de la corte, Adolfo Federico de Suecia haya leído los cinco volúmenes de Gargantúa y Pantagruel, esos relatos del francés François Rabelais sobre las aventuras de esos dos gigantes que, entre otras cosas, comen con un apetito voraz. Tal vez haya encontrado alguna inspiración en ellos el martes de Carnaval de 1771 cuando se sentó a la mesa. En cambio, es imposible por una cuestión temporal que el monarca pudiera ver La gran comilona, la extraordinaria película de Marco Ferreri donde Marcello Mastroianni, Ugo Tognazzi, Michel Piccoli y Philippe Noiret no paran de comer hasta morir.
La cuestión es que la noche de ese 12 de febrero de 1771, “Martes Gordo”, Adolfo Federico decidió brindarse un banquete pantagruélico, quizás para soportar el ayuno obligatorio que la religión le imponía para el Miércoles de Ceniza, pero se pasó de rosca y se murió. Esa muerte fue lo que le permitió pasar a la historia porque su reinado, al que accedió por una serie de circunstancias fortuitas, era realmente olvidable.
Un rey olvidable
No es una exageración decir que llegó al trono casi por casualidad. La historia es así: el rey guerrero, Carlos XII, murió en 1718 e inmediatamente fue proclamada su hermana Ulrica Leonor como monarca. Por entonces la sociedad sueca la estaba pasando mal, producto de años de guerra, pérdidas territoriales y penurias económicas producto de la pérdida de mercados. En esas circunstancias, el reinado de Ulrica duró apenas un año hasta que, en 1720, imposibilitada de sostenerse en el trono, abdicó en favor de su marido, Federico I de Hesse-Kassel, quien sería rey de Suecia hasta su fallecimiento en 1751. Quedó claro que los suecos preferían ser gobernados por un hombre antes que por una mujer.

Con la muerte de Federico I se planteó otro problema, porque el buen rey no había tenido hijos con Ulrica para continuar la dinastía. Entró a jugar entonces la genealogía, en la que hubo que remontarse hasta Catalina Vasa, hija del rey Carlos IX de Suecia y tatarabuela de Albertina Federica de Baden-Durlach, la madre de Adolfo Federico, nacido en 1710. Así y todo, el trono no le tocaba a él, porque tenía un hermano mayor, Carlos Federico, pero el muchacho tuvo la mala suerte de morirse antes de tiempo. La cuestión es que después de muchas idas y vueltas, entre las que se contaron presiones del imperio ruso, Adolfo Federico fue coronado el 7 de diciembre de 1751.
Sin embargo, una vez que se convirtió en rey fue el Parlamento sueco el que tomó la mayoría de las decisiones importantes. La época de Adolfo Federico como rey fue una era pasiva, tranquila y carente de grandeza. Se lo recuerda sobre todo como un hombre amable al que le encantaba hacer cajas de rapé de madera hechas a mano y, claro, por su amor a la gastronomía. A falta de gestar medidas de gobierno, solía organizar grandes cenas y eventos en el palacio real que incluían una variedad de carnes como venado y varias especies de aves, trufas francesas y las mejores especias de Oriente. En ese sentido, no se privaba de nada y así reinó durante casi veinte años.
La gran comilona
En 1771, el Miércoles de Ceniza cayó el 13 de febrero, marcando el inicio de la Cuaresma. Esto significaba que el 12 de febrero era el Fettisdagen, que se traduce literalmente como “Martes Gordo”, una fiesta tradicional sueca que se celebra justo antes de la Cuaresma y de un extenso período de ayuno. Para festejar, Adolfo Federico, que ya tenía 60 años, organizó un gran banquete en el Palacio de Estocolmo, con un menú en el que no escatimó platos: caviar, langostas, chucrut, arenque ahumado, carne de pato y de venado, todo tipo de verduras y champán, mucho champán, la bebida preferida del monarca. Sentado, como correspondía a su rango, a la cabecera de la mesa, el rey fue engullendo un plato detrás de otro mientras sus invitados trataban a duras penas de seguirle el ritmo.

El momento crucial llegó a la hora del postre. Se sirvió Semla, un tipo de bollo relleno tradicional de la gastronomía nórdica que se servía en un plato hondo con leche caliente, a veces espolvoreado con canela. A Adolfo Federico le gustaban rellenos con crema de almendras y así ordenó que lo prepararan. Ante la atónita pero disimulada mirada de los demás comensales, el rey se comió catorce, uno tras otro, casi sin pausa y después, satisfecho, se despidió para irse a dormir.
Tres horas más tarde despertó con un fuerte dolor de estómago que no le duró mucho porque se murió. La autopsia del médico real dice textualmente: “Su Majestad, poco más de tres horas después de la comida, que fue fuerte y de alimentos constantes, fue atacado por el cólico más violento y espasmos en el abdomen, que con prisa también movieron la cabeza y el cerebro… y de ese modo apretaron juntas las partes indispensables para la vida, y rápidamente concluyeron en una asfixia mortal y una apoplejía serosa perfecta, para el mayor dolor y pérdida de todos los habitantes del Reino sueco."
El médico también detalló que en el estómago del monarca había “restos de comida, en parte derretida, en parte todavía en trozos más pequeños, que no habían empezado a transformarse” y que el “intestino grueso estaba en su mayor parte vacío pero congestionado por gases”.

La glotonería y el hambre
La causa oficial de la muerte ha pasado a la historia como “problemas de digestión”, aunque los historiadores han debatido durante mucho tiempo qué llevó exactamente a su fallecimiento. Visto desde la medicina moderna, nada en el informe de la autopsia constituye una prueba concluyente de que haya sido así. Por alguna razón, al escribirlo, el médico destacó que el monarca llevaba años con no pocos problemas de salud, entre ellos, dolores de espalda, fuertes migrañas, resfríos frecuentes, hemorroides, estreñimiento, diarreas y cólicos, lo que sugiere que podría haber tenido una enfermedad gastrointestinal subyacente. No se puede descartar tampoco que haya muerto de un derrame cerebral o un infarto.
Sin embargo, la noticia de la época fue que Adolfo Federico había comido sin parar hasta morir. En su diario personal, el poeta sueco Johan Gabriel Oxenstierna escribió pocos días después: “La muerte de Su Majestad se produjo por indigestión de semla, chucrut, carne con nabos, langosta, caviar, patito y vino de champán”.
Los restos de Adolfo Federico fueron enterrados en la iglesia de Riddarholmen, en Estocolmo, junto a los de muchos otros monarcas suecos. Su hijo Gustavo, que se encontraba en París al morir el rey, regresó de inmediato a Suecia, asumió el trono y poco después logró arrebatarle el poder al Parlamento, algo que su padre inepto y glotón nunca había podido lograr.
Sea cual haya sido la verdadera causa de la muerte de Adolfo Federico de Suecia, su nombre ha quedado en la historia como el del rey que “comió hasta morir”, toda una paradoja en un mundo donde millones de personas mueren por no tener nada para comer y nadie se acuerda de ellas.
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