
Nadie abrió la puerta cuando los agentes de la Policía de Nueva York tocaron el timbre. Eran las 19:30 en la casa número 17 de la avenida Fourth Street, en Waterbury. Habían conducido más de dos horas desde Manhattan, siguiendo una pista que durante dieciséis años había sido solo una esperanza. El objetivo de los oficiales era hallar al hombre que había puesto en jaque a la ciudad con decenas de bombas y una firma inconfundible: “F.P.”.
Una de las hermanas bajó por la escalera y preguntó a través de la mirilla: —¿Qué quieren?
Uno de los policías mostró la placa y dijo el nombre: George Metesky.
La detención del “bombardero loco”
La puerta se abrió. George Metesky, de 54 años, apareció en el umbral. Vestía prolijamente. No intentó huir, ni forcejeó. Miró a los policías y pronunció una frase que los detuvo por un instante: —Sé por qué están aquí. Piensan que soy el “Mad Bomber”.
Nadie contestó. Metesky extendió las manos para ser esposado.
Durante dieciséis años, la ciudad de Nueva York había sido el tablero de un juego de caza y fuga. El atacante dejaba bombas caseras en cines, estaciones de tren, bibliotecas y baños públicos. Siempre en sitios concurridos, siempre con un mensaje de resentimiento dirigido a una sola entidad: la Consolidated Edison.

El primer ataque de “Mad Bomber”
El primer artefacto fue hallado el 16 de noviembre de 1940 en el sótano de la sede central de la empresa, en la calle West 64th. El paquete contenía una bomba de tubo, envuelta en tela roja, con un mensaje manuscrito: “¡Con Edison ladrones, esto es para ustedes!”. No explotó.
Algunos en la empresa sugirieron que era una broma de mal gusto. Otros, que se trataba de un empleado resentido. Nadie sospechaba la magnitud de la guerra privada que acababa de comenzar.
El siguiente ataque ocurrió quince meses después. El 15 de marzo de 1941, otro artefacto fue hallado en la sala de lectura de la Biblioteca Pública de Nueva York. Tampoco explotó. La policía encontró una nota similar, firmada con dos letras: “F.P.”.
La tregua
La ola de bombas entró en pausa con la llegada de la Segunda Guerra Mundial. El “Mad Bomber” escribió a la prensa: “No atacaré mientras mis compatriotas luchan y mueren en el extranjero. Pero cuando termine la guerra, volveré”. Y cumplió.
En 1946, la ciudad volvió a recibir la señal. Una bomba explotó en el Teatro Paramount de Brooklyn. No hubo heridos. La policía comenzó a trazar un patrón. Los artefactos eran construidos con tubos de metal, rellenos de pólvora de uso doméstico y fragmentos de metal, conectados con relojes de cocina o cables eléctricos. Los mensajes, escritos a mano, acusaban a la Consolidated Edison de haber destruido la vida del remitente. La firma “F.P.” se volvió familiar.

George Metesky había trabajado en la empresa. El 5 de septiembre de 1931, sufrió un accidente: una tubería de vapor explotó y lo dejó incapacitado para trabajar. Tras una serie de reclamos legales, la empresa rechazó su pedido de compensación. Metesky sintió que la compañía y el sistema judicial lo habían traicionado.
La obsesión creció en el silencio de su casa en Connecticut. Redactaba cartas a diarios, a la policía y a la propia empresa. Ninguna respuesta satisfacía su demanda de justicia. La ciudad de Nueva York se convirtió en el objetivo.
Entre 1947 y 1956, se produjeron más de veinte atentados. Los artefactos eran depositados en asientos de cines, en baños de estaciones como Grand Central y Penn Station, en la biblioteca pública, en cafeterías y hasta en el Radio City Music Hall. Algunos explotaban y herían a los presentes. Otros eran hallados antes de detonar. En total, hubo quince heridos.
El “Mad Bomber” jugaba con la prensa. Enviaba cartas a los diarios más leídos, como The New York Times y New York Journal-American. Los textos eran cortos, obsesivos, plagados de acusaciones contra la empresa y la justicia. En una misiva, escribió:
—Bombas seguirán hasta que la Consolidated Edison sea llevada ante la justicia por sus actos infames contra mí. He agotado todos los demás medios. La firma era siempre la misma: “F.P. (Fair Play)”.

Pánico en Nueva York
El pánico se apoderó de la ciudad. Las autoridades decidieron no divulgar todos los atentados para evitar el terror colectivo. La prensa, sin embargo, fue armando el rompecabezas. El apodo “Mad Bomber” (El bombardero loco) se popularizó en los titulares.
La psicología forense era una ciencia en desarrollo. La policía acudió a un psiquiatra, el doctor James Brussel, para construir un perfil del atacante. Brussel examinó las cartas, los patrones de los atentados y la elección de los blancos.
Su conclusión fue precisa. El atacante era hombre, de origen centroeuropeo, soltero, vivía con familiares (probablemente hermanas), católico, ex empleado de la empresa, con rencor crónico y tendencias obsesivas. Vivía en Connecticut o en el área metropolitana de Nueva York.
El informe fue presentado con una observación llamativa. El doctor Brussel sugirió que, al ser arrestado, el atacante estaría correctamente vestido, probablemente con un saco abotonado.
El perfil fue publicado en la prensa. Por primera vez, la policía tenía una figura a la que perseguir.
Las cartas continuaron llegando. En una de ellas, el “Mad Bomber” escribió: —F.P. significa Fair Play.
La búsqueda de “Mad Bomber”
La policía abrió una línea especial de recepción de cartas y denuncias. Miles de ciudadanos llamaron para señalar vecinos sospechosos. Ninguna pista conducía al atacante.

En diciembre de 1956, el New York Journal-American recibió una carta más extensa. El remitente hacía referencia a un accidente laboral y a una demanda rechazada contra Consolidated Edison en 1931. Mencionaba que la lesión le había provocado una tuberculosis crónica.
Un periodista del diario, Edward A. Green, cotejó los datos con archivos de la empresa. Halló el nombre: George Metesky. El expediente indicaba que había sufrido un accidente en 1931, que su reclamo había sido rechazado y que vivía en Waterbury, Connecticut.
El 21 de enero de 1957, la policía tocó la puerta de la casa y encontró a Metesky preparado. En el interior, hallaron herramientas, tubos metálicos, pólvora y cartas idénticas a las recibidas por la prensa durante años.
En el interrogatorio, Metesky declaró: —Nunca quise matar a nadie. Solo buscaba justicia.
“Mad Bomber” inimputable
Durante el juicio, los peritos determinaron que Metesky sufría paranoia delirante. No fue considerado penalmente responsable. Fue internado en el Hospital Estatal de Matteawan para Enfermos Mentales.
Metesky permaneció en el hospital hasta 1973, cuando fue liberado tras una decisión judicial que determinó que ya no representaba una amenaza. Vivió en silencio hasta su muerte, en 1994.
La policía nunca pudo determinar el número exacto de bombas colocadas. Algunos estiman que podrían haber sido más de treinta. Los periódicos publicaron mapas con los puntos de los atentados: cines, estaciones, lugares emblemáticos.
La Consolidated Edison nunca emitió un comunicado público sobre el caso.
Durante los años más intensos, la ciudad vivió bajo una lógica de sospecha y temor. Los empleados de limpieza revisaban los baños públicos antes de abrirlos al público. Los acomodadores de los cines inspeccionaban los asientos antes de cada función. Las autoridades recomendaban a la población evitar manipular objetos extraños en espacios públicos.
En las cartas, Metesky repetía una consigna: —No soy un asesino. Solo quiero justicia.
En el hospital psiquiátrico, Metesky mantuvo su versión. Declaró ante los médicos: —No odio a la sociedad. Odio la injusticia. El expediente médico describió a un hombre meticuloso, educado, con un discurso lógico pero atravesado por una idea fija: la traición de la empresa.
La prensa reconstruyó la vida de Metesky en Waterbury. Vivía con dos hermanas, en una casa modesta. No tenía antecedentes penales previos al caso. Los vecinos lo describieron como callado, rutinario, solitario.
El juicio fue breve. La defensa no discutió los hechos. El diagnóstico de paranoia delirante fue aceptado por todas las partes. Metesky fue declarado inimputable.
El último dato documentado en el expediente judicial es una frase escrita a mano por Metesky en una de sus cartas de 1956: —F.P. significa Fair Play.
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