
El debate sobre Herodes el Grande se reaviva al analizar cómo su ambición y sus obras monumentales transformaron la región más allá de la leyenda bíblica.
Herodes, el monarca que gobernó Judea entre los años 37 y 4 a.C., permanece en la memoria colectiva como una figura temida tanto por sus contemporáneos como por la posteridad.
Cada temporada navideña, su nombre regresa, inseparable del relato bíblico de la matanza de los inocentes y de una reputación de crueldad que traspasó los siglos. Sin embargo, fue un gobernante complejo, cuya vida y legado desbordan las simplificaciones. Según National Geographic, su reinado mezcló brutalidad, astucia política y una ambición arquitectónica única en la región.
Un origen extranjero y la alianza con Roma
Herodes no pertenecía a una dinastía real ni a una familia sacerdotal. Su origen idumeo, descendiente de un linaje considerado extranjero por buena parte de los judíos, lo ubicaba como un forastero frente a las élites de Judea. La clave de su ascenso fue su habilidad para tejer alianzas con Roma, especialmente durante las guerras civiles que agitaban el Mediterráneo oriental.

En el año 40 a.C., el Senado romano, influido por Marco Antonio y Octavio, lo proclamó “rey de los judíos”, aunque el título debía merecerlo en combate. Durante tres años, Herodes enfrentó al último rey asmoneo, Antígono, y tomó Jerusalén con el respaldo de las legiones romanas en el 37 a.C.
Este origen marcó profundamente su reinado. Herodes tuvo que equilibrar la estabilidad que exigía Roma con la necesidad de legitimación ante una población que lo veía como representante de intereses extranjeros. Para consolidar su poder, creó una red de inteligencia y recurrió a la fuerza ante cualquier amenaza, real o imaginada.
La política interna: desconfianza y violencia
La desconfianza y la obsesión por su seguridad personal determinaron la política interna del monarca. El historiador Flavio Josefo, principal fuente antigua sobre su vida, describe a un gobernante cada vez “más paranoico”, especialmente ante los posibles reclamos de la dinastía asmonea.

Esto lo llevó a ordenar la ejecución de varios miembros de su propia familia, entre ellos su esposa Mariamne, tres de sus hijos y otros parientes cercanos. Adam Kolman Marshak, citado por National Geographic, resume este rasgo: “Era increíblemente paranoico y estaba obsesionado con su legitimidad. Cualquier amenaza a su poder era eliminada con la mayor brutalidad posible”.
Sin embargo, su gobierno no se limitó a la represión. Herodes fue un administrador eficaz, fomentó el comercio, la agricultura y el desarrollo urbano. Incluso durante las hambrunas, distribuyó alimentos de los almacenes reales y redujo impuestos en dos ocasiones, logrando mantener la paz en una región propensa a la inestabilidad.
La construcción del villano bíblico
La imagen de Herodes como villano se consolidó con el relato del Evangelio de Mateo, donde se le atribuye la matanza de los niños de Belén. No obstante, National Geographic subraya que fuera del texto bíblico no existen referencias históricas a este episodio, ni siquiera en fuentes hostiles al monarca.

El paralelismo con la historia del faraón y Moisés en el Éxodo sugiere un probable origen literario del mito. El profesor Tim Whitmarsh, citado por el medio, explica que existían relatos similares sobre otros personajes, como el futuro emperador Augusto, y que “historias como esta bien pudieron inspirar al autor bíblico”.
A pesar de la falta de pruebas, la leyenda responde a una verdad sobre el carácter de Herodes: su disposición a eliminar cualquier amenaza, incluso dentro de su círculo más íntimo.
Marshak sostiene que, aunque la historicidad del relato es discutible, “la brutalidad y la disposición a matar a cualquiera, sí corresponden a una realidad histórica”.
El legado arquitectónico de Herodes
Si hay un aspecto donde Herodes es recordado por su aporte positivo, es por la magnitud de sus proyectos arquitectónicos. La renovación del Templo de Jerusalén figura entre las más ambiciosas de la Antigüedad.

El Monte del Templo se amplió con muros de gigantescos bloques de piedra caliza, algunos de más de 300 toneladas. Incluso el Talmud, que lo retrata como un tirano, reconoce la belleza de su obra: “Quien no vio el Templo de Herodes, no vio un edificio hermoso en su vida”, destaca National Geographic.
Herodes también levantó fortalezas como Masada, Herodión y Machaerus, combinando funciones defensivas con el lujo de palacios reales. En Masada, construyó un palacio de tres niveles sobre un acantilado, equipado con baños romanos, almacenes y salones decorados con mosaicos.
Su obra más innovadora fue Cesarea Marítima, un puerto artificial en el Mediterráneo dedicado a Augusto, que integró, además, un teatro, un anfiteatro y una ciudad planificada al estilo romano.
Herencia, sucesión y memoria histórica

Los últimos años de Herodes estuvieron marcados por la enfermedad, el descontento político y fuertes disputas sucesorias. A su muerte en el 4 a.C., el emperador Augusto dividió el reino entre tres de sus hijos: Arquelao, Antipas y Filipo. Ninguno logró igualar la habilidad política de su padre y, en pocas décadas, Judea quedó bajo control directo de Roma, anticipo de los conflictos que terminarían en la Primera Guerra Judía.
La figura de Herodes fue interpretada de formas diversas: usurpador y asesino para la tradición judía, villano en la cristiana y “modelo de rey” en la memoria romana.
Para arqueólogos e historiadores, su legado arquitectónico y su impacto regional lo sitúan entre los personajes más transformadores del antiguo Oriente Próximo. National Geographic destaca que, dos mil años después, sus construcciones aún asombran por su escala y ambición.
Hoy, recorrer las calles de la Ciudad Vieja de Jerusalén, ascender a las murallas de Masada, adentrarse en las ruinas de Herodión o contemplar los restos del puerto de Cesarea es encontrarse con la huella indeleble de un rey que redefinió su reino a través de la piedra y dejó una marca que desafía el paso del tiempo.
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