
Sucedió un día del año 2000 y para los tres hijos fue una sorpresa. No que sus padres fueran a separarse -ya eran grandes y podían entenderlo- sino que fuera su mamá la que iba a irse de casa. Una sorpresa, además, con varios capítulos porque antes de cerrar el último bolso la mujer sacó cuatro cartas que había escrito de puño y letra, una para cada uno de ellos.
“¿Cuatro? ¿por qué cuatro, si somos tres?”, pensó Paula, la mayor, todavía con el sobre cerrado en la mano. La carta, escrita en una hoja de agenda, estaba dirigida a “N.N Rodríguez” y Paula le prestó más atención a ese texto que al que su mamá le había dejado a ella.
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La carta tenía una particularidad: contaba una historia y la contaba hablándole directamente a alguien a quien Paula no conocía.
Decía: “Las voces se sentían lejos, siento que vas naciendo, ‘ya sale’, ‘ya sale’, me dicen. Un piecito calentito es lo último que siento”.
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Atar cabos
Paula Rodríguez Puglia tiene 49 años y trabaja de recepcionista en un estudio contable. Tenía 27 cuando sus padres se separaron -era la mayor, o eso se suponía-, y fue recién en ese quiebre familiar que empezó a mirar una escena de siempre con otros ojos.
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“Ellos peleaban mucho. Me acuerdo que justo en esa época estaba el programa de televisión ‘Gente que busca gente’”, cuenta a Infobae. El programa, conducido por Franco Bagnato, había comenzado tres años antes, en 1997, y era furor entre quienes siempre habían querido encontrar a alguien pero no sabían cómo.
“Peleaban porque mi mamá quería ir pero mi papá no la dejaba, le decía que habían pasado casi 30 años, que si la encontraba iba a cambiarle la vida”, recuerda. “No ponía en duda que estuviera viva, pero le decía que tal vez esa chica no sabía nada de su verdadera historia”.
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Paula nunca había terminado de entender de quién hablaban y recién ahí empezó a atar cabos.
“Además, yo siempre había sentido que me faltaba algo, como una parte de mí”, dice después, y se apoya una mano en el centro del pecho. Lo que siempre le había faltado era una hermana mayor, una bebé que había nacido en 1972 en el Hospital Rivadavia y que iba a llamarse Paula, el nombre que luego le pusieron a ella.
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La historia detrás de la historia
“Febrero de 1972, ya falta poco, ya cumplí los 9 meses de embarazo, siento los latidos, tus pataditas, no sé qué serás, no existen las ecografías”. Así comienza la carta dirigida a N.N Rodríguez.
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El contexto lo entreteje Paula: “Mi mamá y mi papá eran muy jóvenes, estaban recién casados y habían venido a Argentina desde Uruguay. Vivían en un hotel en la zona de Congreso”.

María Puglia era poco más que una adolescente, estaba embarazada, cosida por una trama de miedos pero feliz. Alberto Rodríguez, su joven marido, navegaba en esa misma ambivalencia.
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Fue en ese hotel de la calle Paraná que María y Alberto conocieron a una pareja también muy joven. “A veces él cruzaba a jugar al pool con el muchacho del otro matrimonio, de apellido Calderón”, agrega Paula. Fueron ellos quienes le recomendaron seguir el embarazo con “un médico amigo”.
Lo detalla la mujer en la carta que dejó antes de irse: “‘Andá, no te va a cobrar nada y te va a atender muy bien, es nuestro amigo’, me dijeron. Yo tenía 19 años, recién empezaba a vivir algo nuevo, mis padres lejos y recién un año de casada, sola. ‘Cuando te sientas con contracciones, no vayas a ningún lado sin llamarme’, me dijo el médico”.
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El 22 de febrero de 1972, María, ya con contracciones, lo llamó.
“Me dijo que lo buscara en el Hospital Rivadavia, en el pabellón de mujeres. Fui sola, me revisó, se puso a escuchar los latidos”, sigue la carta. “No hay latidos”, le dijo el médico después. Y agregó, por si no se había entendido: “El feto está muerto”.
María se desesperó y le dijo: “Pero yo siento que se mueve”. El doctor, se lo cuenta ella misma a esa bebé en la carta, le pidió que volviera a su casa y buscara ropa para internarse.
“Yo seguía sin entender, pero la inexperiencia pudo más. Me internaron, le dijeron a mi marido que se fuera porque hasta la noche no pasaría nada. Me sentí sola, abandonada, sin nadie, lloraba”.
En los renglones que siguen viene aquello de “siento que vas naciendo”, la sensación del “pie calentito” saliendo de su cuerpo: una sensación física y emocional, le cuenta con tinta azul, “que nunca voy a dejar de sentir”.

“Te envolvieron en una sábana muy rápido y te llevaron a la otra sala contigua. ‘Tu niña nació muerta, te lo habíamos dicho, no había latidos’. Pero en la otra sala hay llantos. Nunca vi tu carita, nunca supe de tu cuerpito, nunca volví a encontrar al médico amigo”.
A la distancia, Paula vuelve a hacer foco en el contexto. Era 1972 y, además de adolescente, su mamá era extranjera, primeriza y no conocía a nadie en Argentina a quien pedirle ayuda.
“Y en su ignorancia les cree, son médicos, pero a la vez sospecha. Ella cuenta que después le dieron una partida de defunción y le dijeron ‘quedate tranquila que nosotros nos hacemos cargo’. Por eso no vio el cuerpo, no hubo velatorio, entierro, ninguna despedida”.

La pareja trató de seguir adelante, aunque siempre con la duda de inquilina. Un año después, todavía con los brazos y la cuna vacía, la mujer volvió a quedar embarazada. En 1974 nació Paula, la hija que iba a ser la encargada de hurgar en el pasado.
En el nombre de la hermana
Ese día del año 2000 en que María dejó las cuatro cartas y se fue, las aguas subterráneas -sus aguas- habían empezado a rebalsar.
“Resulta que en los 70, mientras trataba de enterrar todo esto, mi mamá había conocido a otro hombre, un señor chileno, del que se había enamorado. El señor era casado y ella también, así que cada uno siguió con sus vidas oficiales”, cuenta Paula.
“Pero 30 años después, cuando nosotros ya éramos grandes, ella se enteró de que el hombre se había separado, así que tomó la decisión de poner fin a su matrimonio para irse a Chile a vivir esa historia de amor”.
Un volantazo así no era -ni es- algo habitual en las mujeres-madres, que por lo general dejan sus vidas a un costado en nombre de sus hijos. Así que Paula no se enojó, no la juzgó: lo que estaba viendo era a una mujer enseñándole a arriesgarse por lo que sentía.
Y es en nombre de esa madre, que pronto cumplirá 70 años, que se puso al frente de la búsqueda de su hermana. No dejaron de verse con ella: se ven cada vez que la mujer viene a visitarlos a Argentina o alguno de los hijos viaja a verla.
“Fui encontrando a más gente que contaba que le había pasado lo mismo en el mismo hospital, a veces hasta con la misma partera y el mismo médico”, cuenta.
Fue así que en 2019 Paula formó un grupo de madres, padres y hermanos buscadores al que llamó Nacidos y robados del Hospital Rivadavia y hospitales de CABA, que ya tiene casi 300 miembros.

“Se fueron sumando más casos de madres a las que les dijeron que sus hijos habían nacido muertos. También de hijos que figuran haber nacido en ese hospital y buscan sus orígenes biológicos”.
Y sigue: “Es muy difícil conseguir datos: los hospitales nos niegan los registros. Dicen ‘se quemaron’, ‘los robaron’ o tan solo los niegan. Muchas madres siguen creyendo que su hijo falleció y otras, como la mía, buscan porque saben que se los robaron”.
Tratando de juntar los pedazos, Paula fue al Registro Civil a buscar el certificado de defunción de esa hermana. “Varias veces me dijeron que no existía hasta que un día apareció. Lo primero que vi es que el certificado es apócrifo, porque tiene datos falsos. Dice que mi mamá fue a parir cuando estaba de seis meses de gestación, pero mis padres sostienen que ya estaba de nueve, era un embarazo a término”.

Después fue al cementerio de Chacarita, donde quedó asentado que el pequeño ataúd ingresó seis días después del nacimiento.
“No sabemos si había cuerpo, o si era el de ella. La enterraron pero pasaron 50 años, ya no está”, se despide. Después de eso, nada. No tiene ni un dato más, apenas la certeza en la carta que su mamá le dejó a esa hija NN y que Paula conserva.
“Donde sea que estés espero que seas feliz”, termina. “Yo sé que estás viva”.
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