
La producción artificial de nieve, clave para la industria del esquí en el oeste de Estados Unidos, cobra protagonismo frente a la baja cobertura de nieve registrada este invierno: el nivel más bajo desde que existen mediciones obliga a los principales centros invernales a buscar estrategias de adaptación, según informa la revista ambiental High Country News.
La generalización de estas prácticas, la publicación destaca que plantea retos económicos, medioambientales y culturales que ya se manifiestan.

Menos del 10% de las hectáreas esquiables del oeste están cubiertas por nieve artificial
Los registros de este invierno confirman que la cobertura de nieve en el oeste estadounidense alcanzó su mínimo histórico. Este descenso tiene consecuencias inmediatas y anticipa conflictos futuros: la escasez amenaza el suministro de agua para la agricultura y la fauna, incrementa el riesgo de incendios forestales y, en el presente, restringe la viabilidad del esquí recreativo.
En Colorado, solo un tercio de las pistas de Arapahoe Basin estuvo habilitado. El Mt. Baker Ski Area, en Washington, suspendió una competencia anual de snowboard por tener una base de nieve “imposible de trabajar”. Esto provocó el cierre temporal de Hoodoo y Mt. Ashland en Oregón, mientras que campeonatos universitarios se trasladaron de Montana a Utah.
Juan Steven Fassnacht, profesor de hidrología de la nieve en Colorado State University, advierte en la revista ambiental High Country News que un aumento en la fabricación de nieve artificial enfrenta obstáculos legales y financieros por el requisito de adquirir nuevos derechos de agua, un proceso costoso y jurídicamente complejo.
Según la revista, el uso de nieve artificial en el oeste es hasta ahora limitado: menos del 10% del área esquiable depende de tecnologías de fabricación, en contraste con el 50 % en la región noreste y el 80 % en el sudeste y medio oeste de Estados Unidos.

El consumo de agua y energía plantea restricciones y resistencia social
Para ilustrar la magnitud de los recursos implicados, la estación Palisades Tahoe utiliza entre 190 y 265 millones de litros de agua cada temporada para cubrir 24 hectáreas con 45 centímetros de nieve.
Fassnacht enfatiza que aproximadamente el 80% del agua empleada vuelve a los cauces de ríos y arroyos, aunque advierte que el 20 % restante se pierde por evaporación y que la mayor preocupación radica en el momento en que las estaciones extraen agua de los cursos naturales.
En términos energéticos, un estudio de 10 centros invernales citado por High Country News estima que la fabricación de nieve absorbe el 18% de la energía total consumida por una estación promedio, ya que el proceso implica pulverizar agua altamente presurizada en aire frío, con un elevado gasto eléctrico para el bombeo y la compresión.

Si bien la demanda de agua en los centros de esquí ocurre en otoño e invierno, cuando las necesidades agrícolas y municipales son menores, la transferencia se produce desde la misma fuente que abastece a comunidades y cultivos.
En Colorado, la fabricación artificial de nieve representa solo el 0,05 % del consumo anual de agua, frente al 85 % destinado al riego agrícola.
El uso de agua reciclada aumenta en algunos estados para reducir la extracción de recursos frescos. Big Sky, en Montana, produce nieve a partir de aguas residuales tratadas, una práctica que organizaciones conservacionistas consideran positiva para los ríos y la economía turística local.
No obstante, esta técnica generó protestas, como ocurre en Flagstaff, Arizona, donde se utiliza nieve artificial hecha con agua residual sobre montañas consideradas sagradas por 13 pueblos originarios, entre ellos los Hopi, Navajo y Hualapai, informa High Country News.

Adaptaciones técnicas, límites y el futuro incierto del esquí
La fabricación de nieve comenzó en 1949 con experimentos en un centro de Connecticut, usando compresores y boquillas de fábricas cerradas. Aunque la tecnología se perfeccionó, el principio se mantiene: atomizar agua con aire comprimido en condiciones de baja temperatura.
Los investigadores destacan que la nieve artificial no compensa la función de la nieve natural como reservorio hídrico.
El 75 % del agua potable del oeste estadounidense depende de la acumulación de nieve montañesa, una función que la nieve manufacturada no puede replicar, dado que actúa apenas como almacenamiento temporal sobre la montaña y retorna gradualmente al sistema hídrico sin sustituir el aporte pluvial.

Dentro de los impactos ambientales, un artículo publicado en 2022 en la revista académica Journal of Sustainable Tourism sostiene que el efecto climático varía según la fuente energética y la seguridad hídrica de cada región.
En estados dependientes de energía fósil y en zonas de estrés hídrico, como Nuevo México, Colorado, Nevada y Wyoming, el balance es menos favorable que en lugares como Washington, donde la energía es más limpia y abundante.
Michael Pidwirny, profesor asociado de la University of British Columbia, especialista en ciencias ambientales y esquí, afirma que los años con mala nieve dejaron de ser excepcionales. Advierte: “Si las temperaturas siguen en aumento, incluso la mejor tecnología será insuficiente para garantizar temporadas regulares. Si hace demasiado calor, ¿cómo se puede fabricar nieve?”.
Pidwirny calcula que en Whistler Blackcomb, el centro de esquí más grande de Canadá, hacia 2050 o 2060, uno de cada dos años podría ser demasiado pobre para sostener una temporada satisfactoria.

Expansión de la fabricación de nieve y el impacto sobre la afluencia turística
Frente al desafío, la industria se reorganiza. En 2019, Vail Ski Resort adquirió 421 nuevos cañones de nieve; la entidad la presenta como la mayor expansión en esta tecnología de la región. En Idaho, la estación Bogus Basin apuesta por el “snowfarming”, técnica de almacenamiento y conservación de nieve entre temporadas para sostener la oferta.
Ni siquiera estas medidas blindan a las empresas: este año, Vail Resorts reportó una caída del 20 % en la afluencia a sus complejos norteamericanos, atribuida al magro invierno en los estados occidentales.
Según la investigación académica, los desplazamientos de los esquiadores generan más emisiones de carbono que la propia experiencia en pistas. Si la producción de nieve permite que los visitantes opten por centros más cercanos, esta dinámica podría tener un efecto positivo para el entorno, ya que reduce vuelos de larga distancia.
El futuro inmediato apunta a una mayor dependencia de la nieve artificial en zonas de menor altitud y cercanas a las costas, aunque los especialistas consultados por la revista ambiental High Country News anticipan que “no está garantizada la existencia de temporada de esquí todos los años”.
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