
“Sentí una calidez, como un gran abrazo. Escuché en mi mente: todo va a estar bien. Estás bien, vas a superar esto”. Así describe Amedy Dewey uno de los momentos más difíciles de su recuperación, cuando la memoria de su madre, asesinada por su padrastro, se convirtió en un refugio y una fuerza para seguir adelante.
La historia de Dewey, marcada por la violencia doméstica y la resiliencia, ha cobrado nueva relevancia tras su última cirugía, que le permitió, después de siete años y 37 intervenciones quirúrgicas, probar su primer bocado de comida real.
Según People, la joven de 25 años ha decidido compartir su experiencia para alertar sobre los signos de peligro en situaciones de abuso y para inspirar a quienes atraviesan circunstancias similares.
El 6 de enero de 2018, Dewey y su madre, Lisa, regresaban a casa en Michigan tras un viaje

El clima era extremo, con -9 ℃ (16 ℉) y carreteras cubiertas de hielo. Su padrastro, quien conducía de manera errática, detuvo el coche en el kilómetro 59.
En medio de una discusión, la madre de Dewey advirtió: “Amy, tiene un arma. Vuelve al coche”. Lo que parecía una amenaza habitual se transformó en tragedia. El hombre disparó a Dewey en la cara y luego mató a Lisa antes de suicidarse.
La joven, que entonces tenía 18 años, sobrevivió a pesar de que, según los médicos citados por People, “menos del 2%” de las personas con lesiones similares lo logran.
La bala atravesó el hombro derecho de Dewey, destrozó su paladar y salió por el lado izquierdo de su rostro. “El paladar estaba literalmente sobre mi lengua. Mis dientes superiores estaban destrozados”, relató.
A pesar de la gravedad de las heridas, la joven logró pedir ayuda. Sin visión y guiada solo por el oído y la determinación, se acercó a la carretera buscando auxilio. Nadie se detuvo de inmediato, aunque luego supo que varios conductores llamaron al 911 al ver los cuerpos inmóviles en la nieve.
Cuando llegó la policía, la dieron por muerta hasta que comenzó a moverse

Caminó hasta la ambulancia, y lo último que recuerda antes de perder la consciencia fue la furia al notar que le cortaban la ropa, sin percatarse de que estaba cubierta de sangre.
Al despertar, Dewey preguntó por su madre. Su hermano le respondió: “No, está con el abuelo y el tío Todd”. Durante las primeras semanas, la negación fue su refugio.
Pensaba que pronto volvería al instituto, pero la realidad fue una sucesión de cirugías y rehabilitación. “He tenido muchísimas cirugías. Pero mis padres me enseñaron que cuando te desanimes, te levantarás de inmediato. No dejes de intentarlo”, explicó en la entrevista.
La recuperación física ha sido larga y dolorosa. Durante siete años, Dewey vivió sin dientes superiores, lo que le dificultaba comer y hablar. “Antes de la cirugía, si comía una hamburguesa, tenía que cortarla en cuartos y, a veces, incluso más pequeña, para desmenuzarla. Me costaba comerla. Tenía el labio hundido. Al hablar, ceceaba. Era vergonzoso”, confesó.
La violencia de su padrastro se extendió durante cinco años antes del tiroteo. “Amenazó con dispararle a mi perro cuando tenía 15 años. Quiero que la gente vea las señales”, advirtió.
La última intervención, realizada en noviembre de 2024, marcó un punto importante en su vida

Gracias a un injerto óseo coordinado por NextGenFace y ejecutado por los doctores Brett Miles y David Hirsch en el Hospital Lenox Hill de Northwell, se reconstruyó su mandíbula superior con hueso del peroné. El doctor Lawrence Brecht le colocó una nueva dentadura. «Al recuperar la dentadura, me siento en la cima del mundo», afirmó.
El impacto emocional de poder comer normalmente resultó abrumador. “Lo primero que comí fue un sándwich de queso a la plancha. Me senté con mi papá en la mesa y le dije: bueno, estoy lista. Le di un mordisco, lo miré con una gran sonrisa y me levanté para bailar”, recordó.
Días después, salió a cenar y disfrutó de una hamburguesa con cinco centímetros de tocino: “Le di un mordisco a todo”. Dewey celebró este avance como «una pieza más del rompecabezas» y anticipa su próximo procedimiento: una prótesis ocular. “Me miro al espejo, voy directo a la cuenca del ojo y pienso: oh, es un gran agujero rosado”, comentó con franqueza.
Dewey dedica su vida para que las personas identifiquen y se salven de la violencia domestica

Ahora, estudia para convertirse en terapeuta de trauma y dedica sus esfuerzos a la concienciación sobre la violencia doméstica, la seguridad con armas de fuego y la salud mental. “Solo quiero que la gente vea las señales de peligro, violencia doméstica y abuso, y que se den cuenta de que no estoy en un entorno seguro. Mis hijos no están seguros. Necesito sacarlos de aquí”, enfatizó.
A pesar de las dificultades para hablar de su pasado, Dewey insiste en la importancia de compartir su historia. “Sigo adelante por mi familia, por los desconocidos. No quiero que nadie sufra lo que yo pasé”, declaró. Reconoce que el proceso de sanar implica reabrir heridas, pero también ofrece esperanza a quienes la escuchan: “Si encuentran fuerza en mí, seré ese apoyo para ellos. Seguiré reabriendo estas heridas”.
En los momentos más oscuros, la presencia de su madre se ha manifestado como consuelo. “A veces siento una calidez en el pecho y una voz en mi cabeza: todo está bien, cariño. Todo está bien. Estarás bien”. Dewey está convencida de que su madre la acompaña y la guía en este camino.
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