
El sur de Francia guarda en sus paisajes una colección de pueblos que parecen detenidos en el tiempo, donde la historia y la arquitectura conviven con la vida cotidiana y la calma provinciana. Entre ellos, Rodez emerge como uno de los enclaves más singulares y menos conocidos, pese a su papel fundamental en la historia de la ciencia y su extraordinario patrimonio.
Situada en el corazón del Aveyron, esta pequeña ciudad destaca por la monumentalidad de su catedral gótica, sus callejuelas medievales y la atmósfera especial que la convierte en un destino imprescindible para quienes buscan autenticidad, belleza y relatos que han marcado el devenir de Europa.
Un faro de piedra e hito de la Ilustración
A la llegada a Rodez, la primera imagen que recibe al viajero es la imponente catedral de Notre-Dame, que con más de un milenio de historia, se alza como un verdadero faro de piedra rojiza sobre la meseta. Su campanario, con 87 metros de altura, domina el horizonte y es visible a muchos kilómetros de distancia, guiando la mirada por encima de campos y valles verdes. Pero más allá de su función religiosa y arquitectónica, este templo guarda una historia que lo conecta directamente con uno de los momentos más cruciales de la Ilustración francesa.
Entre 1792 y 1798, la catedral fue elegida por los astrónomos Jean-Baptiste Joseph Delambre y Pierre Méchain como punto de cierre de la medición del arco de meridiano que unía Dunkerque con el Mediterráneo y Barcelona. Aquí, sobre el campanario, se instalaron instrumentos científicos que permitieron calcular la circunferencia de la Tierra y definir el metro como unidad de medida universal. Así, Rodez se transformó en una inesperada capital científica, donde la razón y la fe compartieron espacio bajo la misma bóveda gótica.

Igualmente, el contraste entre el exterior robusto y el interior luminoso de la catedral de Notre-Dame es uno de los grandes atractivos de este pueblo. La piedra rojiza, filtrada por las vidrieras contemporáneas del artista suizo Stéphane Belzère, crea un ambiente único, donde la luz dibuja texturas cambiantes a lo largo del día. A su vez, las bóvedas, que se elevan hasta los 30 metros, sorprenden por su amplitud en el contexto de una ciudad pequeña.
Entre los tesoros del interior destacan el coro, el púlpito sostenido por un Atlas esculpido, una serie de capillas laterales y un órgano monumental que invita a detenerse y escuchar el eco de los siglos. La visita culmina con la ascensión a la terraza del campanario: tras superar los 400 peldaños de una escalera de caracol, el esfuerzo se recompensa con una vista panorámica sobre los tejados de arenisca rosada, las colinas del Aveyron y, en días claros, hasta el macizo Central y el valle del Tarn.
Un casco histórico entre murallas y palacios
Pero más allá de su imponente catedral, Rodez atesora todo su encanto en torno al barrio medieval de Les Embergues, al este de la catedral. Sus calles estrechas, las casas de entramado de madera del siglo XV, los hôtels particuliers del XVII y los portones claveteados transportan al visitante a una época en la que el poder eclesiástico y el mercantil se repartían la ciudad. La rue de l’Embergue, cuyo nombre evoca raíces occitanas, conecta con la place de la Cité y el palacio episcopal, antiguo epicentro de la vida religiosa y administrativa.
En el extremo occidental, la plaza de Armas muestra la severidad de la catedral-muralla, con una fachada pétrea y maciza que desafía el aire de los tiempos. Las torres cuadradas, la austeridad de los muros y el calado delicado del campanario de Antoine Salvanh rompen la sobriedad con gárgolas y pináculos que parecen custodiar la ciudad desde lo alto.
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