
Antes de Los Vengadores, de las escenas poscréditos y de los multiversos de Marvel, estaba Fast & Furious. No mucho antes, apenas unos años, pero el suficiente tiempo como para afirmar con contundencia que fue esta saga y no otra la que supo entender como nadie el cambio de siglo y hacia dónde iba encaminado el futuro del cine en general y de la industria de Hollywood en particular. Solo que, a diferencia del MCU, estos decidieron pasárselo bien por el camino. Al fin y al cabo, de qué sirve llegar el primero a la meta si no has disfrutado la carrera.
Corría el año 2001 y unos por aquel entonces desconocidos Paul Walker y Vin Diesel entraban en escena. El primero venía de ser el chico guapo en comedias adolescentes, el segundo de tipo duro en Salvar al soldado Ryan, de Steven Spielberg, pero pronto iban a demostrar al mundo que eran mucho más que eso. “Vin era un actor duro, al estilo Bruce Willis, pero menos atractivo. A su lado, Paul Walker era un semidiós”, recuerda la periodista María Estévez, quien tuvo la suerte de ser la primera en conocerles cuando aún eran unos totales desconocidos y el estudio Universal la invitó a conocerlos como parte de la promoción del filme. “Recuerdo cómo los actores se paseaban conversando de un lado a otro, haciendo bromas o hablando del catering. Vin se divertía con los periodistas, Paul flirteaba con una amiga mía. Existía una complicidad que no hay ahora”.
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Estévez, quien recoge la anécdota y otras tantas en su libro Esto es Hollywood, menciona que, aunque fueran otros tiempos —tan solo unos meses antes del 11-S—, aquel primer encuentro ya resumía como ninguno lo que iba a ser la saga: algo familiar. También que fue una película que desafió cualquier expectativa, incluso la de la gente que estaba detrás del proyecto. “Nadie esperaba que The Fast and the Furious fuera un evento internacional a lo largo de dos décadas”. En 2026, y a las puertas de comenzar el rodaje de la que sería la undécima entrega de la autodenominada “Familia” que han construido durante este tiempo, ya se puede decir que aquel modesto proyecto lleno de caras semidesconocidas fue todo un éxito.

Sentando las bases del nuevo milenio
La historia de la saga comenzó precisamente en los periódicos. En concreto, con un artículo publicado en la revista Vibe bajo el título de Racer X —irónicamente, el primer borrador de título para la saga sería Racer Wars, y su última entrega es Fast X— que hablaba de una serie de carreras clandestinas en la ciudad de Nueva York. Lo curioso, además de coches japoneses trucados y una policía desesperada, es que hablaba de una escena “políglota”, compuesta por jóvenes de todas partes, algo que se trasladaría —junto a todo lo demás— a las películas, y que haría que Fast and Furious se desmarcase del resto de predecesoras y abriese un camino a nuevos y jóvenes actores de todas las etnias. “La gente se dio cuenta de que el mundo no era solo Estados Unidos y que no estaba compuesto únicamente por personas de raza blanca, ¿sabes? Que el mundo estaba lleno de gente de piel amarilla y morena", comentaría tras el estreno Michelle Rodriguez, encargada de dar vida a Letty, el interés amoroso de Dom Toretto (Vin Diesel), pero una piloto aún más feroz sobre la pista.
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Rodriguez y Jordana Brewster pondrían el lado femenino de una saga que venía a demostrar que eso de la gasolina y los derrapes no era solo cosa de tíos musculados. Tras ellas irían surgiendo en venideras secuelas personajes femeninos de lo más interesantes, como el de Eva Mendes en la segunda entrega. “Mendes era la cuarta latina en acción en aquella carrera contrarreloj que entonces vivían las actrices de Hollywood para despuntar entre los 20 y los 35 años”, menciona Estevez. Luego vendrían Gal Gadot, Elsa Pataky —en la quinta y más alabada película—, Gina Carano, Nathalie Emmanuel o incluso Charlize Theron como principal antagonista de las últimas, a sus 50 años.

Una franquicia sin límites
Pero no fue lo único que la saga cambió, sino que también se adelantó a otras franquicias a la hora de asentar una serie de elementos. Tal y como señala el ensayista Dan Hassler-Forest en su libro Fast and Furious Franchising, la serie tuvo una serie de decisiones de lo más rompedoras para su época y que influenciaron lo que vendría después, principalmente el Universo Cinematográfico Marvel. En una época en la que estaba más que asentada la idea de la trilogía, The Fast and Furious se permitió hacer una secuela sin su principal protagonista —con una aventura de la pareja Brian (Paul Walker) y Roman (Tyrese Gibson)— y redoblar la apuesta con una tercera entrega ambientada en otro continente, con otros personajes e incluso cambiando la velocidad por el “drifting” (derrape, para que nos entendamos). Eso sí, con una secuencia final en la que introduciría de nuevo al Dom Toretto de Vin Diesel al más puro estilo Marvel... o deberíamos decir al estilo Fast and Furious, porque llegó incluso antes.
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“Su saga marcó un antes y un después, puso de moda entre los jóvenes angelinos las carreras nocturnas y dejó claro que las estrellas ya no tenían tanto poder e influencia”, sostiene María Estévez. El gran atractivo de la serie reside en su capacidad para aludir al mundo real sin llegar nunca a lo que podría considerarse un comentario social”, sugiere Hassler-Fores. Pero lo cierto es que la lección más importante que ha dejado tras todos estos años es que el cine no tiene límites, pues aquella primera entrega a baja escala que vuelve ahora a los cines 25 años después lo hace convertida en sinónimo de éxito en taquilla, ahora para un público completamente nuevo, pero al que sigue conquistando y enseñando la que probablemente sea la lección más valiosa de todas, el significado de la familia.
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