Laura Rincón
Ceuta, 8 ago (EFE).- Sobre la arena de la playa de El Trampolín, en Ceuta, entre el bullicio de cientos de personas que cruzaron el mar hace poco más de una semana, Azzdine camina cojeando en busca de ayuda sanitaria.
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Tiene 22 años y llegó nadando desde Marruecos tras siete horas en un agua helada: "En Marruecos no hay una buena vida. He venido para cambiar la mía, a mejor", explica a EFE este joven tras haber sobrevivido a la travesía.
Su historia no es única. A su lado, miles de personas descansan agotadas junto a la orilla del mar. Llevan la misma ropa con la que cruzaron a nado hace días. Los más afortunados siguen teniendo sus chanclas, aunque la mayoría están rotas. Los menos, van descalzos.
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Justo al llegar a la orilla, la imagen es sobrecogedora. Los servicios médicos del hospital público de Ceuta y voluntarios de alguna ONG se han trasladado hasta allí para atender a los recién llegados que aguardan turno por estricto orden de llegada. Pero no dan a basto, no son suficientes para atender todas las necesidades.
La inmensa mayoría muestra arañazos y cortes profundos en los pies, aunque también hay quienes sufren síntomas severos de deshidratación o fracturas óseas. Un joven se desmaya a pocos metros mientras otro intenta contener el sangrado abundante de una herida.
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No solo hay marroquíes, la orilla congrega también a hombres llegados de Senegal, Nigeria y otros puntos del continente africano.
A pesar del cansancio, se cuidan y se ayudan entre ellos. Durante el día aprovechan las duchas públicas de la playa para asearse y llenar botellas de agua. La Cruz Roja trabaja sin descanso repartiendo comida y mantas. Sin embargo, al caer la noche, la mayoría prefiere escalar los pequeños montes que bordean la costa para dormir entre los árboles. "Allí nos sentimos más seguros", confiesan.
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En el monte es donde duerme Azzdine, quien al despertarse se descubrió una lesión en el pie que no sabe cómo se produjo. "Me desperté y vi la herida. Ahora he venido aquí para que me atiendan los médicos", comenta a EFE agradecido por la atención sanitaria recibida.
A pocos metros, Oussama, de 21 años, tiene la mano escayolada. Cruzó a nado el pasado miércoles a las tres de la tarde, lo había intentado varias veces desde hace tres años, pero nunca lo había conseguido. Esta vez, al ver vídeos en redes sociales de mucha gente llegando a nado, volvió a intentarlo. Estuvo a punto de no contarlo.
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"Pasé tres horas nadando en el mar. Estuve demasiado cerca de morir", relata a EFE aún con el susto en el cuerpo. En la carrera por tocar tierra firme, cayó y se fracturó un dedo.
"En el médico me han dado medicinas, nos cuidan y nos dan comida. Gracias a España, esto jamás habría pasado en otros países", asegura ilusionado, con la vista puesta en terminar sus estudios de Informática y poder enviar dinero a su madre enferma en Marruecos.
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La mayoría de los que habitan esta playa son mayores de edad. Al ver acercarse a los periodistas, se aproximan con enorme respeto.
Preguntan si se sabe algo de su futuro, qué se va a hacer con ellos, cuándo va a cambiar su situación o si van a recibir algún tipo de protección. También piden prestada, casi con desesperación, alguna batería externa. Llevan días sin batería en los móviles y lo único que necesitan es enviar un mensaje a sus familias para decirles que están vivos y bien.
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Tanto Azzdine como Oussama comparten la alegría inmensa de haber alcanzado suelo español, un sueño perseguido durante años. Sin embargo, a medida que pasan las horas en la playa de El Trampolín, la euforia inicial va dejando paso a la incertidumbre: nadie sabe qué pasará mañana. EFE
(foto) (vídeo)
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