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Cuando los pocos vecinos de la España despoblada son la llave que abre el patrimonio rural

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Almudena Álvarez

Támara de Campos (Palencia), 7 ago (EFE).- En muchos pueblos de la España despoblada los vecinos conservan las llaves de iglesias, castillos o ermitas y las abren a los visitantes para evitar que el patrimonio permanezca cerrado. En Támara de Campos (Palencia), con 74 habitantes, es su alcaldesa, Concha Gallardo, quien a sus 81 años se encarga de abrir las puertas de una iglesia tan majestuosa que tiene nombre da catedral, San Hipólito el Real.

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No mira apuntes ni necesita un guión, conoce cada piedra, cada bóveda, cada escudo y cada retablo de memoria. Lleva décadas custodiando las llaves de este templo de transición gótico-renacentista de inicios del siglo XVI, que abre siempre que algún visitante llama a su puerta.

La historia se repite en cientos de pequeños municipios de Castilla y León. En pueblos donde apenas quedan vecinos, son ellos mismos, alcaldes, sacristanes, jubilados, voluntarios o miembros de asociaciones culturales, quienes conservan las llaves de iglesias, ermitas o castillos, reciben a los visitantes, cuentan la historia del lugar y velan por un patrimonio que, sin su implicación, sería prácticamente inaccesible.

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"Yo digo lo que me enseñaron en las escuelas", explica a EFE esta mujer de 81 años con una humildad que contrasta con la precisión con la que describe un tornavoz renacentista, distingue una bóveda estrellada de otra neoclásica o atribuye a Felipe Bigarny algunos de los relieves del retablo mayor, de estilo barroco.

No ha estudiado Historia del Arte ni es guía profesional. Y mientras conduce a los visitantes por un edificio declarado Monumento Nacional en 1931, deteniéndose en detalles que difícilmente aparecen en una guía, dice que solo es una vecina que ha ido heredando conocimientos de generaciones anteriores y que los ha completado leyendo, preguntando y escuchando a los arquitectos, restauradores o especialistas que han pasado por la iglesia.

Un órgano apoyado en una columna

Lo cuenta mientras señala con orgullo el órgano construido en 1733 por el maestro Pedro Merino de la Rosa, "único a nivel mundial" por su colocación sobre una columna de madera que parece de mármol.

Recuerda que las Edades del Hombre eligieron la acústica del templo para una de sus grabaciones y que un día, unos arquitectos le pidieron imaginar el órgano colocado en otra parte del coro.

"¿Qué haría hoy el pueblo si vinieran a cambiarlo?", le preguntaron. "Una manifestación", respondió sin dudar. Aquella conversación terminó de convencerla de que la singular colocación del instrumento era precisamente una de las joyas del templo.

Cuna de soledad

Cuando habla, no describe únicamente la iglesia, reconstruye la historia de un pueblo. "Hoy Castilla es la cuna de la soledad, pero en su día fue la cuna de la cultura", resume mientras levanta la vista hacia el coro, de época de los Reyes Católicos o se detiene en la pila bautismal gótica, las rejerías o la sillería.

"¿Cómo salían estas iglesias?", pregunta mientras señala las bóvedas. Ella misma responde: "Con trabajo, con sacrificio, con fe. Dicen que la fe levanta montañas, pues aquí, desde luego, las levantó", sostiene.

Después explica cómo los vecinos y los habitantes de los pueblos cercanos transportaban piedras con carros y burros desde el páramo para facilitar el trabajo de los canteros.

Mezcla historia, tradición oral y vivencias personales, habla del patrimonio con la misma naturalidad con la que cuenta que un cura la corrigió cuando utilizó el verbo equivocado para referirse a una reliquia: "eso no se adora, a Dios se adora", le recordó. O cómo su hija encontró un antiguo relicario mientras limpiaban el retablo de la iglesia.

Un ejército contra el expolio

Porque además de enseñar el patrimonio, también lo cuidan, lo limpian, lo vigilan para evitar robos. "Antes, las iglesias permanecían abiertas durante buena parte del día. Hoy las puertas se cierran con llave", explica mientras le viene a la cabeza el robo de las tablas románicas de Frómista y otros expolios del patrimonio religioso castellano.

Con su afán confirma que en pueblos cada vez más pequeños, donde escasean los recursos y la población envejece, la conservación del patrimonio depende en gran medida del compromiso de personas como ella.

Son personas anónimas que responden al teléfono cuando llega un visitante, recorren varios cientos de metros para abrir una iglesia y dedican el tiempo necesario a explicar un legado del que se sienten orgullosos.

Concha echa un último vistazo al interior del templo y se despide con la misma sencillez con la que comenzó la visita. "Yo estoy enamorada de esta iglesia", confiesa mientras gira la enorme llave consciente de que sin ella, la iglesia de San Hipólito seguiría existiendo, pero estaría cerrada. EFE

aaf/aam

(foto)

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