El día que el papa convirtió el Congreso en patio de butacas

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Raquel de Blas

Madrid, 8 jun (EFE).- Con ese zumbido eléctrico que anuncia que este lunes no toca bronca parlamentaria, sino foto para los libros de Historia, el hemiciclo empezó a llenarse mucho antes de la llegada de León XIV al Congreso.

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Los parlamentarios iban tomando asiento con una mezcla de respeto institucional y entusiasmo de fan moderado, móviles en ristre como si aquello fuera la previa de un concierto y no una sesión solemne de las Cortes.

No era un pleno al uso, y se notaba. En los trajes un punto más cuidado, en los saludos más largos de lo habitual, en ese murmullo constante entre expectación y nerviosismo, y sobre todo, en la fiebre de móviles desenvainados.

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Algunos diputados se hacían fotos como si el Congreso fuera, por unos minutos, un 'backstage' papal. Desde la tribuna de invitados, el ex presidente de la Cámara Baja Federico Trillo apuntaba con su teléfono hacia abajo como si quisiera congelar en la memoria la que será ya una efeméride histórica con un papa pronunciando por primera vez un discurso en la sede de la soberanía popular española.

Una espera en la que el ex presidente del Gobierno José María Aznar, el alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Alemida, y el secretario general de la Conferencia Episcopal Española, César García Magán, charlaban distendidamente. También conversó Aznar con el presidente de la Generalitat, Salvador Illa, que, junto al asturiano Adrián Barbón, fueron los únicos barones autonómicos que asistieron.

Ni Podemos ni el BNG ocuparon sus escaños, y tampoco aparecieron los expresidentes socialistas Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero, este último imputado en la causa de Plus Ultra.

A la que sí se pudo ver, con gesto serio e imbuida en su móvil, fue a la directora general de la Guardia Civil, Mercedes González, en el centro de muchas miradas tras aparecer en el sumario del caso de Leire Díez.

A pocos metros, en la bancada de los diputados, los representantes del PNV Mikel Legarda y Nerea Ahedo posaban divertidos con una bufanda conmemorativa de la visita, decorada con la cara de Robert Prevost y los colores amarillo y blanco de la bandera vaticana.

El suvenir, exhibido en pleno hemiciclo, certificaba que el día admitía 'merchandising', incluso en la casa de la sobriedad institucional.

La liturgia empezó en las pantallas. Los parlamentarios seguían desde sus escaños la llegada del papa a la Carrera de San Jerónimo. Un intento de aplauso, tímido y descoordinado, recorrió el salón antes de ahogarse en un murmullo constante, a medio camino entre el comentario político y el cotilleo de palco.

Solo cuando las imágenes mostraron a las autoridades colocándose en la tribuna para escuchar los himnos, la sala recordó dónde estaba: todos en pie, serios, escuchando las notas que interpretaba la Banda Sinfónica de Música de la Policía Nacional.

El desfile de saludos del papa a los portavoces parlamentarios devolvió el murmullo a la sala, que subió de volumen en el momento de saludar a los portavoces catalanes Gabriel Rufián (ERC) y Miriam Nogueras (Junts).

La entrada ordenada de ministros y miembros de las mesas de Congreso y Senado fue bajando el volumen general, hasta que el silencio se hizo compacto. Se rompió de golpe con la ovación que acompañó la entrada de León XIV al hemiciclo. En las bancadas de Sumar y EH Bildu, algún aplauso arrancó flojo pero se cortó a mitad.

A partir de ahí, el hemiciclo se convirtió en un mosaico de reacciones microscópicas.

El diputado de Sumar Enrique Santiago, con una guayabera blanca, tomaba notas bolígrafo en mano; la exministra del PP Isabel Tocino inmortalizaba el histórico discurso del papa; el diputado de Vox José María Figaredo miraba su móvil de vez en cuando, y varios parlamentarios, acalorados, se abanicaban víctimas del microclima de este salón de plenos mucho más lleno de lo habitual, al acoger una sesión conjunta del Congreso y el Senado.

El nuncio apostólico libraba su propia batalla contra la somnolencia dibujando una escena tan humana como poco deseable para las cámaras: el representante de la Santa Sede en España cabeceando en plena intervención histórica.

Cuando León XIV abordó el drama migratorio, el hemiciclo volvió a fragmentarse en gestos. El ministro canario Ángel Víctor Torres asentía con convicción, como si cada palabra le devolviera imágenes de cayucos en Canarias, mientras en la bancada de Vox, Santiago Abascal, Pepa Millán y José María Figaredo -que tanto han criticado la política migratoria del Gobierno- permanecían impasibles.

El cierre, al que no pudo quedarse Aznar porque tenía un vuelo ya previsto, estuvo a la altura del despliegue. Las Cortes se pusieron en pie y aplaudieron durante siete minutos, una eternidad parlamentaria salpicada de gritos de "Viva el Papa" desde las bancadas y las tribunas de autoridades.

Es, según los expertos parlamentarios, una de las ovaciones más largas -sino la más- que se recuerda en esta Cámara.

Pero no todo el mundo aplaudió con la misma intensidad. A mitad de los aplausos, los diputados de Sumar y Bildu dejaron de aplaudir, al igual que los portavoces parlamentarios de Junts. El que no aplauió al papa en ningún momento fue el diputado de Vox Carlos Hernández Quero, al contrario que el resto de sus grupo.

León XIV abandonó el salón antes de que el aplauso se agotara; la ovación siguió unos segundos.

Al final, con el papa ya en la Carrera de San Jerónimo rompiendo el protocolo para saludar a la gente y los diputados revisando compulsivamente el carrete del móvil, el hemiciclo parecía menos una Cámara y más la salida de un teatro tras el estreno de la temporada.

El día que el Papa convirtió el Congreso en patio de butacas terminó sin bronca, sin votaciones y con más fotos que discursos: la política, por una vez, se limitó a aplaudir. EFE

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