Isabel Poncela
Zaragoza, 3 feb (EFE).- Se conocen bien. Antes de disputarse este 8 de febrero la presidencia de Aragón, el candidato popular, Jorge Azcón, y la candidata socialista, Pilar Alegría, ya se midieron en una campaña dura, personal y decisiva: las elecciones municipales de Zaragoza de 2019, una batalla que se reproduce siete años después, en otro tablero y con más cicatrices, y que tiene un botín mayor, por lo menos en cuanto al número de ciudadanos gestionados, la Presidencia del Gobierno de Aragón.
Lo que estaba en juego en 2019 era una ciudad clave; ahora es el control de toda la comunidad y ya no hay margen para convertir una derrota en trampolín.
En mayo de 2019, Alegría era la candidata socialista y Azcón el popular. Ella obtuvo el 27,7 % de los votos y diez concejales. Él, el 21,7 % de los sufragios y ocho sillones. Pero la socialista se quedó sin alcaldía gracias a un pacto estatal del PP con Ciudadanos que reordenó el poder en el ayuntamiento, gobernado el mandato anterior por Zaragoza en Común, y que activó las carreras políticas de los dos rivales, aunque por caminos diferentes.
Con su consecución del bastón de mando, Azcón dio el primer paso para erigirse en referente del centro derecha. Con su victoria sin premio, Alegría dio el salto a la política nacional y adquirió una proyección que ahora, al volver a Aragón ya como secretaria general del PSOE en la comunidad, le da visibilidad estatal.
Y es que poco tiempo estuvo ejerciendo Alegría la oposición municipal a Azcón, porque ocho meses después, en febrero de 2020, Pedro Sánchez la nombró delegada del Gobierno en Aragón, cargo que ocupó hasta julio de 2021, cuando el presidente del gobierno volvió a confiar en Alegría para nombrarla ministra de Educación y añadirle la portavocía del Gobierno en noviembre de 2023.
En marzo de 2020 irrumpió la pandemia de la covid-19, el mayor desafío institucional de las últimas décadas. El alcalde Azcón y la delegada Alegría tuvieron diferencias públicas sobre la coordinación entre administraciones y la gestión de la crisis sanitaria, en un contexto marcado por la excepcionalidad, la urgencia y la presión política. La pandemia obligaba a improvisar.
Después, mientras Alegría era ministra, Azcón desbancó a Javier Lambán de la presidencia de Aragón gracias a un pacto con Vox que a la larga le salió mal.
Justo al año de que Azcón tomara posesión, el partido de extrema derecha decidió salir del Gobierno por discrepancias en la política migratoria y Azcón quedó en minoría, avivando el mensaje socialista de la inestabilidad frente a un Lambán que había conseguido mantenerse con el primer cuatripartito de la historia (PSOE y Podemos con los regionalistas de derechas del PAR y con los aragonesistas progresistas de CHA).
Desde esos lejanos ocho meses a caballo entre 2019 y 2020, Azcón y Alegría han confrontado en los periódicos, en las televisiones y sobre todo en las redes sociales, manteniendo un duelo a distancia que no se ha producido en las instituciones y que encuentra ahora su oportunidad.
Pero la diferencia con 2019 es crucial, porque con gran experiencia política a sus espaldas, las de ambos, Azcón se juega algo más que revalidar la presidencia: primero el reto de devolver la estabilidad a la comunidad y, segundo, consolidarse como uno de los barones con mayor recorrido dentro del PP.
Para Alegría el choque es también decisivo después de que Sánchez confiara en ella para cerrar la etapa de Javier Lambán al frente del socialismo en la comunidad y recuperar así el poder de la federación aragonesa. Su candidatura a la Presidencia del Gobierno ejemplifica el cambio de ciclo.
Por ambas cosas el nuevo pulso entre Alegría y Azcón -cuyo pasado compartido viste a esta campaña con un extra de componente personal- se sigue con atención desde Moncloa, Ferraz y Génova.
Un buen resultado del PSOE (alejada según las encuestas la posibilidad de un triunfo) permitiría al Gobierno de España alegar que los socialistas están recuperando poder territorial ante los comicios que se avecinan en Castilla y León y Andalucía.
En el lado contrario, mantener Aragón apuntalaría el mapa autonómico del PP y perderlo abriría interrogantes sobre la solidez del proyecto popular y las consecuencias de las concesiones a Vox.
Así las cosas, tampoco hay que perder de vista que gane quien gane, no podrá navegar solo, y que la fuerza que den las urnas tendrá peso en la negociación. El 8F se verá, más allá de quien gana, quién puede. EFE
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