Cristina Lladó
Madrid, 9 ene (EFE).- Cientos de cuadros del Museo del Prado tienen a niños y niñas como protagonistas o acompañantes de sus insignes padres. Hijos de reyes y nobles que llegaron a ser piezas en el tablero de alianzas matrimoniales, militares condecorados, artistas, diseñadores revolucionarios, o incluso directores del propio museo.
El conservador de siglo XIX del Museo del Prado, Carlos G. Navarro, acompaña a EFE en un recorrido por los retratos y las vidas de estos niños que tuvieron trayectorias intensas y ajetreadas.
Así, unas niñas que fueron retratadas una y otra vez a lo largo de sus vidas fueron las infantas Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela, las dos hijas de Felipe II, que fueron parte fundamental de la política diplomática y matrimonial del rey y sirvieron para mantener el poder e influencia de su padre.
“La razón de que las pintaran tantas veces no es una cuestión de amor paterno, sino un interés por mostrar la buena salud y ‘casabilidad’ de las niñas en las cortes extranjeras”, explica Navarro.
Así, las dos niñitas aparecen en un cuadro de Alonso Sánchez Coello con 6 y 7 años, pose regia, como “autómatas inmóviles y encapsuladas en unos trajes joya que era casi estuches de presentación”, como dictaba la etiqueta real de los Austria.
Con el paso del tiempo, las jóvenes infantas fueron retratadas por separado poco antes de sus respectivas bodas con las que contribuirían a consolidar la influencia del rey Felipe II en lugares tan delicados para España como el norte de Italia o los Países Bajos, ya que la bellísima Catalina Micaela fue duquesa de Saboya e Isabel Clara Eugenia gobernadora de los Países Bajos.
Otra niñita retratada decenas de veces es la infanta Margarita de Austria, hija de los reyes Felipe IV y Mariana de Austria.
Protagonista central de ‘Las Meninas’ (1656) de Velázquez con tan solo 5 años, la infanta posó para innumerables cuadros de la época cuyo objetivo era ser enviados a las cortes europeas para negociar su matrimonio.
Prometida desde muy pequeña con su tío, el emperador Leopoldo I de Austria, el matrimonio se postergó durante años dada la mala salud de su hermano, Carlos II el Hechizado, y la posibilidad de que fuera ella quien heredara del imperio español.
Finalmente, Margarita casó con su tío reforzando así el acercamiento entre las dos ramas de la dinastía Habsburgo y convirtiéndose en emperatriz del Sacro Imperio Romano Germánico hasta su muerte a los 21 años por complicaciones en el parto de su cuarto hijo.
También Goya incluyó a numerosos niños en sus cuadros, entre otros a los hijos del IX duque de Osuna, Pedro de Alcántara Téllez-Girón, amigo y mecenas del pintor a quien retrató junto a su familia en ‘Los Duques de Osuna y sus hijos’, que se conserva también en el Museo del Prado y que Navarro exhibe con un cierto orgullo, dado que incluye el retrato del segundo director del Museo.
La obra muestra a los duques y sus cuatro hijos en un retrato relajado en el que los niños posan de manera informal alrededor de sus padres. A sus pies, sentado en un almohadón, Pedro de Alcántara, de solo un año, tira de una calesa de juguete.
Militar brillante que combatió durante toda la Guerra de la Independencia, Pedro de Alcántara tuvo una actuación destacada en la batalla de Bailén y fue capitán general en Cuba, además de académico de honor y director de la Real Academia de San Fernando.
En 1820, tras el triunfo de la revolución constitucionalista, Fernando VII nombró director del gran museo al niñito que jugaba con la calesa, para entonces príncipe de Anglona.
Entre los cientos de niños que pueblan los cuadros del Prado, Navarro escoge para terminar el paseo a María Luisa y Mariano, hijos de Mariano Fortuny (1838-1874), quien los pintó relajados en su casa de la localidad italiana de Portici.
En ‘Los hijos del pintor en el salón japonés’, Fortuny pintó a los niños en un diván alargado, recubierto de tejidos al modo japonés sobre el que reposan María Luisa abanicándose perezosamente, mientras su hermano Marianito se entretiene con una tela azul con bordados en oro.
Años más tarde, tras fracasar en su intento de ser pintor, Mariano hijo se haría inmensamente famoso y rico gracias a sus diseños de telas fabulosas y producción de textiles y moda en sus talleres de Venecia con los que triunfó en Estados Unidos.
Cosechó especial éxito con su traje Delphos, un icónico vestido plisado de seda, creado entorno a 1907 y decorado con pequeñas cuentas de cristal de Murano, que se convirtió en símbolo de la moda de vanguardia de principios del siglo XX y que perteneció a la familia Chaplin y lució en alguna ocasión la actriz Geraldine Chaplin.
Marianito se desmarcó así de su padre, “al que veneraba pero que le tenía por un apestado”, entre otras cosas, porque aunque mantuvo un “matrimonio tapadera”, fue miembro destacado del círculo “cripto queer” del escritor Marcel Proust que se rodeó de jóvenes en un “mundo complejo e intricado y lleno de secretos y de excesos”, cuenta Navarro sin dar muchos detalles. EFE
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