Ximena Hessling
Madrid, 27 may (EFE).- El joven madrileño Salvador Méndez, de 28 años, ha dejado el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas, donde malvivía desde hace casi tres años, para aceptar una oferta de trabajo como camarero de piso y alojamiento en un hotel en Asturias, en concreto, en los Picos de Europa, "un paraíso".
En declaraciones a la Agencia EFE, Salva explica que acudió al programa 'Espejo público' de Antena 3 y un empresario de Asturias le ofreció trabajo como camarero de piso y aceptó.
Abandonó el aeropuerto madrileño el día anterior al comienzo de los controles de acceso de 21:00 a 5:00, franja horaria en la que Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea (Aena) únicamente permite la entrada de viajeros, familiares y trabajadores para evitar que se agrave la situación de las personas sin hogar que pernoctan en Barajas.
Salva empezó en su nuevo empleo el fin de semana pasado. No conocía los Picos de Europa. Y está en proceso de adaptación a su horario laboral, de 8:00 a 16:00.
"Si tienes trabajo, tienes vida. Si no lo tienes, eres una mierda", asegura Salva, que se muestra "contento" con "el paisaje montañoso" que lo rodea, con los paisanos asturianos, que "son un amor", y con la gastronomía de la región, especialmente con el cachopo y el arroz con leche.
Prefiere no dar detalles de su localización porque ha recibido "amenazas" de gente que vivía en el aeropuerto porque ellos se sienten "abandonados", "decepcionados" y "acorralados", mientras que él ha conseguido "salvarse" y "escapar".
Se fue a vivir a Barajas en 2022, cuando dejó de tener ingresos como productor musical y DJ a consecuencia del coronavirus. "Perdí mi trabajo, perdí mi casa, lo dejé con mi pareja y caí en un agujero negro en el que veía que la propia salida era muy difícil", explica. Allí, se dedicó a "sobrevivir" y se dio cuenta de "las pocas oportunidades que se nos dan a las personas sin hogar".
En el periodo que pasó en la Terminal 1 estaba integrado en un grupo compuesto por un hombre de 50 años y otros dos de 70, que todavía siguen allí y que ahora por la noche si salen a fumar ya no pueden volver a entrar al aeropuerto. "Éramos como una piña. Nos apoyábamos día a día", asegura.
En general, pasaba el día en el aeródromo, donde los trabajadores le echaban una mano y le daban comida, pero recuerda que era "decadente".
A raíz de salir en varios medios de comunicación entre las personas sin techo de Barajas, confiesa que su madre no le ha llamado "seguramente por vergüenza".
A sus excompañeros de la T1, con los que sigue en contacto a través del móvil y a los que echa de menos, les ha sugerido "que luchen, que se animen a hablar, que no se queden callados y que hagan lo posible por buscar otra vida".
Reconoce que hay gente que es "irrecuperable", si bien hay otras personas que necesitan una residencia o atención médica por una discapacidad, por problemas de salud, por enfermedades mentales o por alcoholismo. EFE
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